Rajoy adelanta su programa. ¿Hay alguien más por ahí?

Tanta prisa le ha entrado a Rajoy por gobernar que esta semana se sacaba de la manga un programa de revolucionarias reformas que, impulsado por las

Tanta prisa le ha entrado a Rajoy por gobernar que esta semana se sacaba de la manga un programa de revolucionarias reformas que, impulsado por las comunidades autónomas y ayuntamientos controlados por el PP, deberían de convertir la crisis en un amargo recuerdo. Ni que decir tiene que el plan era muy esperado, por eso de que en lo relativo a propuestas concretas el de Pontevedra suele estirarse menos que un portero de futbolín con agujetas; de ahí que quienes se hayan tomado la molestia de leerlo habrán concluido que si esta es la receta para que el país vuelva a ponerse en pie será igualmente posible curar el cáncer con aspirinas.

Tomar en serio este catálogo de iniciativas exige un ejercicio intelectual previo, que consiste en olvidar que el PP ya existía como partido antes del 22 de mayo y que venía ejerciendo el poder en muchos de los territorios a los que ahora se convoca a la salvación nacional. Hecha esta salvedad, que la primera medida “de impulso económico para la creación de empleo” sea fijar un techo de gasto para las comunidades autónomas en línea con el de los Presupuestos Generales del Estado suena a broma y de las gordas. ¿Acaso alguien ha obligado a Valencia a tener un volumen de deuda del 17,2% de su PIB y ser la comunidad más endeudada de España? ¿No es Murcia la segunda región que más déficit acumuló en 2010 hasta situarse en cerca del 5%?

A partir de aquí casi nada se entiende. ¿Qué ha impedido a los territorios gobernados por el PP reducir las delegaciones territoriales en cada provincia, disminuir el número de altos cargos y puestos de libre designación, rebajar los gastos de representación y el parque móvil, racionalizar el uso de los móviles o ahorrar energía como se proponen hacerlo de ahora en adelante? ¿Ha llegado el momento de que se revisen las ayudas y subvenciones de concesión directa en vista de que Camps ha salido muy escarmentado del Bigotes y de Orange Market? ¿Había obstáculos insalvables para que las autonomías del PP gestionaran su patrimonio inmobiliario, crearan centrales de compra para conseguir mejores precios o redujeran el número de entes y organismos públicos?

Afirma el PP que encargará auditorías para conocer la situación real de las finanzas públicas, pero sólo en aquellos sitios en los que entre a gobernar. ¿Por qué no hacerlo en el Ayuntamiento de Madrid y comprobar si la deuda declarada de 6.453 millones se corresponde con la realidad o existen otros agujeros camuflados en las empresas municipales? ¿Se puede prometer un plan de lucha contra la morosidad, que en realidad consiste en cumplir la ley vigente, cuando la Comunidad de Madrid ha puesto al borde de la bancarrota a las asociaciones a las que externalizó los servicios de orientación laboral a los parados por citar sólo un ejemplo? ¿No suena a cachondeo que se siga prometiendo como gran avance simplificar licencias administrativas, agilizar los trámites para crear empresas y eliminar las tramas burocráticas?

¿Acaso alguien ha obligado a Valencia a tener un volumen de deuda del 17,2% de su PIB y ser la comunidad más endeudada de España? ¿No es Murcia la segunda región que más déficit acumuló en 2010 hasta situarse en cerca del 5%?

El documento establece el compromiso de no subir impuestos y pide, como de pasada, el cumplimiento de la ley de Financiación Autonómica, lo que en cristiano significa más transferencias de dinero para las comunidades. Hemos debido de perdernos algo por el camino porque si esto es todo lo que Rajoy tiene que ofrecernos para salir de la crisis estamos como el tipo que cuelga de una rama en un precipicio al que una voz le dice que tenga confianza y se suelte de las manos porque varios ángeles le recogerán en sus brazos antes de que caiga al suelo. Su respuesta sería la nuestra: “Vale, pero ¿hay alguien más ahí?”.

Evidentemente, no es que nos hayamos perdido algo sino que, simplemente, no se nos dice, porque Rajoy no quiere preocuparnos y, muy posiblemente, porque podríamos llegar a pensar que los recortes de Zapatero son un bálsamo para pieles delicadas. Así que a diez meses como mucho de las elecciones generales seguimos ignorando qué piensa hacer el PP con la Sanidad, después de que sus dirigentes territoriales le hayan dicho que no pueden hacer frente al gasto farmacéutico, si debemos esperar otra reforma laboral o si los funcionarios han de prepararse para otro tajo en sus nóminas. Tampoco tenemos detalles sobre cuál es el modelo energético de los populares, infiltrados hasta la médula por una industria nuclear en horas bajas y con su otrora aliada Angela Merkel reconvertida de tsunami y porrazo a la renovables. 

El mayor de los secretos es quién se haría cargo de la parcela económica del nuevo Gobierno en caso de que los españoles aprueben la mudanza de Rajoy a la Moncloa. Conocer el nombre daría muchas pistas sobre las intenciones reales del PP y por eso se oculta. En que será de su cuerda confían en la CEOE, que esta semana dinamitaba el acuerdo con los sindicatos sobre la negociación colectiva y, de paso, obligaba al Gobierno a aprobar la reforma por decreto y a desgastarse un poco más ante su electorado potencial.

Es evidente que esta estrategia de silencio le ha funcionado al PP de maravilla,  hasta el punto que ha comenzado a ser imitada por el llamado a ser por “cientos de dedazos” candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. El vicepresidente será proclamado sin que los militantes de su partido, tan transparente y democrático, conozcan cuál será el programa con el que piensa concurrir a las elecciones, que será diseñado en septiembre en la Conferencia Política prevista a esos efectos.

De tanto jugar con los españoles al gato y al ratón para que no conozcan qué es lo que les espera si el PP llega al Gobierno, Rajoy corre el riesgo de que se comience a pensar que aquí hay gato encerrado. Confía en que la mayoría se de cuenta demasiado tarde, cuando haya ganado las elecciones de perfil, como la efigie de una moneda.

Sin Enmienda
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