El síndrome del veterano de guerra que atormenta a las enfermeras
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Ángel Villarino

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El síndrome del veterano de guerra que atormenta a las enfermeras

Cuidan a los pacientes, se encargan de los test y ponen las vacunas. Son la primera línea de la batalla contra el virus y muchas, como veteranos de guerra, pagarán un precio muy alto

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Hace hoy un año que se declaró la guerra y el tiempo ya se ha tragado las voces de quienes han estado en las trincheras. Incluso las efemérides más honestas se atascan estos días en los balances sobre la gestión política, en los matices sobre la gestión médica. Entre los ajustes de cuentas y las ganas de seguir con la vida. No ha acabado aún la contienda y ya empezamos a olvidar a quienes han plantado el muro de contención con sus cuerpos. A quienes siguen en la vanguardia ofensiva midiendo la temperatura, haciendo test y administrando las vacunas.

Las enfermeras son un colectivo infrapagado cuya opinión importa menos por sistema. No han tenido el mismo espacio para explicarse que políticos, doctores, epidemiólogos y oportunistas. Son personas que han hecho sacrificios que las perseguirán el resto de sus vidas y que llegan a este 14 de marzo con el síndrome del soldado. Con la misma sensación angustiosa que relatan los veteranos de guerra cuando se dan cuenta de que la sociedad necesita pasar página y olvidar lo que ellos llevan incrustado en la cabeza: olores, sonidos e imágenes que no pueden olvidar por más que lo intenten.

Elena, enfermera de Urgencias del Hospital Severo Ochoa (Madrid), ha empezado a verbalizar ahora lo que ha vivido en los últimos meses, sobre todo en la primera ola. "Antes era incapaz de hacerlo. Lo mantuve bloqueado para no colapsar, para no alarmar, para no preocupar". Tiene grabados, por ejemplo, los gritos de una madre y su hijo, con síndrome de Down. "Estaban los dos contagiados y no querían separarse". O los de una mujer que pasó horas y horas agonizando con el cadáver de su marido en la cama de al lado. "No nos lo podíamos llevar porque estaba el mortuorio lleno".

Foto: Centro hospitalario. (Reuters)

El terror, la incertidumbre, la falta de directrices, el no saber qué administrar, ni en qué cantidades, ni cómo hacerlo. La angustia de volver a casa con los niños. "Muchos compañeros se alojaron en hoteles o en pisos que les prestaron. La mayoría lo hemos vivido en un aislamiento autoinfligido". Hay una escena que repiten casi todos. "No se me olvidará nunca el silencio y las miradas clavadas al suelo cada vez que sacábamos un cadáver. Había pasillos por los que pasaban diez muertos al día y si cierro los ojos puedo ver los ojos de pánico de los enfermos que seguían vivos. Algunos se pasaron tres o cuatro días ahogándose en una silla de plástico porque no había camas". Repite lo que ya a estas alturas hemos escuchado mil veces sin que por ello sea menos terrible: que hubo que descartar a pacientes "incluso de cincuenta o sesenta años" porque no había respiradores. "Me puse a practicar una reanimación y me decían 'para, Elena, para, para, que no tiene sentido, que no hay respiradores'".

Todos recordamos momentos concretos del horror de la primera ola. El más impactante para mí fue la transcripción de la conversación que acababa de tener con María, enfermera de Urgencias del Doce de Octubre, el 20 de marzo. Se me empezaron a saltar las lágrimas al acabar el cuarto párrafo y ya no paré hasta el final. Me impactó tanto que decidí publicarlo tal cual, sin ensuciarlo con mi periodismo. Su sufrimiento probablemente no acabará con el virus. Durante la guerra de Afganistán, hubo años en los que se suicidaron más militares estadounidenses en activo que cuantos causaban baja en la guerra. Cada año se quitan la vida miles de veteranos. En algunos momentos de la última década, en EEUU la cifra ha llegado a superar los 8.000 en doce meses. Salvando todas las distancias –que son muchas– entre un soldado y una enfermera, el estrés postraumático se agrava con esa sensación de haber vivido una experiencia inhumana y cruel de la que ya nadie quiere oír hablar. Atormentados por el contraste entre lo que hay en su cabeza y lo que hay fuera de ella.

Foto: Foto: EFE.

