La teoría del ahorcado y otras tres hipótesis que explican el ataque contra Irán
Atacar Irán en una movilización militar masiva es una decisión que Donald Trump habría tomado desoyendo a sus principales asesores y contra sus intereses electorales. ¿Qué tiene en la cabeza?
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (The White House Social Media)
Donald Trump ha atacado finalmente Irán en contra del criterio de sus principales asesores, de buena parte de sus aliados en la región y de todas las encuestas de opinión publicadas en las últimas semanas. Lo ha hecho de nuevo sin pasar por el Congreso y aprovechando el parón de los mercados en fin de semana. Se trata de una decisión audaz y arriesgada incluso para los estándares del presidente estadounidense. Analistas de medio mundo subrayan que Irán no es Venezuela y que Oriente Medio no es el Caribe, y tratan de ofrecer una explicación racional. Hasta el momento, todas las teorías que se barajan encajan en uno de estos cuatro grandes grupos. Son hipótesis interconectadas y no necesariamente excluyentes entre sí. Pasamos a detallarlas bajo advertencia: ninguna resulta del todo convincente.
1. La teoría del ahorcado
“Ahora que los números de las encuestas de Obama están en caída libre, esperen que lance un ataque en Libia o Irán. Está desesperado”. Esto lo tuiteó Donald Trump en octubre de 2012. Y se trata de una idea que ha repetido infinidad de veces a lo largo de los años contra sus rivales. Que una intervención militar pueda usarse para revertir encuestas de popularidad es un pensamiento que no le resulta ajeno.
Now that Obama’s poll numbers are in tailspin – watch for him to launch a strike in Libya or Iran. He is desperate.
Así que este primer grupo de teorías, seguramente el más repetido por los analistas de la burbuja de Washington, trata de explicar el ataque en clave doméstica. Es verdad que Trump mantiene el índice de popularidad por los suelos a nueve meses de las elecciones de medio mandato y está perdiendo escaños estatales incluso en distritos de tradición republicana. Además, su Administración ha sufrido una derrota tras otra este invierno: la decisión del Tribunal Supremo de invalidar sus aranceles, el descarrilamiento de las políticas de ICE, la marcha atrás en los planes sobre Groenlandia…
Si pierde las dos cámaras del Capitolio, los demócratas amenazan con un impeachment que acabaría con su presidencia y su libertad. Así que Trump, acorralado, a punto de ahorcarse con la soga de sus propios excesos, estaría dispuesto a asumir riesgos cada vez mayores. Lanzarse contra un enemigo exterior sería una manera de volver al ataque, de tomar la iniciativa, de lograr una victoria que le devuelva el pulso a su segunda presidencia. Aunque sea contraviniendo la más básica de las normas del “American First” y haciendo enfadar al núcleo duro MAGA.
Trump, además, ha empezado a disfrutar de la sensación indescriptible de ponerse al frente del "Ejército más poderoso que ha conocido el mundo" para hacer lo que más le gusta: enfrentarse a enemigos y ganar peleas espectaculares, muy televisivas. Bonus track: una guerra prolongada contra un enemigo exterior le permitiría, llegado el caso, justificar nuevos excesos contra instituciones e individuos dentro de Estados Unidos.
2. La teoría del imperio petrolero
Como sucede con los aranceles, el drill, baby, drill es una obsesión fundamental de la cosmogonía trumpiana. Lo ha contado alguna vez su biógrafa, Maggie Haberman. Y como Trump ha atacado en estos meses Nigeria, Venezuela e Irán, el propósito sería meter en vereda a todos los grandes productores de petróleo que están en la órbita de China. Esta teoría, la preferida por los amantes de la densidad geopolítica, sostiene que la operación Furia Épica tiene como único objetivo arrebatar la autonomía petrolera al país que disputa su hegemonía mundial.
La idea de ir a la guerra por petróleo resulta contraintuitiva porque EEUU es exportador neto desde hace algunos años y no necesita el crudo de otros países. Pero controlar por la fuerza los suministros de China sería una carta estratégica importante. Y es verdad que el gigante asiático compra cuatro veces más petróleo de Irán que de Venezuela (se calcula que alrededor de un 13% del total, aunque en las estadísticas oficiales aparezca como importaciones de terceros países —fundamentalmente de Malasia— por las sanciones).
A pesar de todo, China dispone del grifo ruso y de un mercado internacional en funcionamiento. Incluso si lograse controlar efectivamente Irán, algo que como veremos después no resulta nada fácil, la Administración Trump tendría que apretar muchas otras tuercas por todo el planeta para mermar las capacidades chinas. Y Pekín, por supuesto, va a hacer lo posible para prevenir un escenario como este, aunque por ahora guarde su habitual cautela.
