Todas las mujeres humildes o ricas, instruidas o analfabetas, urbanas o rurales compartimos la posibilidad de sufrir violencias machistas, porque compartimos el hecho de ser mujeres
El expresidente argentino, Alberto Fernández. (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
Por
Verónica Fumanal
EC EXCLUSIVO
¿Qué implicaciones tiene que en la casa presidencial de un jefe de gobierno se perpetren diversas violencias machistas contra su esposa? Fabiola Yáñez, casada con el expresidente de Argentina Alberto Fernández, le ha denunciado por, según ella, ejercer violencia física y terrorismo psicológico cuando todavía ostentaba la presidencia y ella era la primera dama. Un juez ha imputado al expresidente por delitos de agresiones graves con el agravante del vínculo y por amenazas coactivas. El caso saltó a los medios después de que un juez que estaba investigando el móvil de la secretaria de Fernández por un supuesto escándalo de corrupción viera indicios sobre los supuestos maltratos. El juez la invitó a denunciar, pero ella, en primera instancia, declinó hacerlo.
Fue dos días después de que el escándalo saltara a la prensa que Yáñez, ya residiendo en Madrid, decidió hacerlo. El expresidente peronista envió un comunicado cuatro días después de la denuncia de su ex pareja negándolo todo y acusándola de fragilidad emocional y de estar inducida por un tercero. La opinión publicada y pública argentina se ha posicionado mayoritariamente con Yáñez, pero años de maltrato se pudieron producir porque la estructura patriarcal y machista sigue operando. Hoy analizo las principales implicaciones.
La violencia machista no entiende de clase social
El matrimonio presidencial Fernández-Yáñez pertenecía a una clase social alta, con un estatus socioeconómico privilegiado, que evidencia cómo la violencia machista no correlaciona con la pobreza o el bajo nivel de estudios. Las mujeres con posibilidades económicas y bien relacionadas también sufren violencias machistas porque la estructura patriarcal ha educado a las mujeres para que toleren ciertos grados de violencia que van aumentando hasta llegar a los moratones, hasta la muerte.
Todavía hoy, las mujeres valientes que se atreven a denunciar, son cuestionadas, presionadas y enviadas al ostracismo social del entorno de la pareja, porque se entiende que tienen un objetivo oscuro, tratadas como las verdugas y no como las víctimas. Yáñez, seguramente, tuvo a su alcance el dinero, los contactos y las posibilidades estructurales para salir de ese matrimonio que la maltrataba, incluso, que la obligó a abortar. Sin embargo, le faltaba lo más importante: la creencia íntima de que sería apoyada por su entorno y por la sociedad, pensar que a su marido lo condenarían social y judicialmente, como a cualquier delincuente. Para el patriarcado, la violencia sobre las mujeres no existe.
La violencia machista no entiende de ideologías
Este episodio le ha valido al actual presidente Javier Milei para denunciar la hipocresía de la izquierda que apoya legislaciones feministas, al mismo tiempo que golpea a su mujer en casa. Y en esto, no le falta razón. La violencia machista no entiende de ideologías, porque la educación machista la hemos sufrido todos y todas por igual. Lo que sí es cierto, es que la izquierda tradicionalmente ha apoyado con más decisión las políticas en favor de la igualdad, y sobre todo, a nivel narrativo, ha hecho suyos los posicionamientos feministas que hablan de violencias machistas, patriarcado, machismo, las políticas del consentimiento, leyes de paridad.
Sin embargo, esto que, en un estadio teórico y grupal, está asumido no aplica de forma individual y seguimos viendo a supuestos hombres de izquierdas emparentados con mujeres jovencísimas que son exhibidas como trofeos estéticos, violencias machistas soterradas en parejas envidiables y compañeros de partido que encubren a otros en prácticas como el consumo de la prostitución, que no son para nada feministas ni igualitarios.
La violencia machista no tiene presión pública
Cuenta Fabiola Yáñez que el médico de Olivos, la residencia oficial de la pareja presidencial, le recetó varias veces medicación contra los hematomas que el presidente le había propinado y que cuando eran en la cara se los tapaba con maquillaje. Todo el caso saltó, porque un juez, investigando un supuesto caso de mordidas, vio en el móvil de la secretaria del presidente indicios de violencia machista contra Yáñez. Al menos el médico y la secretaria de Fernández lo sabían y no hicieron nada. El expresidente de Argentina le propinaba palizas a su mujer y la amenazaba sintiéndose impune, sabiendo que la estructura patriarcal que lo rodeaba no denunciaría estas prácticas. El hecho de que su mujer no se atreviera a denunciarlo corrobora esta versión.
La violencia machista suele estar encubierta sistemáticamente porque no hay una presión pública para denunciarla y es parte del sistema cómplice que permite ejercerla. Esta misma semana hemos conocido como una mujer de 19 años estuvo secuestrada, drogada y maltratada por su marido en Salamanca. Esta mujer fue rescatada por la policía, gracias a que una vecina oyó los gritos de socorro y denunció. Yáñez no tuvo la misma suerte y vivió un infierno hasta que pudo escapar por sí misma de su cárcel presidencial.
La violencia machista tiene en común que se ejerce sobre mujeres
La mujer secuestrada de Salamanca no tenía mucho en común con Fabiola Yáñez, la primera era hija de comerciantes ambulantes y la otra primera dama. La primera, una mujer conocidísima; la segunda, una mujer anónima. La primera argentina, la segunda española. Sus destinos tenían poco en común, pero, al final, compartieron el ser golpeadas, acosadas, vejadas por un hombre. Porque todas las mujeres humildes o ricas, instruidas o analfabetas, urbanas o rurales compartimos la posibilidad de sufrir violencias machistas, porque compartimos el hecho de ser mujeres.
En Argentina, una mujer muere cada 35 horas víctima de un feminicidio, 29 mujeres han sido asesinadas en lo que llevamos del 2024 en España. No son cifras, son mujeres que no están vivas porque un hombre las ha matado, son vidas de familias destrozadas, hijos huérfanos. Cuántas personas los encubrieron, una sola llamada podría haberlo evitado. Pero para que esto suceda, no hace falta un teléfono, sino la convicción social de que solo entre todos y todas podemos acabar con el terrorismo machista, o acaso creen que Yáñez o la mujer de Salamanca no vivieron aterrorizadas, un terror que les impidió salir del suplicio que vivieron.
¿Qué implicaciones tiene que en la casa presidencial de un jefe de gobierno se perpetren diversas violencias machistas contra su esposa? Fabiola Yáñez, casada con el expresidente de Argentina Alberto Fernández, le ha denunciado por, según ella, ejercer violencia física y terrorismo psicológico cuando todavía ostentaba la presidencia y ella era la primera dama. Un juez ha imputado al expresidente por delitos de agresiones graves con el agravante del vínculo y por amenazas coactivas. El caso saltó a los medios después de que un juez que estaba investigando el móvil de la secretaria de Fernández por un supuesto escándalo de corrupción viera indicios sobre los supuestos maltratos. El juez la invitó a denunciar, pero ella, en primera instancia, declinó hacerlo.