Óleo al natural de Pedro J. Ramírez

Pedro J. Ramírez es de familia bien y hace las cosas a lo grande. A su hija Cósima la vistió de largo hace dos años en

Pedro J. Ramírez es de familia bien y hace las cosas a lo grande. A su hija Cósima la vistió de largo hace dos años en el Bal des Debutants del Hotel Crillon de París, con un traje de Lacroix y del brazo de un chico riquísimo de Eaton llamado Donnelly. Para  celebrar el 20 aniversario de su periódico, él mismo se vistió de largo y se fue a apagar las velas de la tarta del brazo de Zapatero, que igual te soluciona el conflicto de Oriente Medio o te refunda el capitalismo que te anima una soirée con discurso y todo. Dicen que la fiesta ha sido el acontecimiento del año. Varios miles de personas en el Palacio de los Deportes, todos ellos gente muy principal, canapés a tutiplén y mucha haute couture, el PP al completo con Rajoy a la cabeza, altas magistraturas del Estado, vicepresidentas, ministros, jueces, empresarios... Teleramírez, o sea Veo, retransmitiendo en directo y conectando hasta con el espacio interestelar. El acabose con música de Pitingo.

Si el poder de un individuo se mide por el número de coches oficiales que acuden a celebrar sus onomásticas, el de Ramírez es enorme, mucho más que el que se supone a un simple periodista. El jueves era un tipo feliz, derretido de gusto mientras el presidente del Gobierno citaba el alegato del Supremo de Estados Unidos a favor de la libertad expresión en el caso de The New York Times contra Sullivan, y se imaginaba a sí mismo como su paladín indomable, como el Ben Bradlee de la piel de toro, capaz de encontrar cada día un Watergate o de fabricarlo a su capricho si fuese menester.

Director de periódico durante tres décadas, los invitados al magno acontecimiento tenían ante sí a un residuo vivo -y para muchos tóxico- de la Transición española. Presidentes de Gobierno y de banco, líderes de la patronal y de los sindicatos, grandes editores, artistas... todos se han rendido al inexorable paso del tiempo; el de Logroño permanece incólume. De aquellos años del pantalón de campana, sólo Teddy Bautista le sobrevive, y eso porque el de la SGAE tiene un pacto con el diablo a cambio de no cobrarle derechos. “No deseo el poder, ni la riqueza ni el agasajo social”, afirmaba este modesto intérprete de la realidad en una de sus varias hagiografías, de la que, en su modestia, él mismo era coautor.

De Ramírez se ha escrito bastante, casi siempre a su dictado. Sus semblanzas le describen como uno de los grandes del oficio, paradigma del periodismo de investigación, incansable buscador de la verdad, desvelador de corrupciones, regenerador de la vida pública y otros tantos talentos. Su figura ha sido bañada de forma tan intensa en luz blanca que la aparición de Pedro J. Ramírez al desnudo (Editorial Foca), el retrato que de él hace en casi 700 páginas José Díaz Herrera, ha sido un eclipse solar completo, como si a Caravaggio le hubieran ofrecido terminar un oleo de Sorolla, de esos de señora con vestido vaporoso al viento, sombrilla y mar azul de fondo.

A Díaz Herrera se le puede haber ido la mano con el pincel en algunas partes pero tiene un mérito inicial: considerar a Ramírez no un periodista sino un oligarca, y a partir de ahí resaltar sus contradicciones y sus miserias. Habrá a quien no le interese saber que el riojano secuestraba las Barbie de su hija, y le pedía rescate después de enviarle orejas de la muñeca o mechones de pelo, pero no tendrá más remedio que reconocer que sus ideas sobre los juegos infantiles podrían haber dado pie a una  nueva corriente pedagógica, con raíces en el Sade más libertino.

Y no dejará de sorprenderse ante la orweliana reescritura de su propia historia. “No se contrasta con la hemeroteca”, argumentaba en la propia fiesta de aniversario el eximio Jiménez Losantos para destacar los males del periodismo actual. Díaz Herrera lo hace profusamente. “No hay derechos humanos a la hora de cazar al tigre. Al tigre se le busca, se le acecha, se le acosa, se le coge y, si hace falta, se le mata. Podrán caer cincuenta etarras en combate y las manos de España continuarán limpias de sangre humana (...) A los policías que disparen contra ellos se les recibirá como valientes”, destacaba el editorial de Diario 16 dirigido por Ramírez el 23 de marzo de 1981. “La lucha contra ETA debe practicarse como una campaña de desratización, aplicando una serie de técnicas tan viejas como la historia misma del mundo. O acabamos con la plaga o la plaga acabará con aquello en cuanto creemos”, insistía editorialmente el 15 de abril de ese mismo año.  El hombre que lleva siempre colgada de su pechera la medalla de haber combatido los GAL fue uno de los que con más fuerza instigó la guerra sucia.

Ramírez es un péndulo. El baluarte de la unidad de España, vigía infatigable de los supuestos intentos del Gobierno de Zapatero por romperla, escribía esto en 1996 en las páginas de El Mundo del País Vasco: “No somos un periódico independentista, pero defendemos el inalienable derecho de autodeterminación de los pueblos y nada tendríamos que oponer si limpia y democráticamente el País Vasco optara un día por la separación del resto de España”. El gran detractor de las negociaciones del Gobierno con ETA añadía más adelante lo siguiente: “Yo mismo firmé no hace mucho un artículo titulado ‘Un noruego para ETA’, proponiendo una vía de negociación tan secreta y remota como la que Israel y la OLP desarrollaron en Oslo”. Vivir para ver.

La biografía escrita por Díaz Herrera pone de manifiesto la amoralidad del personaje, de la que algo saben todos y cada uno de los que han trabajado en sus inmediaciones. Nuestro particular Ciudadano Kane no ha dudado en convertir en asuntos de Estado su piscina o su trasero. Sus palabras de este jueves, cuando aseguraba haber cumplido la promesa de hacer del periodismo “un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otras cosas”, por fuerza tuvieron que provocar la hilaridad de la concurrencia. Especialmente cuando concluyó la frase: “Y aquí nos tenéis picando piedra”.

El picapedrero, el mismo que un día dijo aquello de “si tuviese dinero sería el hombre más pobre del mundo porque no sabría qué hacer con él”, posee según las estimaciones del autor, una fortuna de entre 50 y 60 millones de euros, maneja varias SICAV, ha especulado con viviendas a través de sociedades patrimoniales, ha usado información privilegiada con las acciones de su propio diario, y utiliza su medio a mayor gloria del grupo de intereses que mantiene con su actual pareja, la diseñadora que puso de moda los vestidos con revisiones cada 10.000 kilómetros.

El retrato puede parecer tenebrista pero, al menos, sirve para centrar el papel y la trayectoria de quien, envuelto en la bandera de la libertad de expresión, ha pervertido el periodismo hasta convertirlo en caricatura. Ello no es óbice para desear desde aquí larga vida al medio que dirige y suerte a los profesionales que lo componen. “A este grupo de profesionales les queda para rato, pero todos tenemos nuestros límites”, decía Ramírez a sus invitados, sugiriendo su relevo. No caerá esa breva.

Sin Enmienda
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