Dos conspiraciones menos: la CIA no mató a Carrero Blanco ni participó en el 23-F

No es extraño que aparezcan presuntas conspiraciones bajo las piedras y hasta en la cola del autobús. Al fin y al cabo, la vida no es

No es extraño que aparezcan presuntas conspiraciones bajo las piedras y hasta en la cola del autobús. Al fin y al cabo, la vida no es un puzzle perfectamente troquelado y siempre existe alguna pieza que no encaja ni recortándola con tijeras. Hay quien sigue sin creerse que Armstrong pusiera su huella en la Luna porque apreció sombras sospechosas en las imágenes de la superficie o intuyó en las fotos los hilos que sujetaban su marioneta. Se ha visto a ETA en el 11-M, a Sarkozy cerca de la bragueta de Strauss Kahn y hasta a Rubalcaba en los preparativos de la acampada de indignados en la Puerta del Sol de Madrid.

Estamos dispuestos a aceptar la existencia de un buen complot, a condición de que su falsedad sea indemostrable. Hemos crecido entre mitos urbanos en los que nunca falta una mano negra a la que atribuir el desenlace. Antes de que el mentado Rubalcaba se ganara un hueco en el imaginario de las conjuras, lo habitual era pensar en la CIA. Los americanos estaban en cualquiera de nuestras sopas caseras. De esos guisos trata el último libro de la periodista Anna Grau, corresponsal en Nueva York del diario ABC (De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak. Editorial Destino), un título un poco tramposo pero que es una de las mejores historias que se han escrito del espionaje norteamericano en España desde la Guerra Civil a nuestros días. Para sorpresa de algunos se confirma que inteligencia y americana es, a menudo, una contradicción in terminis.

Empecemos por aclarar, como hace la autora, que la CIA no eliminó a Carrero, al que, eso sí, catalogaban como un tipo “no demasiado inteligente” y ridículo, casado con una mujer “guapa pero indiscreta” y más anticomunista que el propio Nixon. Nada hubiera justificado la pretendida conjura vasco-norteamericana para deshacerse del delfín de Franco, por mucho que los etarras del comando Txikia utilizaran unos viejos sacos con la palabra USA impresa en ellos para sacar la tierra del túnel donde colocaron los explosivos.

La conclusión es que el interés primordial que España tiene para Washington radica en las bases militares, algo de lo que hasta se dio cuenta el propio Zapatero, tan lenguaraz como para confesarle a Joe Biden que su éxito consistía en hacer lo contrario de Bush

De entrada, EEUU tenía la certeza, por boca del propio Franco, de que su sucesor sería inevitablemente el entonces Príncipe Juan Carlos, por el que Washington no ocultaba sus simpatías, al punto de que pusieron a su disposición a uno de sus coroneles para que le adiestrara en artes marciales. Carrero, por tanto, nunca hubiera sido un obstáculo y, como comprobaron, su oposición a que los americanos usaran las bases en España para ayudar en la guerra del Yom Kippur a Israel, país con el que con se mantenían relaciones diplomáticas, era sólo un formalismo. Entre los documentos manejados por Grau destaca una carta enviada por Franco a Nixon el 13 de octubre de 1973 pidiéndole que ponga paz entre árabes e israelíes. “Las guerras -dice el dictador- no resuelven los problemas, sólo los agravan y arruinan tanto a los vencedores como a los vencidos”. Vivir para ver.

“Sabemos quiénes son los etarras y dónde están”

La CIA no colaboró en el asesinato de Carrero ni tampoco -y esto puede ser un golpe bajo para los agujerólogos profesionales- en el 23-F. No querría uno destripar aquí el libro pero son especialmente significativos algunos de los documentos que recogen conversaciones posteriores a la intentona de Tejero. Uno es la transcripción que hace la embajada de su conversación con dos miembros del PNV, Miguel Unzueta y Juan María Ollora, en la que ambos tranquilizan a los yanquis sobre ETA, que acababa de declarar una tregua. Según les dicen, el PNV saben quienes son los etarras y dónde están. Llegado el momento, la propuesta de los nacionalistas vascos es “simplemente eliminarlos”.

El otro es la conversación entre Adolfo Suárez y el embajador Todman. El ya ex presidente le explica que su gesto en el Congreso fue deliberadamente suicida, con la esperanza de que su asesinato forzara una reacción mundial contra los golpistas. Suárez le dice que estaba convencido de que a Estados Unidos -¿recuerdan al secretario de Estado Alexander Haig proclamando que la asonada era “un asunto interno español”?- le habría faltado tiempo para reconocer al Gobierno impuesto por los militares. “Si yo fuese americano habría reconocido a un gobierno posgolpe”, le confiesa Suárez, a tenor de la importancia estratégica que las bases españolas tenían y tienen para EEUU. ¿Que qué le contestó Todman? Pues que tenía razón.

Tiene el libro episodios apasionantes, como la relectura que la autora hace de la vida y del asesinato de Galíndez, o el relato de ese Watergate a la española, para tener acceso a los mensajes cifrados y a sus respectivos códigos de la embajada española en Washington en la II Guerra Mundial. EEUU llegó a investigar en Nueva York a dos bailaores de flamenco -Los Chavalillos-, enrolados en la Falange y polo de atracción de células españolas pronazis, que compaginaban los tablaos con los cabarets. Otros relatos son simplemente desternillantes, en especial el de la comisión mixta hispano-norteamericana formada para interrogar a los repatriados de la Unión Soviética, ex miembros de la División Azul y niños de la guerra, expedicionarios todos de los barcos Crimea y Semíramis. A los sabuesos hispanos, que buscaban posibles espías rusos, no hubo forma de convencerles de establecer turnos de trabajo de nueve a cinco con media hora para el almuerzo. Los interrogatorios se hicieron por separado porque las dos horas de comida eran sagradas para la detectivesca patria.

Pese a lo que pueda parecer, si algo pone de manifiesto el libro es que el nivel de los espías USA es manifiestamente mejorable, sin que todos ellos lleguen al extremo de Joseph Define, más conocido como Pepe el de la Gasolina, que tuvo que ser retirado del servicio en España en plena contienda mundial porque le perdían las faldas y gastaba más que el increíble Hulk en camisas. A la rivalidad permanente entre el FBI y la CIA (o la OSS, su antecedente), no era extraño que se añadieran iniciativas rocambolescas como el plan para desmoralizar a Japón en la guerra lanzado desde aviones murciélagos vivos sobre Tokio, dado el supuesto temor que inspiraban estos bichos a los nipones. El proyecto fue suspendido al constatar que los murciélagos no sobrevivirían al lanzamiento. Por resumirlo, la inteligencia estadounidense nunca fue sobrada de neuronas y, como ha venido demostrando, es incapaz de procesar adecuadamente la información con la que cuenta. Y eso, cuando dispone de ella, ya que, como destaca Anna Grau, la única fuente de información con dos piernas con la que contaba la CIA en Irak antes de la invasión era un simple empleado de la embajada polaca.

La segunda conclusión es que el interés primordial que España tiene para Washington radica en las bases militares, algo de lo que hasta se dio cuenta el propio Zapatero, tan lenguaraz como para confesarle a Joe Biden que su éxito consistía en hacer lo contrario de Bush, pero consciente de que todo iría bien si hacía la vista gorda por el uso que tanto en la guerra de Irak como en el traslado de prisioneros a cárceles secretas de la CIA se hizo de ellas. Si quieran saber más cosas, lean el libro.

Sin Enmienda
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