Era difícil sustraerse esta semana de hablar de inmigración, de regularización y de su impacto para el conjunto de la economía, por más que este no sea el foco correcto. Se trata de una decisión política, pero no en términos de nuevos votantes, que no lo son, ni de contento al lado izquierdo del espectro, que ve cómo lo van vaciando de contenido, sino un intento de mostrar la cara menos amable de la derecha radical y, sobre esa base, alarmar al electorado y tratar de movilizar un voto harto de que le cuenten mentiras, tralará. Hasta ese punto hemos llegado.
No parece que les vaya a salir bien la jugada. Pero es que, además, lo peor que le podría suceder a este país es que así fuera. Porque, en contra de lo que pudiera parecer, de lo que dice la macro sobre producción y productividad, de lo que supone para las arcas públicas en términos de ingresos (pocos) y costes (consolidados), de las implicaciones sobre activos ya escasos como la vivienda, una propuesta de este tipo a quien perjudica de verdad es a aquellos que engrosan la mal llamada ‘clase media’, que ni es clase ni es aspiracional como siempre había sucedido.
En efecto, lo que pasa es lo siguiente. Incorporamos un montón de gente de países en desarrollo, cuando no directamente tercermundistas (cierto es, los menos). Muchas de esas personas se encuentran en España con una situación inimaginable en sus lugares de origen en términos de estado de bienestar. Y, como no podía ser de otra manera, hacen un uso intensivo de él, aprovechando todos sus recovecos, de tal manera que se produce una saturación en los servicios públicos con el consecuente deterioro de los mismos en detrimento de una parte sustancial de la población local que no se puede permitir una alternativa.
El ejemplo paradigmático sería la sanidad, donde todos hemos experimentado el nivel de colapso de las urgencias o la imposibilidad de conseguir una cita en tiempo y forma para muchas especialidades. Fruto de ello es que una parte de la ciudadanía ha optado por seguros médicos convencionales, con unas primas acordes a su nivel adquisitivo. Pero, ah, amigo, en la medida en que todo el que puede saltar del primer escalón, gratis total, al segundo, lo hace, este también chirría y provoca que lo que parecía inimaginable hace unos años, sea realidad hoy: falta de disponibilidad de facultativos durante meses para aquellos que pagan todos los meses para evitarlo.
Más allá de que, sí, el sistema está mal parido, sí, hacen falta más médicos, sí, la atención primaria no la quiere nadie, sí, lo que sea, la consecuencia de todo lo anterior es que ladesigualdad aumenta aún más: porque el que puede ir por privado y/o pagarse un seguro de reembolso, lo hace; y el que no, ajo y agua. Y al final, la riqueza no es las más de las veces algo tangible, sino la posibilidad de disfrutar con los recursos más o menos escasos de los que uno dispone, de aquel ‘privilegio’ por el que paga. Pues bien, en determinados ámbitos, como también en la educación, nunca más. Por eso se entiende mal que se quieran cargar la concertada.
No hay una fácil solución para este asunto, pero, sin duda, debe pasar más por ordenar que por fomentar, de tal manera que la convivencia no se deteriore. Es evidente que, en la medida en que un proceso como el descrito se produce, la animadversión frente al inmigrante aumenta y, con ella, el riesgo de conflicto social, de exclusión y creación de ‘guetos’, oleaje de movimientos radicales que los pongan en el punto de mira. Es hora de evitarlo. La tragedia de todo esto, y vuelvo al arranque de este post, es que, quien debería hacerlo, en su desesperación por aferrarse al poder al beneficiarse de una posible fractura en la ciudadanía, ha decidido agitar esas aguas. El mundo al revés. Tragedia de política española.
Es de cajón, puro sentido común.
Era difícil sustraerse esta semana de hablar de inmigración, de regularización y de su impacto para el conjunto de la economía, por más que este no sea el foco correcto. Se trata de una decisión política, pero no en términos de nuevos votantes, que no lo son, ni de contento al lado izquierdo del espectro, que ve cómo lo van vaciando de contenido, sino un intento de mostrar la cara menos amable de la derecha radical y, sobre esa base, alarmar al electorado y tratar de movilizar un voto harto de que le cuenten mentiras, tralará. Hasta ese punto hemos llegado.