Al ser las finanzas públicas, por definición, un juego de suma cero, si el gasto social no solo no mengua, sino que crece, todo lo demás a futuro, incluidas nuestras infraestructuras, sufrirá
Un tren del servicio de Rodalies de Cataluña. (EFE/Enric Fontcuberta)
De primero de Economía de cualquier universidad de medio pelo que por el mundo haya: administrar es gestionar recursos escasos. Engloba dos elementos: uno, la escasez, que implica elegir la mejor opción para asignar lo disponible; y dos, la voluntad de hacerlo de la manera más eficiente posible para el bien de la organización que lo posee.
Pues bien, esto que se encuentra, o se debería encontrar, en el frontispicio de cualquier entidad privada, hace mucho que se olvidó en el ámbito de algunas administraciones, especialmente en el Gobierno central, y aún más, en el Gobierno central socialista. Bueno, en él y en alguno de los socios que lo sostienen, como Junts. Parece que, como hay barra libre de dinero en los mercados, que como nuestra percepción de riesgo país se ha reducido con el tiempo y aquel abunda aún más y que como la rendición de cuentas ha quedado apagada por la demagogia que justifica cualquier gasto, pues aquí paz y después gloria. Los recursos abundan, con el peligroso apellido de ‘deuda’, y, por tanto, la gestión se relaja.
Sin embargo, la realidad siempre termina por imponerse. Y este modo de pensar y, peor aún, de actuar que apuesta por el gasto social frente a la inversión nos conduce por una espiral en la que lo que ha sucedido con la infraestructura ferroviaria amenaza con trasladarse al conjunto del capital fijo del país. Una dinámica muy peligrosa en la que, siendo muchos en teoría más ricos a corto plazo, nos empobrecemos como país a largo sin remedio.
El ejemplo más paradigmático sería el de las pensiones. Nadie discute que el actual sistema de reparto no deja de ser sino un esquema ‘Ponzi’ en el que los ‘nuevos’ pagan la fiesta de lo que entraron antes que, sin duda, nadie lo discute, se han ganado el derecho a ello. Sin embargo, la inversión de la pirámide demográfica nos sitúa en una situación insostenible. No me refiero a cómo financiar el modelo, luego volveremos sobre esto, sino al aumento exponencial del gasto venidero como consecuencia del aumento de jubilados, de su esperanza de vida y de todos los servicios asociados a una sociedad envejecida.
Cualquier euro de prestación de más que se consolide sobre esa gran partida financiera del Estado tiene un efecto brutal sobre las obligaciones públicas en el futuro al aplicarse a un número aceleradamente creciente de personas, lo que convierte la progresión en geométrica, que no aritmética. De ahí que resulten suicidas todas las concesiones que en este aspecto se realizan sobre una masa ciudadana de la que, junto a su bienestar, sobre todo lo que interesa es su voto. Pan para ellos hoy, hambre para sus hijos mañana.
Es evidente que, en la medida en que de los presupuestos se destinan fondos a mansalva a este fin, la capacidad para financiar otras realidades cae proporcionalmente. Más en un momento en el que la vuelta a una política global, no ya de bloques, sino multilateral, obliga a adoptar compromisos no previstos en materias como defensa, tecnología o energía. Al ser este, por definición, un juego de suma cero, si lo primero no solo no mengua, sino que crece, todo lo demás, incluidas nuestras redes de carreteras, ferrocarril o el resto de infraestructuras, sufrirá. Por eso es un disparate la propuesta de ayer de los chicos de Puigdemont, tiro en el pie, se llama esto.
Porque, y con esto la cosa llega a su fin por hoy, solo hay dos vías de financiación para hacer que esta rueda siga girando: a través del dinero de los contribuyentes, presión fiscal que afecta sobre todo a las clases medias sin ahorro, empobreciéndolas (lo que aumenta aún más su grado de dependencia), o por medio de la financiación de terceros que, en contra de lo que cabría pensar, está ahí hasta que deja de estarlo, que no es tan lejano el recuerdo de lo que pasó a principios de la década pasada.
Por tanto, más vale que empecemos a admirar las políticas, no como burros a los que les contentan con zanahorias, sino como ciudadanos que velamos porque nuestra España sea viable, con independencia de quien gobierne. De lo contrario, cuando queramos enderezar el rumbo, será demasiado tarde.
Es de cajón, puro sentido común.
De primero de Economía de cualquier universidad de medio pelo que por el mundo haya: administrar es gestionar recursos escasos. Engloba dos elementos: uno, la escasez, que implica elegir la mejor opción para asignar lo disponible; y dos, la voluntad de hacerlo de la manera más eficiente posible para el bien de la organización que lo posee.