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Los retrasos del trumpismo español
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Ángel Villarino

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Los retrasos del trumpismo español

La derecha nacionalista europea ha comenzado a distanciarse de Donald Trump con cautela. En España, en cambio, los movimientos y políticos que simpatizan con el presidente estadounidense cierran filas

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Toni Galán)
El presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Toni Galán)
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El discurso más ovacionado de Davos, el que dio el primer ministro de Canadá, Mark Carney, está construido como antítesis de la verborrea lacerante de Donald Trump. Bien argumentado, apoyado en hechos y adornado con frases célebres, es lo que cabe esperar de un exitoso banquero formado en Harvard que acaba liderando el Partido Liberal. Alguien que, además, le dio la vuelta a los sondeos y ganó unas elecciones que estaban perdidas gracias a las amenazas de la Casa Blanca.

Pero tampoco es muy distinto a lo que dijo, a finales de julio, el último líder conservador de Canadá (2006-2015), Stephen Harper. “En su día fui el primer ministro más proestadounidense de la historia. Tengo que admitir que si hace un año me hubiesen preguntado qué deberíamos hacer cuando Trump volviese a la Casa Blanca con nuevas ideas, habría dicho que era una oportunidad para profundizar las relaciones con Estados Unidos y cooperar. Sin embargo, cuando (el actual gobierno) me pidió ese mismo consejo hace unos días, dije exactamente lo contrario”.

Harper había concluido ya a mediados de verano el viaje que aún está haciendo buena parte de la clase política, empresarial e intelectual europea, un camino doloroso que empieza admitiendo el pecado original: los 80 años de complacencia con la arquitectura internacional dictada por Estados Unidos. Un trayecto que el canciller alemán, Friedrich Merz, llevó ayer hasta la última estación en Davos. “No lo digo a la ligera. En el siglo XX, mi país, Alemania, recorrió este camino hasta su amargo final. Arrastró al mundo a un abismo negro”, dijo, hablando de un nuevo orden internacional donde las potencias grandes se comen al resto. Es decir, el líder situado más a la derecha de la derecha tradicional alemana ya ha sacado la tarjeta nazi ante Trump.

Sucede que los tiempos se han acelerado mucho en los primeros días de 2026. La Casa Blanca parece determinada a tratar peor a los aliados históricos de Estados Unidos que a las grandes potencias con las que planea repartirse el mundo. En Davos, un Trump enrabietado por las presiones de los últimos días dedicó la mitad de su monólogo a reírse de los europeos, a la vez que elogiaba a Xi Jinping (“es una persona increíble”) y reiteraba su amistad con Vladímir Putin. Luego diluyó sus amenazas en una bruma de insultos. Ya veremos qué hace mañana.

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Estamos en un momento en el que la propaganda rusa aplaude los movimientos de Trump, los medios chinos se muestran satisfechos con el curso que están tomando los acontecimientos y las críticas antiimperialistas se distribuyen en las páginas de The Economist, Le Monde, Frankfurter Allgemeine o Financial Times. Sobre cómo hemos llegado aquí ya hemos teorizado otras veces: una mezcla de revancha personal, de la necesidad de actualizar los términos del vasallaje europeo, de extender la nueva ideología oficial a las provincias… y porque es más fácil robar la casa de una anciana adinerada (Europa) que la de un culturista que colecciona cuchillos.

Ese es el contexto en el que la mayoría de los políticos europeos que en el pasado se mostraron receptivos o incluso entusiastas con el trumpismo se empiezan a colocar a una distancia prudencial, más o menos como hicieron tras el asalto del Capitolio. Van algunas declaraciones recopiladas en los últimos días:

Alice Weidel, colíder de la Alternativa por Alemania, acusó a Trump de haber “violado una promesa fundamental de su campaña” y dijo que debería “explicar a sus votantes” por qué interviene en Venezuela y Groenlandia. Su compañero en la dirección, Tino Chrupalla, dijo que lo que está haciendo el presidente estadounidense es “inaceptable” porque utiliza “métodos del Salvaje Oeste”.

Jordan Bardella, líder de la Agrupación Nacional francesa y alguien que lleva meses haciendo ejercicios de distanciamiento, calificó de “intolerables” las amenazas de Trump contra Dinamarca y pidió abiertamente que Bruselas cancele el acuerdo comercial. “O aceptamos el vasallaje o recuperamos nuestro estatus como actores soberanos, capaces de defender nuestros intereses y nuestra integridad”.

Giorgia Meloni habló de “error” y “malentendido”, tratando de justificar su rol, cada vez más incómodo, como interlocutora europea en la corte trumpiana.

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Mattias Karlsson, exlíder de los Demócratas de Suecia: “Trump cada vez se parece más a un rey Midas al revés. Todo lo que toca se convierte en heces”.

Bart De Wever, primer ministro de Bélgica, admitió que una cosa es ser un “vasallo feliz” y otra un “esclavo miserable”.

Nigel Farage se unió a la oleada de críticas contra Trump para frenar las amenazas sobre la soberanía danesa. Luego en Davos, por lo que sea, decidió hacer justo lo contrario.

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Los trumpistas españoles se han quedado un paso por detrás de Farage y se están convirtiendo en una de las excepciones a la regla. Cuando les preguntan, no quieren decir nada. O dicen que aquí tenemos demasiados problemas y no se puede perder el tiempo con este asunto sin importancia del que debate toda Europa. Son excusas parecidas a las que pone a menudo la izquierda cuando toca hablar de Cuba y Venezuela. Es posible que sea solo un retraso, un retraso que se suma a todos los retrasos anteriores. Me refiero a que las ideas, tácticas electorales, eslóganes, neurosis y guerras culturales importadas desde Estados Unidos siempre llegan más tarde, lo cual en ocasiones puede ser una ventaja porque algunas desembarcan ya pasadas de moda o en rebajas.

Con eso no quiero decir que la derecha nacionalista esté de capa caída en el Viejo Continente. Las encuestas dicen justo lo contrario. Pero su auge es perfectamente compatible con el divorcio transatlántico y con un alejamiento progresivo del universo americano. Puede, incluso, que esa sea su evolución más lógica y benigna, que empiecen a ofrecer una alternativa soberana si Bruselas no hace su trabajo. El Marqués de La Fayette volvió a casa en 1781 contando lo que había visto en América, pero luego los franceses hicieron con ello lo que les dio la gana.

El discurso más ovacionado de Davos, el que dio el primer ministro de Canadá, Mark Carney, está construido como antítesis de la verborrea lacerante de Donald Trump. Bien argumentado, apoyado en hechos y adornado con frases célebres, es lo que cabe esperar de un exitoso banquero formado en Harvard que acaba liderando el Partido Liberal. Alguien que, además, le dio la vuelta a los sondeos y ganó unas elecciones que estaban perdidas gracias a las amenazas de la Casa Blanca.

Donald Trump Santiago Abascal
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