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La 'ensoñación Gorbachov' de Dirty Sánchez y el gran asunto de nuestros días
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Ángel Villarino

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La 'ensoñación Gorbachov' de Dirty Sánchez y el gran asunto de nuestros días

Este no es un tema de Sánchez, ni de la izquierda, ni siquiera es un tema español. Es el gran asunto de nuestros días. Y no puede cegarnos el hecho de que este Gobierno quiera exiliarse narrativamente allí

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/H. Bilbao)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/H. Bilbao)
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Hace tiempo conocí a un italiano que llevaba veinte años viviendo en Bangkok y que hacía enormes esfuerzos por no aprender ni una palabra de tailandés. Tenía tan idealizado el país y a sus gentes que le daba miedo entender las conversaciones de la calle, acercarse demasiado a la realidad. Los hechizos, decía, se desvanecen en las distancias cortas.

Con muchos líderes políticos ocurre algo similar. La celebrada exprimera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, se convirtió en un símbolo mundial de buena gestión justo el día que su popularidad doméstica empezaba a desplomarse. Se retiró en 2023 cuando las encuestas pronosticaban ya la victoria de la oposición. Igual que le pasó a Justin Trudeau en Canadá o a Juan Manuel Santos en Colombia el año que le dieron el Premio Nobel de la Paz.

Pero ningún ejemplo como el de Mijaíl Gorbachov: un héroe en los libros de historia escritos en inglés, a quien menos de un 7% de los rusos recuerdan con respeto. Fue artífice de la apertura del régimen soviético, pero también fue responsable de la implosión de un sistema, de un colapso económico y social que sufrieron decenas de millones de personas.

Cuando murió Gorbachov, Pedro Sánchez puso este tuit:

A lo largo de sus legislaturas, Pedro Sánchez ha sufrido varias veces la 'ensoñación Gorbachov', la ilusión de lograr en el extranjero todo lo que no tiene en su país. Ha buscado elevar la altura de sus retos y sus rivales para aumentar la suya, una idea que la Revolución Cubana atribuía a José Martí. Algunas veces le ha salido bien.

La última 'ensoñación Gorbachov', esta de Dirty Sánchez, nos sitúa ya en la etapa manierista. El presidente afronta una hecatombe electoral en Aragón este domingo, bracea entre casos de corrupción, no tiene presupuestos ni capacidad de sacar adelante nada. Sigue esperando los panes y los peces por la gracia de Vox y circulando en los trenes más lentos del Oeste. La descomposición del gobierno se entiende perfectamente a poco que chapurrees un poco de tailandés.

Foto: que-significa-nueva-amenaza-trump-europa-silicon-valley Opinión

Pero la distancia todo lo arregla y es verdad que el canto de cisne de Sánchez está arraigando fuera. La izquierda italiana, como la británica, lo ha convertido en un símbolo de la resistencia contra la Ilustración Oscura. Y su columna en The New York Times defendiendo la regularización parece un artefacto revolucionario en un país cuyos dos principales partidos han pasado años discutiendo a ver quien deporta más.

Que Sánchez se quiera apuntar a última hora como paladín a esta causa no significa que no sea justa, ni que los enemigos a los que tendió el capote sean una compañía aconsejable. Hay que entender que ni Estados Unidos, ni China, ni cualquier país que pueda evitarlo dejaría en manos de magnates hostiles y potencias extranjeras las llaves algorítmicas de la atención de su ciudadanía, menos aún permitirían campañas de desestabilización que operan a plena luz del sol, como la que se montaron contra Keir Starmer o Friedrich Merz.

Foto: jonathan-haidt-generacion-ansiosa

El debate que salpica ahora nuestro circo doméstico es en realidad bastante viejo. La regulación digital europea, por ejemplo, ha hecho rabiar siempre a las Big Tech y ese enfado está en el origen de la retórica antieuropeísta de Silicon Valley, incluso de su alejamiento de la anterior doctrina liberal. Cuando el Partido Demócrata y Bruselas empezaron a hablar de regulaciones, los magnates en bermudas encontraron un aliado en Donald Trump. Nick Clegg, el ex viceprimer ministro británico que trabajó para Zuckerberg, cuenta que para ellos fue especialmente traumático convertirse en cuestión de años en los villanos de la película. “Lejos de pensar que tienen suerte, creen que están siendo tratados injustamente, que son las víctimas”.

Así que este no es un tema que haya estrenado Sánchez, ni la izquierda, ni siquiera es un problema español. Es el gran asunto de nuestros días. Y no puede cegarnos el hecho de que este Gobierno, derrengado y en fase terminal, trate de exiliarse narrativamente en lo primero que encuentra a mano. Aunque parezca mentira, Sánchez desaparecerá de nuestras vidas más pronto que tarde. Y ahí seguirán los problemas con las grandes compañías tecnológicas que no esconden sus ambiciones de gobernar el planeta y someternos a su voluntad.

Hace tiempo conocí a un italiano que llevaba veinte años viviendo en Bangkok y que hacía enormes esfuerzos por no aprender ni una palabra de tailandés. Tenía tan idealizado el país y a sus gentes que le daba miedo entender las conversaciones de la calle, acercarse demasiado a la realidad. Los hechizos, decía, se desvanecen en las distancias cortas.

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