Los partidos políticos sin ideas claras sobre inmigración lo van a pasar peor
El debate está bullendo en medio mundo y no queda ya espacio para ambigüedades. Los votantes acabarán penalizando a quienes no tengan una voz reconocible sobre el tema
Dos hombres de origen marroquí en el barrio de Nuestra Señora de Fátima de Jumilla. (EFE/Marcial Guillén)
Los sucesivos gobiernos españoles, y sus espejos autonómicos y locales, se las han ingeniado durante años para eludir el debate migratorio. Dos o tres generaciones de políticos creyeron conveniente dejar el tema fuera de la discusión pública. Algunos aún siguen aferrados a esa actitud, al convencimiento de que cualquier diálogo honesto, independientemente de cómo se enfoque, acabará descontrolando la xenofobia y convirtiendo la convivencia con inmigrantes en un problema social.
No solo se rehuye el debate en cuestiones identitarias. También se tiende a ignorar —sobre todo cuando gobierna la izquierda— lo que ocurre en las fronteras marítimas, la política selectiva de visados, la ralentización intencionada de ciertos trámites, o los acuerdos a los que se llega con terceros países, a los que se paga para que controlen la inmigración de la manera que consideren oportuna, siempre que la sangre no salpique. El último pacto alcanzado por Moncloa, el de Mauritania, parece haber estabilizado por el momento la vía de entrada que tanto nos preocupaba hace unos meses.
Toda esta estrategia del avestruz nunca fue muy honesta, pero se puede estar de acuerdo en que dio resultados durante algún tiempo. Con algún incendio puntual, se mantuvo la calma y se logró naturalizar el proceso. Poco a poco, sin que nadie sintiera la necesidad de argumentar a favor o en contra, la llegada de inmigrantes se fue convirtiendo en una pieza importante de nuestro modelo económico. Hoy ya resulta factible pasar una semana entera comiendo, bebiendo y comprando en las calles de Madrid o Barcelona sin ser atendido por una sola persona nacida en España.
Pero era evidente que el globo explotaría antes o después en España. En realidad, el genio salió de la botella y hace ya meses que anda suelto. Nos encontramos en la fase inicial de un proceso que en otras latitudes ya está totalmente desbocado. La revolución trumpista está sacudiendo los valores fundacionales de la democracia americana en una cruzada cruel que deshumaniza a millones de personas, muchas de las cuales han pasado toda su vida adulta en Estados Unidos.
La espuma de esta persecución empieza a alcanzar ya a residentes legales y a ciudadanos estadounidenses. Hay voces hablando en serio (el propio Vance juega con la idea) de una suerte de pureza de linaje, según la cual sólo aquellas familias que lleven al menos cuatro o cinco generaciones en territorio americano tengan acceso a ciertos derechos.
Sea como sea, el debate está bullendo en medio mundo y no queda ya espacio para ambigüedades, ni paseos de perfil por la barrera. Los votantes acabarán penalizando a quienes no tengan una voz reconocible sobre el tema, a quienes no definan una postura clara y coherente que permita responder a las diferentes polémicas que nos irán salpicando hasta ponernos perdidos.
Vox actuará sin duda como agitador y va a marcar el ritmo si nadie le arrebata el tambor. Es complicado hacerlo, pero al mismo tiempo sus movimientos son previsibles. Se limitan a copiar, punto por punto, los discursos y las estrategias de los partidos en los que se inspira su movimiento nacionalista.
La manera de preparar la embestida es fabricando un discurso propio que pueda dar respuesta tanto a la realidad objetiva como a la realidad percibida, buscando de paso convertirlas en la misma cosa. No vale con un par de consignas y lugares comunes, no vale con esconder en retórica lo que se ve a la luz del día. Al revés, es imperativo un proyecto que asuma que la inmigración es uno de los grandes retos políticos de los años venideros. Algunos de estos argumentarios habrá que trabajarlos mucho porque son realmente difíciles de afrontar. Lo ocurrido en Jumilla estos días es un ejemplo, y no de los peores.
El rechazo a las comunidades musulmanas y sus costumbres tenderá a recrudecerse con la infatigable ayuda de Vox. Y no se va a poder zanjar el asunto con fórmulas estrictamente legalistas, distinguiendo entre inmigración legal e ilegal. Entre otras cosas porque la mayoría de los extranjeros que se instalan hoy de manera irregular en España proceden de América Latina y cruzan la frontera con un visado turístico. Mientras, los que llegan de países musulmanes, fundamentalmente Marruecos, tienen ya sus papeles en regla —muchos cuentan con pasaporte español— o llegan mediante reagrupaciones familiares y fórmulas migratorias similares. Aunque algunos lo siguen haciendo por vías ilegales, sobre todo a través de Ceuta, son una minoría.
A medida que madure el debate, nos deslizaremos desde el plano jurídico a terrenos mucho más pedregosos: los de la identidad cultural, religiosa e incluso racial. Y de ahí es difícil salir sin contradicciones flagrantes o sin sacrificar algunos principios básicos del modelo liberal democrático europeo, como la libertad religiosa o el rechazo a la discriminación por motivos culturales o étnicos. Cosas que ya se están haciendo con cierto deseahogo en Estados Unidos.
Pero de la misma manera que Vox viene con libro de instrucciones, existen toneladas de experiencias foráneas y un catálogo de respuestas para cada una de las preguntas clave. Sobre los asuntos relacionados con la religión islámica en Europa, por ejemplo, Ilya Topper lleva años ofreciendo una visión coherente en las páginas de El Confidencial. Así que nuestros políticos ni siquiera tienen que inventar nada, bastaría con que echen un vistazo al menú y elijan aquellas ideas que mejor encajen con su electorado.
Hay un planteamiento inicial, un sitio por el que empezar a construir una voz alternativa, que me resulta particularmente inteligente. Se trata del que expone Yascha Mounk en 'El Gran Experimento'. Parte de la premisa de que las "democracias diversas" son un invento muy reciente, algo que no se ha intentado nunca antes en la historia. Por ese motivo, dice, estamos viviendo "un gran experimento".
Un experimento complicado que entraña riesgos y nos expone a desafíos constantemente. Mounk propone mirar la inmigración desde ahí. En lugar de buscar ejemplos de lo que no funciona para llegar a la conclusión de que todo acabará explotando, podemos admitir los problemas que se han generado, entender el malestar, aprender de los errores, tratar de corregirlos... y levantar la vista de vez en cuando para ver el conjunto, para hablar las cosas que están saliendo bien a pesar de todo. Empezando por los millones de personas pacíficamente integradas con las que convivimos a diario.
Los sucesivos gobiernos españoles, y sus espejos autonómicos y locales, se las han ingeniado durante años para eludir el debate migratorio. Dos o tres generaciones de políticos creyeron conveniente dejar el tema fuera de la discusión pública. Algunos aún siguen aferrados a esa actitud, al convencimiento de que cualquier diálogo honesto, independientemente de cómo se enfoque, acabará descontrolando la xenofobia y convirtiendo la convivencia con inmigrantes en un problema social.