El imprescindible papel de Aznar en el PP

En diciembre de 2006 le pregunté a Rajoy si era él o Aznar quién llevaba la voz cantante en el PP. “Mando más que Aznar, sin

En diciembre de 2006 le pregunté a Rajoy si era él o Aznar quién llevaba la voz cantante en el PP. “Mando más que Aznar, sin duda”, me dijo sin titubear, aunque de ello se desprendiera el reconocimiento implícito de que el expresidente seguía mandando lo suyo casi tres años después de haberse cortado la coleta. Eran aquellos tiempos en los que los populares, tras pasarse un bienio alentado la teoría de la conspiración en el 11-M para salvar la cara al ya entonces empleado de Murdoch y practicar una política de tierra quemada con todo lo demás, no desperdiciaban la ocasión de poner en cuestión la autoridad de su líder, al que auguraban un esplendoroso futuro como registrador de la propiedad o dedicado al cuidado de hortensias en Pontevedra.

Lo de Rajoy con Aznar es cuando menos singular singular. Ni Saturno ha podido devorar al hijo, pese a lo mucho que llegó a pensar en ello a la hora del desayuno, ni el hijo se ha atrevido a matar al padre, como dicta la costumbre en política y como hubiera hecho cualquiera con poco aguante para las humillaciones. Recientemente, volví a inquirir por este asunto a Rajoy “¿Sigue mandando algo todavía Aznar en el PP?”, le pregunté. Con un circunloquio muy gallego vino a negarlo, mientras proclamaba que la relación con su antecesor era buena, entre otras razones porque a él mismo le interesaba que lo fuera: “Yo he marcado una línea y ya me he enfrentado a todo lo que me tenía que enfrentar”, remachó.

Al margen de los contratiempos puntuales originados por algunas de las opiniones más estrafalarias del expresidente, su posición dentro del PP nunca estuvo más clara. Aznar no es el guardián de la ortodoxia ni de los principios inmutables, sino el líder que aglutina al sector más radical de su electorado, ese que desprecia a Rajoy por sus maneras blandas y pusilánimes y que, periódicamente, necesita saber que no se ha equivocado de partido. En una fuerza de espectro tan amplio, que va desde el centro a la extrema derecha, esta misión es fundamental para evitar que el tren se deje por el camino algunos de sus vagones.

Lo de Rajoy con Aznar es cuando menos singular singular. Ni Saturno ha podido devorar al hijo,ni el hijo se ha atrevido a matar al padre

La función es especialmente relevante en unos momentos en los que toda Europa asiste al avance de partidos de ultraderecha, una ola que, sólo en apariencia, parece habernos saltado por encima sin ni siquiera rizarnos el pelo por la humedad. De ese avance se beneficia el PP, que es donde se refugian quienes en Francia y Holanda se encuadrarían en el Frente Nacional o en el Partido de la Libertad, por citar un par de ejemplos. Aznar, alguien que representa a todo el partido pero a la vez puede ser considerado un verso suelto cuando sus posiciones causas temblores entre los más moderados, es quien mejor puede desempeñar este papel de referente, que a otros dirigentes como Mayor Oreja, dedicado al monocultivo del contubernio del Gobierno con ETA, le queda largo de mangas.

La verdad es que para una formación política es una gran ventaja tocar todos los palos. En eso Aznar es un virtuoso. Si todo el mundo entiende que lo de Irak fue un error, él enseña sus medallas; si el cambio climático es una evidencia, lo pone en duda; si toda la comunidad internacional se alía contra Gadafi con las bendiciones de la ONU, él le llama amigo extravagante. No tiene que hacer especiales esfuerzos por le que sale de suyo, sin vacilaciones, con una arrogancia en el que algún psicólogo podría ver un complejo de inferioridad mal resuelto. Al PP le otorga una esquizofrenia muy ventajosa, un don de la ubicuidad sobre las principales cuestiones. Además, siempre se puede escurrir el bulto cuando la posición es insostenible. ¿Acaso se va a impedir a Aznar opinar libremente sobre lo que le venga en gana?

Ocurre que lo que para el PP es una bendición, para el conjunto del país es un grave inconveniente. Es imposible estar en misa y repicando, ejercer de timonel de los duros y, al mismo tiempo, cumplir el desempeño amable que se supone a un expresidente, que no es otro que el de embajador plenipotenciario, un par de peldaños por encima de la batalla partidista. Es seguro que Aznar se gana hasta el último centavo de su sueldo de consejero de la News Corporation, rodeado de magnates del petróleo encantados con su negacionismo climático. Y que cumple a satisfacción sus cometidos en Endesa o en el lobby proisraelí que encabeza. Más discutible es que poniendo en duda la solvencia financiera de España se merezca el que cobra del Erario público.

Afianzado Rajoy en el liderazgo del PP, Aznar se ha resignado a ser un provocador pertinaz y a destapar, muy de vez en cuando, ese tarro de la esencias del partido que guarda en FAES, a salvo de la señoras de la limpieza de Génova y de sus plumeros. Como se ha dicho, su papel es imprescindible, pero también bastante triste. 
Sin Enmienda
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