Takoma
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La conjura de los chiflados y la facción que gana con la caída de Musk
El trumpismo es a la revolución lo que Space Balls es a Star Wars. Pero los elementos de la lucha por el poder no son tan distintos y esta semana se ha producido algo parecido a una purga
La cultura popular nos enseñó lo que ocurre si un alacrán se sube a una rana, pero nadie nos había dicho lo que pasa si un alacrán se sube encima de un alacrán más grande. Ahora ya lo sabemos, después de asistir al primer calentón en Twitter que pasará a los libros de historia. Sabemos que Trump y Musk convierten en un espectáculo de telebasura todo lo que tocan. Así que nuestra atención queda atrapada entre los gritos (las mayúsculas en este caso) y los insultos de la pelea, pendiente de las emociones desnudas de dos tipos maniacos, egocéntricos. Y, en el caso de Musk, probablemente drogado.
Pero han ocurrido muchas cosas en estos seis o siete meses que tienen tanta importancia como el perfil psicológico de los enrabietados. Los procesos revolucionarios, y el trumpismo de alguna manera lo es, asaltan el poder a lomos de una coalición de intereses, en este caso quizá una conjura de chalados. Se mezclan justicieros, resentidos, oportunistas, locos, personas razonables con anhelos de cambio. Sus diferencias, que son infinitas, quedan aparcadas por un objetivo común más importante, que es desalojar y destruir al rival común. Una vez que lo logran, o incluso antes de lograrlo, empieza la pelea intestina.
Robespierre acabó con Danton, Stalin con Trotski, Hitler ejecutó a Ernst Röhm, Mao Zedong a Lin Bao, Tito purgó a Ranković y Mussolini a Cesare Rossi. Hasta Castro se enemistó con el Che Guevara. Cada purga es hija de su tiempo, y estos tiempos son histriónicos. Pero hay una constante: los aliados incómodos salen por la ventana, ya sea con un piolet clavado en el cráneo, o con una orden de deportación como la que pedía ayer Steve Bannon para Elon Musk. Entiendo que resulta difícil tomarse en serio lo que está pasando, pero es que el trumpismo siempre ha sido a la revolución lo que Space Balls a Star Wars, una adaptación chiflada del clásico.
Más allá de sus trastornos de personalidad, Musk ha fracasado en su intento de orillar a Trump hacia la motosierra de Milei, los ajustes presupuestarios, la austeridad y la libertad de reconstruir el país con nuevos oligarcas afines. Su DOGE ha sido un auténtico desastre que no ha logrado ahorrar nada al contribuyente y ha puesto de uñas a todo el mundo. Ante las exequias de Musk, ganan altura los hombres fuertes del movimiento de MAGA, los nativistas, ultranacionalistas, fanáticos religiosos y demás facciones que tratan de regresar a un pasado glorioso imaginado y convertir Estados Unidos en la vanguardia de un renacimiento de Occidente como fuerza desacomplejada que vuelva a dominar el mundo, esta vez sin remilgos ni sentimientos de culpa.
El déficit disparado, el comercio internacional truncado y esas cosas que son fundamentales para el tipo de personas atraídas por lo que representa Musk, nunca han interesado demasiado al entorno MAGA. Aunque su influencia es menor de la que aparenta, Steve Bannon es la persona que con más transparencia anticipó la repulsión que generaba el magnate sudafricano. Y Musk, que no ha destacado nunca por sus habilidades sociales, ha ido después creándose enemigos en casi todas las filas del gobierno. Como contaba Argemino Barro en su análisis de hoy, la jefa de gabinete Susie Wiles tiene un larguísimo dossier con todas las críticas de congresistas republicanos y ministros de Trump contra la acción alocada y desorganizada del magnate de Tesla. Los rumores de peleas a gritos con Marco Rubio o Scott Bessent, llevan meses aireándose en la prensa y siendo desmentidos después por los órganos oficiales.
Es fácil hacer cábalas sobre los efectos de la purga. Lo lógico es que la pelea debilite a ambos. Musk ha perdido gran parte de su patrimonio, casi todo su prestigio y reputación. A ojos de mucha gente, ha pasado de genio inspirador a villano de comedia disparatada en apenas unos meses. Y aunque Musk tiene la ciudadanía estadounidense desde 2002, la amenaza de acabar expulsado que le han vertido repetidamente desde el entorno MAGA no debería ser tomada totalmente a la ligera. Si algo ha quedado claro en estos primeros meses de gobierno es que los nacidos en el extranjero no tienen derechos en Estados Unidos. Es posible que el sudafricano ponga Twitter (X) en contra de Trump o intente montar su propio experimento político, como ya ha amenazado. Pero no está claro cuánto público le va a quedar después del desbarre corrosivo de anoche.
Pero esta Loca Aventura de la Casa Blanca es inescrutable. No se puede descartar que hagan las paces, como tampoco se puede descartar que el propio Trump acabe devorado algún día por el fundamentalismo MAGA.
La cultura popular nos enseñó lo que ocurre si un alacrán se sube a una rana, pero nadie nos había dicho lo que pasa si un alacrán se sube encima de un alacrán más grande. Ahora ya lo sabemos, después de asistir al primer calentón en Twitter que pasará a los libros de historia. Sabemos que Trump y Musk convierten en un espectáculo de telebasura todo lo que tocan. Así que nuestra atención queda atrapada entre los gritos (las mayúsculas en este caso) y los insultos de la pelea, pendiente de las emociones desnudas de dos tipos maniacos, egocéntricos. Y, en el caso de Musk, probablemente drogado.