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Ya hemos visto el discurso de Draghi en Rimini. Ahora veamos el que dio Meloni
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Ángel Villarino

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Ya hemos visto el discurso de Draghi en Rimini. Ahora veamos el que dio Meloni

Meloni concluyó en Rimini su transformación de agitadora a estadista, criticó abiertamente a Israel y ecualizó el mensaje con el que aspira a crear su propia alternativa para la Unión Europea

Foto: La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en Rimini. (DPA/Massimo Paolone)
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en Rimini. (DPA/Massimo Paolone)
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El discurso que dio Mario Draghi en Rimini esta semana ha sido celebrado en muchas capitales europeas. Casi todo lo que dijo está en su famoso informe, pero sobre el estrado añadió algo de pasión al mensaje y mucha urgencia. Ya conocen el diagnóstico: si la Unión Europea quiere sobrevivir, tiene que emprender reformas profundas en todos sus ámbitos y acelerar la cohesión entre los países miembros. Lo contaba ayer mi compañero Nacho Alarcón desde Bruselas.

Figuras fuera de la política activa como Draghi, Enrico Letta, Nick Clegg, o el propio Josep Borrell están inmersos en una campaña frenética para tratar de despertar a las élites europeas de su letargo. El periodista italiano Marco Travaglio, director de Il Fatto Quotidiano, y un tipo francamente lacerante, utilizaba ayer un chiste para hacer la única crítica que se puede hacer a sus esfuerzos: “Draghi es el fontanero que viene a reparar el fregadero roto y se enfada: ‘¿Pero quién ha hecho esta mierda de trabajo?’. Y resulta que el trabajo lo había hecho él”. Una mofa seguramente injusta, pero que refleja una sensación extendida: la llamada a la acción más electrizante que tiene el europeísmo es la protagonizada por personas que ocuparon altos cargos en las instituciones europeas, y que ahora hablan desde la barrera, algunos ya jubilados.

Lo cierto es que el vídeo de Draghi constituye solo una parte de lo que se pudo ver en Rimini. Antes de nada, resulta importante entender el escenario: un foro de diálogo católico, creado en 1980 por el Movimiento Comunión y Liberación del sacerdote Luigi Giussani. Un encuentro que ha promovido siempre una idea de diálogo y entendimiento en un sentido amplio, pero que también ha sido punto de encuentro del centro-derecha transalpino. El enfoque clásico de la democracia cristiana: una mirada abierta al mundo pero desde las raíces católicas.

Foto: draghi-exilio-politico-verano-humillacion-europa

La presencia de Giorgia Meloni en dicho foro ya es significativa (aquí puede verse íntegra). La larguísima ovación que se llevó antes y después de hablar, aún más. Il Corriere della Sera tituló que el discurso había “coronado” a la primera ministra y dentro la crónica habla de una demostración de fuerza de Meloni. Algún comentarista hablo de su consagración como representante de las nuevas ilusiones de la derecha. La primera ministra ha completado su transformación de agitadora incendiaria a estadista al frente de uno de los pocos gobiernos de Europa que no está paralizado por la debilidad parlamentaria, como recordaba ayer la agencia Bloomberg. Esa imagen quedó reflejada a la perfección en Rimini, donde atemperó el tono y alcanzó la ecualización necesaria para hacer su discurso aceptable en sectores centristas.

La comparación entre la intervención de Draghi y Meloni es interesante también porque proyectan dos ideas enfrentadas de lo que debería ser la Unión Europea pero con la novedad de que la crispación parece haber desaparecido, al menos en su forma retórica. Algún pellizco de monja, a lo sumo. Meloni citó de hecho al propio Draghi para elogiar su diagnóstico “acertado” y se limitó a reivindicar que todo eso de la “irrelevancia geopolítica de Europa” es precisamente el tipo de advertencia que ella lleva años haciendo.

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Durante el discurso, Meloni dijo muchas cosas que ya le hemos escuchado: defensa a la nación, la familia, la natalidad, los valores tradicionales y el trabajo como centro de gravedad de la sociedad. También hizo guiños a la igualdad salarial entre hombres y mujeres, pero obtuvo la ovación más acalorada criticando duramente a Israel, condenando el asesinato de periodistas en Gaza, pidiendo el fin de la ofensiva, así como de la colonización de Cisjordania y del bloqueo de la ayuda humanitaria. Luego dedicó un par de frases a los cristianos que se convertirán pronto en víctimas de las bombas israelíes si Netanyahu no da marcha atrás.

Nada más empezar, parafrasea a Eliot y habla de reconstruir Europa e Italia “con ladrillos nuevos”. La tradición no es volver al pasado, insiste, sino reinterpretarlo y renovarlo. Luego se alarga descrbiendo al hombre contemporáneo como una “botella vacía” sin identidad, memoria, pertenencia nacional, familiar o religiosa. Nuestro mundo, dice, está siendo invadido por la nada y necesita ser rescatado, citando después a Atreyu en La historia interminable. Propone una Europa que se rearme militar y moralmente alrededor de su “propia alma y sus propias raíces (...) negadas desde hace años”. Más pragmatismo, más realismo, y unidad en la diversidad. Lo de siempre, pero con un tono más conciliador y constructivo.

En muchos puntos, Meloni separa su discurso del dogma trumpista, a quien apenas cita por encima para hacer una breve referencia a su papel en Ucrania. En inmigración, insiste en su idea de perseguir la inmigración irregular, pero también de aumentar la ayuda a África y de ampliar los mecanismos para quienes quieran instalarse en Italia con papeles para cubrir puestos de trabajo. Luego le dedica un rato a cargar contra los jueces y funcionarios que no le permiten sacar adelante sus reformas, de una manera que recuerda más a Berlusconi que a Trump. La última parte está centrada en reivindicar sus políticas económicas y en pedir que la ciudadanía arrime el hombro y reme a una, aunque no comparta el ideario. Termina hablando del Papa y cierra con otra cita: “Una iglesia para todos, un oficio para cada uno”.

Foto: leccion-meloni-sanchez Opinión

El papel interpretado en Rímini ya no suena como los truenos amenazantes de sus compañeros de viaje y no incluye provocaciones incendiarias. Al mismo tiempo, ensancha su distancia con las fórmulas importadas de Estados Unidos o Hungría. Es posible que el laboratorio italiano, en su capacidad para hacer mezclas inverosímiles y aleaciones tan extrañas como en su día fue el fascismo, nos ofresca una alternativa para la pelea que convulsiona a la derecha en toda Europa. Una guerra de facciones que en España se desatará antes o después, y seguramente trascendiendo las siglas de los partidos, en cuanto la causa común del antisanchismo deje de tener sentido.

El discurso que dio Mario Draghi en Rimini esta semana ha sido celebrado en muchas capitales europeas. Casi todo lo que dijo está en su famoso informe, pero sobre el estrado añadió algo de pasión al mensaje y mucha urgencia. Ya conocen el diagnóstico: si la Unión Europea quiere sobrevivir, tiene que emprender reformas profundas en todos sus ámbitos y acelerar la cohesión entre los países miembros. Lo contaba ayer mi compañero Nacho Alarcón desde Bruselas.

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