También es política lo que hay (o no hay) en las estanterías del supermercado
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Ángel Villarino (Takoma)

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También es política lo que hay (o no hay) en las estanterías del supermercado

Los supermercados no fallan ni bajo la nieve, ni bajo la pandemia. Son el pilar de nuestra civilización. Lo damos por descontado, pero no deberíamos. Se impone un enfoque crítico

placeholder Foto: Supermercado londinense en marzo de 2020 (Efe)
Supermercado londinense en marzo de 2020 (Efe)

El primer supermercado moderno en suelo europeo abrió sus puertas en 1956 y era una maqueta. La delegación estadounidense lo instaló en Roma durante la Exposición Internacional de Alimentación celebrada aquel año. Se trataba de un establecimiento pequeño en comparación con los originales, apenas 2.500 productos. Las crónicas de la época cuentan que las amas de casa italianas salían locas de entusiasmo. “Esto es el cielo. Hay muchísima comida”. Durante décadas, Washington utilizó los supermercados como reclamo propagandístico prioritario. Era uno de los primeros lugares que enseñaban a las delegaciones soviéticas. “Cuando vean tanta comida, tantas marcas juntas, se van a volver locos”.

Lo cuenta Benjamin Lorr en un reciente ensayo periodístico ('La vida secreta de los comestibles') que se ha convertido en uno de los libros del momento gracias a la pandemia. Cuando el mundo se paró, solo había un sitio donde ir, un único lugar imprescindible de verdad para la supervivencia: el supermercado. Lo hemos vuelto a ver con las nevadas: no pueden cerrar ni una sola mañana, no hay nada que nos inquiete tanto como plantarse delante de una estantería vacía en la sección de carnes, verduras o embutidos. Cuando ya no quedan hamburguesas de soja ni yogures de ciruela, un escalofrío recorre toda la espalda.

El libro de Lorr dice que los adultos pasamos de media el dos por ciento de nuestras vidas dentro de estos establecimientos. Es, por otra parte, un ensayo planteado desde la crítica, como ya anuncia su subtítulo: “El oscuro milagro del supermercado americano”. El autor describe en primera persona las condiciones laborales de esos maravillosos establecimientos para votantes demócratas de clases acomodadas: comida ecológica y “discurso responsable“ como Whole Foods ―propiedad de Amazon desde 2017―.

Lo que se encuentra Lorr son trabajadores con “poco inglés, poca capacitación y poca sonrisa” que se pasan el día trajinando cajas en un ambiente sórdido por un salario de subsistencia. Después visita un matadero de pollos en el que una máquina raja 140 arterias carótidas por minuto. Un operario vigila con un cuchillo por si el corte no es limpio. Incluso sigue la pista de las gambas hasta Tailandia, primer productor mundial, para ver con sus propios ojos cómo la industria entera está sostenida con trabajo esclavo, inmigrantes procedentes de países con emergencias humanitarias como Myanmar o Camboya que acaban atrapados en una red de amenazas y compromisos incumplibles. Muchos ni siquiera huelen las gambas, sino que se dedican a capturar o criar peces de baja calidad para hacer harina de pescado con la que alimentar a los crustáceos.

Foto: Vista áerea del 'mar de plástico' en la provincia de Almería. (D.B.)

Si me permiten la batallita, en 2009 subí a uno de esos barcos en Samut Prakan, a 30 kilómetros de Bangkok, aprovechando que el patrón se había ido a una casa de masajes. En cubierta había doce camboyanos y un tailandés, comiendo un poco de arroz entre redes, tripas de pescado y aparejos herrumbrosos. Querían salir de allí, pero no se atrevían. En este reportaje de Laura Villadiego está mucho mejor contado. En cualquier caso, es la misma gente que vio Lorr y que le sirve al autor para seguir cuestionando el sistema entero sobre el que se sostiene nuestro modo de vida. Aunque quizá la parte más angustiosa del libro es la que pasa a bordo del camión de una conductora de Estados Unidos que se ve obligada a trabajar entre 70 y 80 horas a la semana para susbsitir y duerme en la cabina. Remata con un dato para entender la trascendencia de su trabajo: en EEUU, los camiones mueven 158 kilos por habitante al día.

Foto: Trabajadores en un mercado de pescado y marisco en Mahachai, Tailandia, el 28 de enero de 2016. (Reuters)

Es un libro político, pero el autor no puede evitar que salga a flote la fascinación ante la complejidad y sofisticación de una maquinaria global que obra auténticos milagros, como convertir en habitual el 'sushi' en los hoteles de Urumchi (China), la ciudad más alejada del océano de todo el planeta. Aunque nos parezca que todo es cada vez más caro, en 1900, un americano medio gastaba el 40 por ciento de sus ingresos en alimentos. En 1950, había bajado al 30 por ciento. Hoy apenas llega al 10. Lo damos por descontado, pero el supermercado es uno de los cimientos de nuestra civilización, una de las transformaciones que más asombrarían a nuestros ancestros si emprendiesen un viaje al futuro. Y un indicador inmejorable para entender el nivel de vida de un país. Si solo tienes una hora para visitar una ciudad no la pierdas en un museo: paséate por un supermercado.

La industria alimentaria es tan central que, a la fuerza, tiene lo mejor y lo peor del sistema. Salarios miserables y 32.000 referencias de productos ―de media― a precios asequibles, disponibles todos los días del año a dos pasos de casa. Es una de esas instituciones para las que ahora mismo no hay alternativa. Deberíamos prestarle mucha más atención y mucho más sentido crítico.

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