Estamos en crisis, sí, pero de alimentos

Aunque parezca increíble, a los 1.400 millones de personas que viven a diario con menos de 1,25 dólares al día nuestra crisis económica y financiera les

Aunque parezca increíble, a los 1.400 millones de personas que viven a diario con menos de 1,25 dólares al día nuestra crisis económica y financiera les importa un comino. Igual puede decirse de los más de 925 millones que sufren desnutrición crónica y que mueren al ritmo de una persona cada nueve segundos, aunque sobre esto no hay unanimidad ya que hay quien asegura que ese lapso de tiempo es suficiente para que sean dos los muertos. En su mayoría, ignoran los vaivenes de la deuda soberana que tanto nos inquietan, pero sí saben que el precio del trigo ha subido más de un 90% o que el del maíz se ha incrementado en un 70%. Para aquellos que gastan entre un 50% y un 80% de sus ingresos en alimentos y que no han conocido más crisis que la perpetua, éste es el verdadero drama.

A este imparable aumento del precio de las materias primas -un 30% de media en 2010- apenas si se le ha prestado atención hasta que las revueltas populares en el norte de África se han llevado por delante a los dictadores de Túnez y Egipto, está a punto de acabar con el de Yemen y ha provocado una guerra en Libia, que es la que más preocupa a nuestros líderes porque una cosa es que suba el pan y otra muy distinta que lo haga el petróleo. Estamos, sin embargo, ante la mayor escalada del precio de los alimentos desde los años 70 y, lo que es peor, sin perspectivas a medio plazo de que recuperen sus niveles de antaño.

Si hace 40 años fueron las malas cosechas y el agotamiento de los stocks lo que provocó el alza de los precios, en la crisis alimentaria que alcanzó su primer techo en 2008 han confluido una serie de circunstancias que afectan no sólo a la oferta, sino también a una demanda en expansión, y no sólo de parte de una población en constante aumento que se prevé que alcance los 9.000 millones en 2015. A la escasa producción de algunos cereales y al agotamiento de las técnicas de cultivo, se han sumado los desvíos al sector de los biocombustibles, que en algunos casos han detraído del mercado alimentario hasta el 20% de algunos granos. A ello hay que añadir el cambio de dieta de economías emergentes como China o India, cuyo desarrollo -y ello es una buena noticia- ha generado una mayor demanda de carne o leche, lo que a su vez ha requerido un mayor consumo de cereales del sector ganadero.  Finalmente, la guinda del pastel ha llegado de la mano de los especuladores, que por lo visto no tenían bastante con la deuda pública.

Los llamados mercados de futuros permiten, por ejemplo, que un honorable inversor compre un 20% de la producción mundial de azúcar y, sin poner un euro ni ver un solo terrón, la revenda con pingües plusvalías. Bastó con que una oleada de incendios asolara Rusia para que la expectativa de una subida del precio del trigo desencadenara una especulación sin precedentes sobre este cereal. El funcionamiento es simple: se compra a cuatro esperando vender a ocho o se compromete una venta a cinco cuando el precio del mercado sea de dos.

Los llamados mercados de futuros permiten, por ejemplo, que un honorable inversor compre un 20% de la producción mundial de azúcar y, sin poner un euro ni ver un solo terrón, la revenda con pingües plusvalías

Kanayo Nwance, presidente del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), una agencia especializada de Naciones Unidas, explicaba esta semana en Madrid que, en contra de lo que se cree, no es la especulación la que provoca las tensiones sobre los precios, sino que es la volatilidad y sus dientes de sierra la que atrae a los especuladores. Junto a estos tiburones, los grandes beneficiados están siendo los cuatro gigantes de la comercialización de alimentos -las estadounidenses Archer Daniels Midland, Bunge y Cargill, y la francesa Louis Dreyfus-, para las que 2011 será un año de records.

El tobogán de precios ha sido constante. Entre junio de 2006 y septiembre de 2008, el de algunos productos básicos llegó a duplicarse. La crisis económica y la subsiguiente caída de la demanda aflojó la presión, que ahora se reproduce. A medida que la carestía ha provocado estallidos populares, los países afectados acapararon alimentos para prevenir nuevas protestas, lo que ha contribuido a elevar unos precios que seguirán altos porque la oferta no es elástica.

La inseguridad alimentaria que ahora se vive tiene su origen en realidad hace algo más de tres décadas, cuando la agricultura dejó de estar de moda y se pensaba que lo moderno era impulsar a otros sectores porque el agrario era sinónimo de subdesarrollo. En África la inversión pública se recortó en un tercio y hasta dos tercios en Asia y América Latina. Igual ocurrió con la ayuda al desarrollo en este campo, que del 18% en 1979 cayó al 4,3% en 2008, según datos del FIDA.

No hay recetas milagrosas aunque lo aconsejable y con urgencia, según Jesús González Regidor, profesor de Estructura Económica y Economía del Desarrollo de la Universidad Autónoma de Madrid, es aumentar la ayuda al desarrollo en agricultura con nuevos programas y fondos multinacionales mientras se socorre a las poblaciones más afectadas con ayuda alimentaria de emergencia. Se precisa una nueva revolución verde como la que a mediados de los 50 del pasado siglo puso en marcha Norman Borlaug con sus nuevas variedades de semillas de trigo, aunque las dificultades ahora son mayores: “La revolución verde era pública; la nueva biotecnología es privada, se vende”

El objetivo es que los países produzcan más por sí mismos y alcancen un acierta soberanía agroalimentaria. Para ello es imprescindible el desarrollo rural, altamente empobrecido. Las dos terceras partes de los casi 1.000 millones de desnutridos del mundo viven en el medio rural y se dedican a la agricultura.

Según un reciente informe de la FAO, acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres contribuiría significativamente a la disminución del hambre en el mundo. El informe -Las mujeres en la agricultura: cerrar la brecha de género en aras del desarrollo-  explica que pese a representar un 43% de la fuerza de trabajo agrícola, las mujeres producen menos que los hombres no por falta de capacidad sino por su menor acceso a equipos y productos agrícolas. Por lo general, reciben menos educación, tienen un menor acceso al crédito y cobran salarios más bajos. Si las mujeres pudieran disponer de maquinaria y productos en la misma proporción que los hombres su productividad aumentaría hasta en un 30%, lo que elevaría la producción agrícola de los países en desarrollo entre el 2,5% y el 4%. La cifra parece modesta pero reduciría el número de hambrientos en el mundo hasta en un 17%.

La comparación en este caso nunca estuvo más justificada. En contraste con los centenares de miles de millones de dólares de dinero público en el rescate del sistema financiero, el FIDA, dedicado a la lucha contra la pobreza y el hambre en las zonas rurales de países en desarrollo, gestionará este año fondos por importe de 1.500 millones. En España se rondan los cinco millones de parados y es una tragedia, pero en el tiempo que ha tardado en leer este artículo habrán muerto de hambre al menos 20 personas en el mundo. Para colmo algún banquero habrá perdido su estilográfica. Cada cual lleva su cruz.

Sin Enmienda
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