Sorprende también que no hubiera apenas deserciones, algo que sí pasó por ejemplo en África con las epidemias de Ébola. "En mis Urgencias se infectaron el 90% de los compañeros. Estábamos aterrorizados, pensábamos en nuestras familias y nos poníamos a llorar, pero nadie se quedó en casa. Hemos llorado tanto... Pero nadie se levantó una mañana y decidió que no le merecía la pena, lo cual es algo que me parecía normal entonces y ahora me parece increíble. Renunciamos a días libres, doblamos y triplicamos turnos, nos llamábamos a todas horas para apoyarnos y ayudarnos. El compañerismo era impactante y todavía me emociono al recordarlo. Hemos sufrido mucho y sabemos que tendrá secuelas, pero no podíamos dejar a la gente muriéndose en los pasillos".

Planteadas en frío, las heroicidades casi nunca merecen la pena. Cosas como cubrirse la cara con pantallas protectoras fabricadas en casa con la carpeta de los niños, taparse el cuerpo con bolsas de basura, esperar y esperar los refuerzos prometidos que nunca llegan... Y sin embargo los testimonios de las enfermeras son prácticamente los mismos en todo el mundo. "No creo que nos tengan que dar las gracias por la calle, y no me he sentido nunca cómoda con la etiqueta del héroe, pero se me cae el alma a los pies cuando llegan cuatro chavales y te dicen casi con orgullo que se contagiaron en una fiesta. Y nos damos cuenta de que la gente está olvidando porque vuelven a aparecer por Urgencias personas con dolor de tripa y una uña encarnada, con cosas menores que no son para ir a urgencias".

En una infección que no permite familiares, ni acompañantes, las enfermeras han sido el rostro humano para los supervivientes y para las víctimas del virus. Los que han arropado a los muertos, los que han dejado la última sonrisa. Idearon y organizaron un sistema para poner a los enfermos en contacto con sus familias a través de una pantalla. "La gente se quedaba sin batería en el móvil, o directamente perdía la consciencia, o estaba tan débil que no podía llamar", recuerdan desde el Consejo General de Enfermería. Algunas enfermeras, relatan, no se habían enfrentado nunca a situaciones parecidas y se desmayaban en las camas de cuidados intensivos.

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De vuelta a la frialdad de los números, hay que recordar que una enfermera de la sanidad privada cobra alrededor de 1.200 euros al mes, aunque muchos hospitales han tenido que redondear estos meses hasta los 1.400 para mantener o ampliar las plantillas. En la pública pueden llegar a los 2.000 euros después de muchos trienios. El ratio de enfermera por habitante en España es de los más bajos de Europa: 5,5 por cada 1.000 personas (la media de la UE está en 8,8). En lo que llevamos de pandemia se han contagiado 90.000, un 33% del total. Y han muerto once.

Hoy hace un año que se declaró la guerra y no se me ocurre mejor manera de hacer memoria sobre lo que hemos vivido que pronunciando en voz alta los nombres de los caídos en la trinchera.

  1. Encarni Vicente Verderjo. 52 años. Hospital de Galdakao-Usansolo (Vizcaya). Muerta el 18 de marzo.
  2. Pedro Carillo. 59 años. Complejo Hospitalario de Jaén. Muerto el 6 de abril.
  3. Esteban Peñarrubia. 57 años. Hospital Severo Ochoa de Leganés (Madrid). Muerto el 10 de abril.
  4. José Montero Mozos. 63 años. Atención Primaria en Puertollano (Ciudad Real). Muerto el 26 de abril.
  5. Nanda Casado. 62 años. Centro de Salud Castilla del Pino (Córdoba). Muerta el 21 de mayo.
  6. Belén Mato. 49 años. Hospital del Bierzo (León). Muerta el 8 de septiembre.
  7. José Cuitavi. 60 años. Hospital de Liria (Valencia). Muerto el 8 de octubre.
  8. Fina Torres. 60 años. Centro de Salud Zaidín Sur (Granada). Muerta el 20 de noviembre.
  9. Anónimo por decisión de la familia. 59 años. Centro de Salud de Corvera (Murcia). Muerto el 5 de diciembre.
  10. María del Carmen Carrasco Mialdea. Nuestra Señora del Castillo de Lebrija (Sevilla). Muerta el 7 de diciembre.
  11. Antonio Núñez Hernández. Hospital La Fe de Valencia. Muerto el 11 de febrero.

Descansen en paz.

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