Por qué no hay ningún motivo para ser Ángel Gabilondo

Nos quejamos de la polarización, pero olvidamos que los medios de comunicación somos tan responsables o más que los políticos. Escuchar lo que ha ocurrido en EEUU es escuchar el futuro

Foto: Debate de candidatos a la CAM en las últimas elecciones. (EFE)
Debate de candidatos a la CAM en las últimas elecciones. (EFE)

Si en algo nos hemos puesto de acuerdo estos meses, es en que la clase política no da la talla. Asumimos que los partidos han transformado su trabajo en una absurda guerra por el relato en la que no hay tiempo para afrontar los problemas reales, asuntos que quedan aplastados por toneladas de exageraciones e insultos. Ahora que eso lo tenemos más o menos claro, quizá también es el momento de hablar de cómo hemos llegado hasta aquí con la complicidad del otro gran fabricante de polarización: nosotros, los medios.

En octubre del año pasado, el periodista Matt Taibbi abordaba el tema en un ensayo recomendable ('Hate Inc: por qué los medios de hoy hacen que nos odiemos unos a otros'), en el que viene a decir que los problemas que atraviesa su país no solo se han agravado por culpa del ejercicio del periodismo sino que son consecuencia de los cambios que se produjeron en su industria entre finales de los ochenta y principios de los noventa. Recordemos que, en términos de polarización, hablar desde Estados Unidos es hablar desde el futuro.

"Después de varias generaciones haciendo lo contrario, de décadas en las que la unidad y la conformidad eran rentables, el producto principal que venden ahora los medios de comunicación es la división", resume el autor. Taibbi es hijo de un reportero televisivo y aprendió la profesión viendo ejercer a su padre. Y lo que veía, dice, es que el producto que vendían los grandes medios era la unidad y uniformidad de la sociedad americana.

Los presentadores televisivos tenían que ser monótonos y ofrecer los hechos que estaban ocurriendo sin permitirse un solo comentario

En realidad, sucedía algo parecido en casi todo el mundo occidental. En lugares como Italia, la televisión sirvió incluso para homogeneizar el idioma y vertebrar el país. Eran instrumentos de cohesión, repetían sin parar mensajes que hoy resultan de una ingenuidad sonrojante y que recuerdan mucho al que siguen trasladando las televisiones y periódicos en algunas de las naciones asiáticas más prósperas. Sea como sea, dice Taibbi, en Estados Unidos aquello duró más de 40 años y fue provechoso: “Los presentadores televisivos tenían que ser monótonos y ofrecer los hechos que estaban ocurriendo sin permitirse un solo comentario”.

Pero a finales de los años ochenta, empiezan a cambiar tres cosas.

Primero, los ciclos de la información se aceleran. Se pasa del boletín diario de pocos minutos a los canales 24/7. “Crear contenidos para programas que nunca acaban obliga a las empresas a producir más y más rápido, a ser más y más trepidantes, a llenar las pantallas de estímulos”. La primera Guerra del Golfo, dice el autor, fue el primero de una sucesión de 'shows' con presentadores hablando sin parar por encima de imágenes impactantes con música de 'thriller'. Seguro que se les vienen a la cabeza decenas de ejemplos similares en la televisión que se hace en España desde hace algunos años.

Segundo, el modelo de negocio se hunde y hay que buscar alternativas. “Las empresas mediáticas pasan de un entorno en el que hacer dinero era increíblemente fácil a otro donde es increíblemente difícil”. Ante el empuje de internet y la pérdida de exclusividad en la transmisión de mensajes y noticias, los medios se ven obligados a transformar sus productos. Una de las primeras cosas que entienden es que poner a discutir a personas que expresan sus opiniones con vehemencia es una manera muy barata y eficaz de conseguir audiencia. “La opinión, el debate, la bronca, el conflicto… Son el negocio más rentable que encuentran”. Tampoco resulta complicado abstraerse mucho para trasladar esa imagen a España.

