Los Sanfermines del sur

Una orgía de fiesta conquista la urbe fenicia. Alguien escribió que Málaga era la ciudad de los sentidos. Hedonista, juguetona, suavona. Seis millones de personas pululan

Una orgía de fiesta conquista la urbe fenicia. Alguien escribió que Málaga era la ciudad de los sentidos. Hedonista, juguetona, suavona. Seis millones de personas pululan en la sobreactuada calle Larios, un teatro multisudor, formidable disparate de diez días de desenfreno. Sin límite. Aquí no disimula la británica ‘todo incluido’ que aprovecha el pack de vino dulce y agarrón por la cintura para luego enviar en su Facebook móvil un mensaje de alegría alcohólica. Esto es la Feria de Málaga. Los Sanfermines del sur.

Fue a principios de los ochenta, cuando el alcalde socialista de Málaga, Pedro Aparicio, decidió que había que modernizar la ciudad y convertirla en agosto en un “fenómeno de masas” (lo cuenta el historiador contemporáneo Elías de Mateo). Aparicio, un político que odia el calor y la Feria (no la ha vuelto a pisar), fue el más fan entre los fans de una fiesta provinciana, sin autoestima, como la ciudad, hasta hace 20 años.

Este alcalde inventó un eslogan-utopía: “La Feria del sur de Europa”. Ya que no puedes ser capital autonómica (para muchos malagueños la culpa de todo siempre la tiene “Sevilla”) imagínate una distinción apócrifa. Se le ocurrió al hoy columnista de los sábados de Sur. Cuando aterrizó como un torbellino en la Alcaldía la ex comunista Celia Villalobos (1995) desterró lo de la feria europea, aunque ahora en el PP se estarán arrepintiendo: Málaga aspira en 2016 a la capitalidad europea de la Cultura. Celia también suprimió los conciertos de música clásica en el Teatro Cervantes, que tanto entusiasmaban a los juglares de la progresía local, y regó de atenciones a las peñas y cofradías.

A estos Sanfermines de vino Cartojal o Carpe Diem sólo les hace falta miuras por la calle Granada, la Estafeta malagueña, en cuyo fondo norte bautizaron a Picasso. El arte celtibérico de los cuernos y el capote vil sí inunda La Malagueta, una plaza de toros a 100 metros del mar, decorado ausente de la Feria excepto el día de la inauguración, esta noche, con el pregón de Manuel Bandera y el despilfarro de siete toneladas de fuegos artificiales.

La Feria de Málaga alberga dos escenarios. El clásico, el Real, ubicado junto al Palacio de Congresos, en la autovía dirección Torremolinos, con sus casetas (abandonadas el resto del año), actuaciones musicales y carruseles del infierno. Y el otro, el del Centro, que empezó en 1983. Un grupo de comerciantes empezó a invitar a los visitantes a degustaciones gastronómicas. Poco a poco la Feria del Centro eclipsó al Real. Fue cuando la juventud arrasó las calles. Los descamisados y merdellones, versión malagueña de los barriobajeros. La chusma.

Ahora cortan la música en las plazas y calles a las seis de la tarde, a la hora que suprimen este macrobotellón autorizado. Luego es el tiempo de los bares de copas. Alcohol. Decibelios. Vomitonas. Alguna pelea. Abrazos y carcajadas. Y sexo espontáneo, con prisas, y si te vuelvo a ver me lo recuerdas. La Feria de Málaga y Gomorra. Vicente Aleixandre, Premio Nobel, también la llamó Ciudad del Paraíso.

Tinta de Verano
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