Una noche en las carreras
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Agustín Rivera

Tinta de Verano

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Una noche en las carreras

Termina la primera carrera y los bares y restaurantes se llenan de un público variopinto, bien heterogéneo. No, esto no es Ascot. Tampoco un sitio vulgar.

Termina la primera carrera y los bares y restaurantes se llenan de un público variopinto, bien heterogéneo. No, esto no es Ascot. Tampoco un sitio vulgar. Son las 22.05 horas de un sábado de verano. En el Hipódromo de la Costa del Sol (en Mijas) caballos y jockeys dan espectáculo. Una noche en las carreras para 8.000 personas que apuestan, jalean las cabalgadas y se divierten.

No corren sobre hierba, como en San Sebastián o La Zarzuela, los dos templos de la hípica española, sino sobre una mezcla de fibra y arena de 20 centímetros de grosor. Los equinos alcanzan una velocidad media de 70 kilómetros por hora en una distancia de 2,1 kilómetros. Les cuesta entrar en acción, pero cuando toman ventaja es difícil que pierdan en alguna de las dos pistas existentes, de 1.700 y 1.600 metros de longitud, y 25 metros de ancho cada una.

“Va a ganar el cinco”, avanza un directivo del hipódromo. Y gana el cinco. Se las sabe todas. Su hijo es jockey amateur y disfruta trabajando en un recinto que ahora quiere recuperar el tiempo perdido. Hasta hace apenas dos meses estaba más cerca del cierre total que de una súbita Resurrección. El objetivo es recuperar las cuadras extranjeras. Hubo hasta 400. Hoy no llegan ni a la mitad.

Su gran valedor es el nuevo gerente Antonio Maldonado, ex alcalde de Mijas y ex presidente de la Diputación Provincial de Málaga, quien a mitad de los noventa impulsó el espacio, de 400.000 metros cuadrados. Lo lanzó y luego, enfadado con su partido –el PSOE– se fue a vivir a China, donde ejerció de profesor en una universidad. “Ningún hipódromo es rentable, pero lo que queremos es que vuelva a tener vida y alargar la temporada al otoño”, cuenta Maldonado.

Ángel Nozal, el actual alcalde de Mijas –del PP–, tenía una misión al tomar posesión el pasado mes de junio. “O Maldonado o cerrarlo”. Le convenció y ahora intenta que el recinto no pierda dinero. El Ayuntamiento ya ha invertido para esta temporada 30.000 euros. Aún falta. Admite la deficiente señalización desde la rotonda que hay junto al Castillo de Sohail de Fuengirola hasta el hipódromo.

El 60% de los visitantes es extranjero, sobre todo británico, gran aficionado a las carreras. La mayoría viene en autobuses procedentes de hoteles de Mijas, Fuengirola y Marbella. Y apuesta desde un mínimo de dos euros. Lo importante es agenciarse la revista Galopar [el New York Times de la hípica en España] y examinar con detalle las estadísticas. La clave es el caballo. El 85% del éxito de una carrera se debe al buen comportamiento del animal y apenas el 15% a la destreza del jockey. El ideal del jinete es 1,60 de estatura y 52 kilos de peso.

Carlos Vargas, de 42 años, es el animador del hipódromo. También trabaja en La Zarzuela. “Sigue habiendo mucha afición, aunque es verdad que en la época de Ramón Mendoza en la QH [Quiniela Hípica] se llegaron a dar premios de 40 millones de pesetas”, precisa Vargas, poco después de entregar los premios a los ganadores. Lo graban las cámaras de Teledeporte, que retransmite la competición veraniega desde hace seis años.

A la 1.30 horas termina la última carrera. Los caballos descansan. Los jockeys quieren relajarse. También el público. En el bar Columbus suena el sonido Motown de Sugar Pie Honey Bunch de los Four Tops y un señor con pinta de inglés de unos sesenta años baila como si fuera un adolescente enrabietado. Al lado, sirven comidas caseras. El aparcamiento, poco a poco, se vacía. De fondo se oye un relinche de caballo. Fue una noche en las carreras.

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