Tercero, se segmenta la audiencia en nichos identitarios. Incluso las grandes cabeceras empiezan a adoptar técnicas hasta entonces patrimonio de pequeñas emisoras de agitación. Se usa el sesgo político como una manera de acaparar sectores y hacer dinero. Fox, recuerda Taibbi, fue la primera cadena que dio el paso. "Pensaron que era buena idea apostar por la población adulta, conservadora, de zonas residenciales, y se lanzaron a por ese grupo demográfico elaborando el tipo de noticias y opiniones que más podían agradarles. Descubrieron que crear villanos daba muchísima audiencia y, por ejemplo, durante años pusieron a los Clinton en el centro de la diana". Bombardear un grupo con mensajes contra otro grupo es inmensamente rentable. Fox, a la que después siguieron el resto, fue la cadena líder de audiencia desde finales de los noventa hasta la llegada de Donald Trump.

En sus charlas, Taibbi recuerda algo evidente que a menudo se nos olvida: “Las noticias son ahora un producto de consumo más que un servicio público. Las empresas de comunicación tienen que vender su mercancía, igual que cualquier otra empresa”. Desde esa óptica, la irrupción de Trump es la del producto mediático más rentable en décadas, un fenómeno que ha hecho ganar a los medios estadounidenses una cantidad ingente de dinero. “Cualquier otro cálculo resulta secundario si una empresa encuentra una mercancía tan rentable que ofrecer a tus clientes (...) Las grandes cadenas progresistas encontraron al villano perfecto para disparar su audiencia (...) Su cobertura está basada en el personaje, no en sus políticas. (...) No se puede discutir que la rentabilidad de los medios progresistas se ha disparado con Trump”.

Es evidente que en España operan incentivos parecidos. Los personajes polarizantes e histriónicos atraen audiencia, son invitados a los platós, acaparan titulares y se viralizan en las redes sociales. En consecuencia, los partidos se ven obligados —o arrastrados— a dejar sus proyectos en manos de ese tipo de perfiles, que les aseguran más minutos de exposición. Al final, los políticos más exitosos son incapaces de gestionar problemas reales porque ni siquiera están entrenados para eso. Su objetivo, lo que les separa del fracaso, es la capacidad que tengan para abrirse camino en el negocio de la atención.

La política se convierte en una bronca confusa que ocupa todo, sin llegar a ocuparse realmente de nada

Todas las esferas de la realidad, incluso las privadas, acaban politizadas, se convierten en carne de mensaje electoral, se sacan de quicio, se exageran, se hiperbolizan. La política se convierte en una bronca confusa que ocupa todo, sin llegar a ocuparse realmente de nada. Mientras tanto, los políticos sosegados, aquellos que insisten en sus programas y que huyen del barro de las guerras culturales… terminan convertidos en un chiste. La buena política, la que arregla problemas y se anticipa, suele ser bastante aburrida. No hay ningún motivo para ser Ángel Gabilondo: hunde las audiencias, arruina cualquier 'show' de variedades, es como poner un geranio sobre el escenario de un circo. Ni siquiera estoy seguro de que sea un ejemplo de nada porque apenas he tenido ocasión de escuchar lo que dice.

Permítanme concluir de regreso al futuro. Le pedí al filósofo Robert B. Talisse, profesor de la Universidad de Nashville, que me ayudase a cerrar este artículo reflexionando sobre lo que la polarización política ha hecho con la sociedad estadounidense en menos de dos décadas. Lo que cuenta recuerda mucho a esta canción de Giorgio Gaber ("darse un baño es de derechas / una ducha es de izquierdas"). Si en España transitamos el mismo camino, es razonable pensar que acabaremos llegando al mismo sitio. Verán que algunas cosas ya han empezado.

“Lo primero que hay que entender es que vivimos una polarización afectiva, en el sentido de que los ciudadanos americanos son ideológicamente más parecidos que hace 25 años, pero afectivamente están más divididos que nunca porque se desagradan mutuamente más de lo que se han desagradado nunca. Dicho esto, la identidad política ya es el centro de todo. Hace 30 años, ser conservador significaba votar a un partido conservador. Ahora es un estilo de vida. Y lo mismo ocurre con los progresistas. Esa identidad se refleja en todo lo que haces: el sitio en el que compras, el lugar donde vas de vacaciones, el coche que conduces, la televisión que ves, las películas que te gustan, la ropa que llevas puesta… Básicamente, vivimos en mundos separados. (...) En los últimos meses, los partidarios de Trump se han negado a llevar mascarillas para diferenciarse de quienes no votan a Trump, que sí usan mascarilla. Le damos un significado político a beber café en Starbucks, que es progresista. Y a conducir una camioneta, que es conservador. Esto se ha convertido en una auténtica locura”.

Takoma
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