La paliza que nos están metiendo ahí fuera no se veía desde el 1-O

España es un país con la autoestima bajísima y obsesionado con lo que dicen los medios en inglés. Ahora estamos recibiendo una paliza mediática brutal. ¿Es tan grave como parece?

Foto: Una imagen de las calles de Madrid recogida por la agencia Reuters.
Una imagen de las calles de Madrid recogida por la agencia Reuters.

España ha quedado sepultada bajo una gigantesca avalancha de malas noticias. Los resúmenes de prensa internacional elaborados por las embajadas son desde hace días una sucesión de palos a nuestra gestión de la pandemia y a nuestras perspectivas económicas. Ocurre en todos los idiomas y desde las cabeceras y televisiones de todo signo político. Somos noticia por ser campeones en contagios, por la crispación política, por los riesgos financieros a medio plazo, por poner problemas en los planes de la UE... España no había recibido una paliza mediática semejante desde la primera semana de octubre de 2017, desde aquellas imágenes de policías uniformados como Robocop sacando ancianas a rastras de los colegios catalanes. Y aunque la cosa evolucionase favorablemente —algo que está por ver—, lo normal es que nos queden aún muchos días amargos por delante, porque la atención mediática internacional es una lamprea. Días aciagos para un país con la autoestima bajísima y obsesionado con lo que escriben sobre sus deméritos en inglés.

El Gobierno dice que no es para tanto y confía en que la atención pasará pronto a otro país, según se vayan trasladando los picos de contagios, las curvas y las angustias. Tratando de cabalgar el relato, Arancha González Laya, ministra de Exteriores, está dando más de una entrevista al día, de media, a periodistas internacionales y desde el ministerio organizan encuentros periódicos con corresponsales. A medio plazo, se ha apresurado la formación de un comité de sabios en el que hay gente como José María Lassalle, Daniel Innerarity o Sami Naïr, y que ayudará a “definir una estrategia de acción exterior” con la que el año que viene se pondrá en marcha otro de esos planes 'reputación país', siguiendo la estela de Marca España, España Global... "Tomar una foto fija de cómo afecta la pandemia es capcioso y te lleva a error, porque este es un problema dinámico que se desplaza en el tiempo y geográficamente", nos dice Manuel Muñiz, secretario de Estado de España Global. "La realidad empírica es que nuestra reputación país es mucho más resiliente de lo que tendemos a creer", enfatiza.

Ciencias de la reputación

Pero ¿cuál es la realidad empírica sobre algo tan vaporoso como la reputación de un país? Muñiz se refiere a informes elaborados por 'think tanks' o empresas como el Reputation Institute o el Real Instituto Elcano. Ambos están detrás, por ejemplo, de los análisis que se vienen elaborando desde hace años sobre la reputación de nuestro país, trabajo para el que hacen más de 30.000 entrevistas repartidas entre varios países industrializados. El último informe, por cierto, se hizo justo durante el confinamiento y no salimos mal parados. A casi nadie le afectó un problema que en su primera ola se entendió casi como un desastre natural. El único que sufrió fue China, por su responsabilidad inicial. Paradójicamente, ahora es uno de los pocos lugares donde parece momentáneamente controlada la pandemia. En cualquier caso, y aunque no se trata de una ciencia exacta, quienes elaboran estos trabajos, como el español Fernando Prado, han obtenido conclusiones aprovechables a lo largo de los años:

1. La reputación es lenta. Modificar la percepción de un país en el extranjero es un proceso largo y complejo, excepto cuando concurren circunstancias muy especiales. Por ejemplo, México vio cómo colapsaba su imagen internacional en tiempo récord durante el Gobierno de Felipe Calderón y su guerra contra el narcotráfico, que llenó los telediarios de todo el mundo de cadáveres mutilados en medio de parques y carreteras. Otro caso de estudio más cercano en el tiempo: la credibilidad de Estados Unidos se desplomó tras la victoria de Donald Trump. Y un ejemplo contrario: Chile disparó su reputación el año que rescataron a los mineros de San José.

2. La reputación no es un espejo. La percepción en el extranjero casi nunca coincide con la que tienen los propios ciudadanos. Hay asuntos que tienen un impacto enorme en la percepción nacional y prácticamente ninguno en la percepción internacional. En este sentido, España es especialmente sensible. Somos un país con la autoestima bajísima, siempre dispuesto a la autoflagelación.

"Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español". Los versos de Joaquín Bartrina se ven reflejados en los informes de reputación: España tiene desde hace ya varios años una percepción más negativa dentro de sus fronteras que fuera. Es algo que ocurre en pocos sitios más, como Italia, Brasil o Japón. Lo normal es lo contrario. Con casos de narcisismo apabullante como Rusia o Colombia. No es una anécdota, sino uno de los mayores problemas de la reputación de España. Los extranjeros también forman su opinión escuchando lo mal que hablamos de nosotros mismos.

3. La reputación es dinero. Aunque varía mucho según latitudes, el impacto económico de la reputación de un país puede llegar a ser enorme. Los términos financieros son los más evidentes (deuda, inversión...), pero también en materia de exportaciones (marcas españolas), turismo, etcétera. Por ejemplo, el Reputation Institute asegura que un punto arriba en su escala (sobre 100) equivale a un 5% más de turistas.

4. La reputación va por barrios. Los informes de los últimos años muestran que España mantiene en general una buena reputación en el entorno europeo (Reino Unido, Francia, Italia y Rusia a la cabeza) y mucho peor en países asiáticos, Latinoamérica —especialmente Brasil y Colombia— o Marruecos. También es interesante cómo los países de mediano y pequeño tamaño pasan desapercibidos fuera de su vecindario. Le sucedió a Venezuela en su día: la desintegración de su sistema económico y político hundió su imagen en Latinoamérica, pero el deterioro tardó años en salir de la órbita de los países hispanohablantes.

¿Y entonces?

En definitiva, ¿cuánto nos va a afectar el vapuleo de la prensa extranjera en esta segunda ola? Fernando Prado coincide a grandes rasgos con Muñiz. Pronostica que, con base en los indicadores que ellos manejan, no atravesamos un momento especialmente crítico. El problema es que estos estudios, muy valiosos para medir corrientes de opinión, están basados en encuestas con ciudadanos estándar, a quienes además se les hacen muchas preguntas que escapan a lo coyuntural —belleza del país, calidez de la gente…—. Sucede que los retratos de la prensa internacional tienen un impacto bien diferente en las élites que toman decisiones que realmente nos pueden afectar: gestores de fondos, burócratas de Bruselas, analistas de riesgos, empresarios, etcétera. Y es improbable que haya muchos de ellos a estas alturas que no estén al tanto de los problemas a los que nos enfrentamos en los próximos años aquí.

Hay que recordar que incluso la reputación 'auditada' de España sufrió una lenta pero constante erosión durante la crisis económica, un bache que costó mucho levantar después y que paradójicamente había terminado la remontada —y seguía ascendiendo— en el primer trimestre de 2020. Una última razón para ser pesimista: toda la atención global está puesta ahora mismo en el coronavirus y su gestión. De Pekín a São Paulo, la información internacional nunca se había consumido con la avidez que se consume ahora. No es lo mismo una gestión nefasta en algo que apenas tiene interés fuera de tu país, que salir tan mal parado en la foto que todo el planeta está mirando: la del covid.

Takoma
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