3. La teoría del cambio de régimen
La idea de que Trump haya atacado Irán por motivos ideológicos, para acabar con una dictadura sangrienta y llevar la democracia a Irán, es contradictoria con su propia trayectoria. Un vistazo a los miembros de su Board of Peace evidencia que no tiene ningún problema en relacionarse amistosamente con dictaduras y regímenes represivos.
Pero tumbar el régimen de los ayatolás sería una victoria contra un enemigo histórico de Estados Unidos, un país que lleva desde finales de los años 70 atacando los intereses americanos en el mundo. Sustituirlo por un gobierno aliado sería un éxito incontestable en términos estratégicos. Basta echar un vistazo a las reacciones de países que, como Canadá o la mayoría de las democracias europeas, habrían preferido evitar la escalada bélica, pero que ahora no tienen más remedio que ponerse del lado de Estados Unidos. Aquí encaja también el pretexto oficial, según el cual Irán estaría acelerando su programa nuclear y negándose a colaborar en su desmantelamiento.
Otra cosa es el desenlace de la aventura. La mayoría de los analistas con experiencia en la zona creen que es poco probable que Trump pueda acabar con un régimen que ha sido tradicionalmente descrito como una hidra preparada para funcionar después de múltiples decapitaciones, organizado en círculos concéntricos de poder y defendido por un complejo engranaje de guardias pretorianas. Y si lo logra, insisten, desatará la resistencia desesperada de un aparato dispuesto a todo para su supervivencia... y probablemente una espiral de violencia como la de Siria, Libia o Irak.
En los últimos meses, es cierto, Israel ha tumbado algunos de los mitos más arraigados sobre la capacidad iraní y sobre la ferocidad de sus fuerzas armadas. Aunque son voces minoritarias, hay analistas apuntando que la represión, la corrupción, los sucesivos embargos y el estancamiento económico podrían haber convertido a Irán en un tigre de papel. Algo parecido a la decepción que supuso el Ejército ruso al inicio de la campaña en Ucrania. Estos mismos expertos sugieren que las nuevas tecnologías podrían hacer posible la operación sin tener que meter tropas sobre el terreno. Otra incógnita es la capacidad de organización y el alcance de la sociedad civil que bulle bajo la bota de los ayatolás.
4. La teoría Israel First
Si hay alguien que sale ganando con el ataque de Estados Unidos a Irán ese es Benjamin Netanyahu, que como Trump afronta unas elecciones existenciales en noviembre de este año. La destrucción del régimen iraní, gran patrocinador de terrorismo en la región durante décadas, es el sueño de cualquier político o militar israelí. Netanyahu podría presentar la cabeza de Alí Jamenei ante su electorado como la culminación de un sueño de seguridad duradera para el estado judío, un plan que ha costado muchos sacrificios, que ha provocado lo que para Naciones Unidas es un genocidio y que no siempre ha sido bien entendido, pero que ahora deja frutos tangibles. Y mientras tanto la guerra puede mantenerlo en pie, como sucedió con la ofensiva de Gaza.
Que la decisión más arriesgada del presidente elegido para poner “America First” se lleve a cabo velando únicamente por los intereses de Israel es la teoría preferida de quienes, como Tucker Carlson —uno de los predicadores MAGA más influyentes—, ven los hilos de los lobbies hebreos en todos los sitios. Pero hay otra manera de explicarlo, la de la vieja doctrina pro-israelí de Washington: un Israel fuerte y hegemónico es la mejor garantía para los intereses americanos, y por extensión occidentales, en la región que alberga las mayores reservas petroleras del mundo.
La complejidad añadida es que ayudar a Israel ya no es tan popular como años atrás. Según este reciente trabajo de Gallup, la opinión pública americana simpatiza más con los palestinos que con los israelíes por primera vez desde que se hacen encuestas de opinión.
Como decíamos, ninguna teoría resulta del todo satisfactoria. Es al ponerlas todas juntas cuando empiezan a cobrar algo de sentido.
Donald Trump ha atacado finalmente Irán en contra del criterio de sus principales asesores, de buena parte de sus aliados en la región y de todas las encuestas de opinión publicadas en las últimas semanas. Lo ha hecho de nuevo sin pasar por el Congreso y aprovechando el parón de los mercados en fin de semana. Se trata de una decisión audaz y arriesgada incluso para los estándares del presidente estadounidense. Analistas de medio mundo subrayan que Irán no es Venezuela y que Oriente Medio no es el Caribe, y tratan de ofrecer una explicación racional. Hasta el momento, todas las teorías que se barajan encajan en uno de estos cuatro grandes grupos. Son hipótesis interconectadas y no necesariamente excluyentes entre sí. Pasamos a detallarlas bajo advertencia: ninguna resulta del todo convincente.