Dos grandes amigos no se van a enfadar por algo tan pequeño como Ucrania
Que Putin, con la complicidad de Trump, esté esperando un colapso político y militar en Ucrania, mientras juega a las negociaciones, es la única explicación a lo que vimos ayer
Donald Trump y Vladímir Putin en la rueda de prensa celebrada tras la cumbre en Alaska de este 15 de agosto. (REUTERS/Kevin Lamarque)
Dos grandes amigos, dos amigos con una “gran, gran relación”, se citan el día más veraniego del año en uno de los lugares más frescos del planeta para ponerse de acuerdo sobre un pequeño desacuerdo que no les deja dormir bien. Salen diciendo que se quieren mucho, que han vivido grandes cosas juntos, por no hablar de las que están por venir. No han resuelto el problema que les trajo aquí, ni siquiera parecen muy preocupados por ello. Se consuelan, se animan entre sí, se dan apretones de manos. Total, fue culpa de otra persona que ya no está, de un tal Joe Biden, que se comportó “muy mal” y les ha dejado un lío descomunal.
Es el resumen de la “gran, gran cumbre de la paz” celebrada este 15 de agosto, un encuentro que se anunció a bombo y platillo y que ha mantenido en vilo a medio planeta. Una farsa que se ha vivido con el corazón en un puño especialmente en el país que lleva 906 días siendo bombardeado a diario, en Ucrania. Putin y Trump han jugado a un juego incomprensible que, eso es cierto, ha vuelto a dejar otra velada de “gran televisión”, por utilizar la expresión del presidente americano.
La reunión fue más corta de lo anunciado y rebasó a la baja todas las expectativas generadas entre los analistas, que tampoco eran demasiadas. Apenas unos minutos de halagos mutuos, promesas para hacer negocios juntos en el futuro, y ambigüedades sin significado real sobre el estado de las negociaciones por la paz. La nada de la comparecencia conjunta fue tan ensordecedora que los expertos consultados en directo por las cadenas de televisión estadounidenses se vieron obligados a balbucear obviedades —“ha hablado primero Putin”, “los dos estaban de pie”, “había un cartel sobre la paz detrás”—. La impotencia analítica les hacía presagiar que quizá lo que pasa es que los protagonistas han guardado algún as en la manga, algo inesperado de lo que aún no han querido hablar.
Si no es así, si lo que hemos visto es lo que hay, el mejor parado de la fresca velada en Anchorage (11 grados centígrados) ha sido sin duda Putin. Ha logrado una reunión bilateral de gran estadista con el presidente de los Estados Unidos, al que ha conseguido mover a la frontera más remota en pleno agosto. Además, ha humillado a los socios europeos y al propio Volodímir Zelenski al dejarlos fuera de la ecuación. Y ha salido de la habitación sin ofrecer ni una sola concesión para escuchar un ratio de lisonjas por minuto digno de una ceremonia de los Oscar. Por si fuera poco, el único tema medianamente tangible que se ha puesto sobre la mesa es la mejora de las relaciones económicas entre Rusia y Estados Unidos, una suerte de puerta abierta a relajar las sanciones y la presión económica que pesa sobre Moscú. No se puede pedir mucho más.
En cuanto a Trump, y aunque sus spin doctor ya han empezado a crear una narrativa en torno a su capacidad de convocatoria y a sus esfuerzos por alcanzar la paz, el saldo no puede considerarse positivo. Para empezar, ha dejado claro que tiene mucha más prisa e interés que Putin en alcanzar un alto en fuego. Prometió acabar con la guerra en cuestión de días cuando llegase a la Casa Blanca y se jactó de tener la suficiente fuerza para forzar un desenlace inmediato. Hoy, acompañado de todo su equipo, no ha sido capaz de arrancar ni un crecepelo que vender, mucho menos un principio de acuerdo de paz. La expresión “alto el fuego”, por cierto, no se utilizó ni una sola vez durante toda la comparecencia.
Pero la peor parte se la llevan nuevamente los países europeos -empieza a ser tradición- y especialmente Ucrania, que observan cómo Trump enfatiza la buena relación con su enemigo, aplicando el guante de seda en lugar del puño de hierro que están acostumbrados a catar. Para Zelenski tiene que haber sido desolador, toda vez que el presidente ucraniano atraviesa un momento horrible, el más frágil de todo su mandato, con un país exhausto que cada vez tolera peor su poder y celebra menos su heroísmo.
Zelenski está saliendo del mayor escándalo político desde que asumió el mando, un asunto que no está relacionado directamente con la guerra, sino con la corrupción interna. Todo empezó cuando su gobierno impulsó cambios para poner bajo control presidencial a las agencias anticorrupción más importantes del país, la NABU y la SAPO, después de que se supiese que estaba investigando a varias figuras cercanas a su persona —incluido un ministro y un socio de su antigua productora—.
La SBU, un servicio de seguridad dirigido por un hombre de su confianza, llegó a allanar casas de detectives de la NABU y detener a dos de ellos, acusándolos sin pruebas sólidas de colaborar con Rusia. El amago de controlar las fuerzas anticorrupción en un país con una larga historia al respecto, desató protestas masivas en las calles —las primeras desde la invasión a gran escala de 2022— y duras críticas de Bruselas, que llegó a calificar la maniobra como un “golpe de poder” y amenazó con retirar apoyo.
Así que Zelenski está tragando agua en todos los frentes. Su popularidad ha caído y su autoridad en el Parlamento está muy debilitada. El momento militar es uno de los más duros desde que empezó la guerra, y los cambios que ha hecho en el Ejército no han sentado bien. Algunas voces críticas, incluso, lo acusan de haber sacado de circulación a algunos de los generales más exitosos para que no le hagan sombra. Aunque por ahora se descarta un colapso del frente, se suceden los avances rusos en zonas estratégicas y las tropas ucranianas están exhaustas, las deserciones se suceden y cada vez resulta más difícil reclutar refuerzos.
Que Putin, quizá con la complicidad de Trump, esté esperando un colapso político y militar en Ucrania, mientras juega a simular negociaciones de paz que usa como señuelo y distracción es quizá la única explicación razonable a lo que vimos este 15 de agosto en Alaska. Pero también puede ser el sueño de una noche de verano, la historia de una bonita amistad.
Dos grandes amigos, dos amigos con una “gran, gran relación”, se citan el día más veraniego del año en uno de los lugares más frescos del planeta para ponerse de acuerdo sobre un pequeño desacuerdo que no les deja dormir bien. Salen diciendo que se quieren mucho, que han vivido grandes cosas juntos, por no hablar de las que están por venir. No han resuelto el problema que les trajo aquí, ni siquiera parecen muy preocupados por ello. Se consuelan, se animan entre sí, se dan apretones de manos. Total, fue culpa de otra persona que ya no está, de un tal Joe Biden, que se comportó “muy mal” y les ha dejado un lío descomunal.