Raúl del Pozo, el golfista vecino del rey Fahd

Llevaba 20 años sin vacaciones. Cofrade de postín de la Hermandad de la Columna, ahora cumple dos agostos descansando de las 500 palabras de sus artículos

Foto: Raúl del Pozo, el golfista vecino del rey Fahd
Raúl del Pozo, el golfista vecino del rey Fahd

Llevaba 20 años sin vacaciones. Cofrade de postín de la Hermandad de la Columna, ahora cumple dos agostos descansando de las 500 palabras de sus artículos en la última página de El Mundo. Raúl del Pozo aparece con una camisa de dos bolsillos en la que reza el nombre del continente negro. Bebe agua mineral y le fascina, como si se tratara de un murciélago tahúr del oficio, el intenso tráfico de opiniones sobre los periódicos y los periodistas.

 

Mitómano del reporterismo, que empezó a practicar en el diario Pueblo de la calle Huertas, se compró hace tiempo una casa en la urbanización marbellí de Las Lomas. Vecino del Palacio “Mar Mar” del fallecido rey Fahd de Arabia. Aquí conoció la “Chicago con buganvillas”, como definió a la Gil city. La misma ciudad que Félix Bayón aspiraba a convertir en “Dinamarca con buganvillas”.

 

Del Pozo, cuya mirada plateada no se pierde ni un sólo pestañeo de los personajes que recalan en el Incosol, convertido en una suerte de rotonda veraniega del hotel Palace de la Plaza de Neptuno, recuerda aquellos veranos con Camilo José Cela en Rute (Córdoba) subido en un burro. “Eran viajes surrealistas. Cela era terriblemente ingenioso. Era delicado y lírico. Al lado de él he visto mucha impiedad y crueldad”, cuenta el reportero que ha logrado los más prestigiosos premios periodísticos.

 

Fue en los primeros noventa cuando apareció aquello del Sindicato del Crimen. Él fue soldado activo. Umbral, Raúl del Pozo, Martín Prieto y Pablo Sebastián posando con el clásico atuendo peliculero de presidiarios. Aquella Asociación de Periodistas y Escritores Independientes. “Había que denunciar los excesos del Felipismo, la corrupción y el crimen de Estado”. Del Pozo estaba jugando al golf en el campo de La Quinta cuando le llamaron para la foto de familia. Adolfo Suárez abandonó por unos días su residencia mallorquina de Son Vida para jugar al deporte de los palos y los birdies. Aplaudían a Suárez y Raúl le dijo al ex presidente:

 

- Adolfo, te quieren.

 

- Sí, pero los puñeteros no me votan.

 

En la fluida conversación viaja del periodismo a la política. De Madrid a la Costa del Sol. Aparece el gilismo. “Gil era un personaje muy peligroso que instauró una dictadura bananera con una banda de ladrones que se apoderó de la ciudad. Marbella nació con la gran utopía de convertirla en la gran modernidad europea y del placer desde Málaga a Algeciras. Eso se frustró y ahora sólo quieren ver el tópico, la caspa y la telebasura. Hay obsesión por convertirla en un lugar de la derecha corrupta del ladrillo y de las putas de yate. Podría ser mejor que la Costa Azul o Capri”. Continúa el relato: “Aquí están las casas más bellas de toda la costa. Es una sociedad muy cosmopolita donde hay mafias y ajustes de cuentas. Una ciudad de gángsteres muy completa. Hay gente de Nueva York, árabes y personajes que pasan totalmente inadvertidos”.

 

Dos perlas críticas: 1) “El microclima se lo ha cargado el cemento”. 2) “Aquí no se viene a descansar, sino a cenar. Son cenas largas, aburridas y espantosas. Sólo se habla de coches y vinos. A los ladrilleros sólo le gusta los langostinos y los bogavantes”. Y la confianza en Marbella: “Esto no es un tanatorio y almacén de jubiletas y veraneantes. Desde la época de Augusto los patricios romanos ya venían a la Bética y a Marbella. Ortega y Gasset ya dijo que Andalucía era lo último que quedaba del paraíso. Es prodigiosa”.

 

En las mañanas de agosto, Raúl del Pozo se levanta a las ocho. Teclea un par de horas una novela “onírica”. Quiere acabarla antes de Navidad. Antes de volver a su dacha madrileña prevé escribir 50 folios. Aún no tiene título. La alegría y la niñez perdida en las montañas de Cuenca, su patria infantil. Una trama de “bandidos, tramperos, un Western de la posguerra, con crímenes”. Abomina incurrir en lo “trillado” e intenta que una vuelta a los “Campos Elíseos de mi niñez” de tiros al fondo y “terribles” crecidas del río sea “literaria”.

 

Las tardes en el Río Real

 

A las seis, como cada tarde, juega al golf. Casi siempre lo hace en el campo de Río Real, “entre higueras y frutales, mariposas y pájaros, con el mar y la colina al lado”. Sus compañeros son Patxi Andión, José Benarroch y Néstor Szerman, psiquiatra argentino. El martes pasado Raúl, que empezó de pena los dos primeros hoyos, como yo mismo comprobé, ganó la partida.

 

Vía telefónica, Ignacio Camacho me recuerda que cuando Sean Connery perdía al golf “cogía unos cabreos horribles”. “Ignacio lleva razón”, asiente Del Pozo, “aunque es una buena ayuda para el estrés y relaja, también es un deporte muy competitivo”. Ya ha mejorado su hándicap que estaba en 22 y antes en 26. Y como a Carmen Rigalt, que ha escrito que el green del Río Real ejerce en ella como infalible valium, a Raúl el golf le serena mucho y le reconcilia con su niñez rural. “Alguna vez he pensado escribir una novela con el título Asesinato en el hoyo 17”.

 

Antes de la comida enciende y apura apenas dos caladas a un cigarrillo Marlboro, mientras Antonio Casado enseña una nevera con radio que acaba de comprar por dos paquetes de tabaco. A Natalia, la mujer de Raúl, italiana, le encanta Andalucía. Y seguirán viniendo. Aunque a Marbella aún le quede un buen tramo para convertirse en la Dinamarca con buganvillas que Bayón soñó.

Tinta de Verano
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