Mito Kosei, el ‘bebé’ que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima

El viajero que llegue a Hiroshima no encuentra huellas del desastre al bajarse del Shinkansen (tren bala). El mayor acontecimiento del siglo XX, según una encuesta

El viajero que llegue a Hiroshima no encuentra huellas del desastre al bajarse del Shinkansen (tren bala). El mayor acontecimiento del siglo XX, según una encuesta a los lectores del diario The New York Times, vuelve cada 6 de agosto al recuerdo. Ayer se cumplió el 67 aniversario de la primera bomba atómica lanzada en el planeta sobre una población civil. En Hiroshima la vida transcurre plácida, con un tranvía que circula parsimonioso por el centro de la ciudad, ajeno al Holocausto nipón. Kosei Mito se encarga a diario de recuperar la memoria. Cuando el Enola Gay lanzó el artefacto a las 8.15 horas, la madre de Kosei estaba embarazada de cuatro meses de Kosei. Él no fue un niño de la guerra. Es uno de los 219.000 hibakushas (superviviente), un bebé de la bomba atómica.

Este japonés, nacido en enero de 1946 (como todos los japoneses, aparenta muchos menos), cuenta la historia de su familia, también la suya, delante de la cúpula Genbaku Dome, uno de los edificios más bonitos de la ciudad preatómica y que se ha convertido en símbolo de la tragedia. Kosei enseña fotografías, documentos de los efectos de la radiación y lamenta cómo la decisión del presidente Harry Truman aniquiló no sólo la vida de 140.000 personas en Hiroshima (y 80.000 en Nagasaki, la ciudad más mediterránea de Japón,), sino que sepultó en vida el futuro de los ciudadanos de estos dos urbes japonesas, víctimas del cruel imperialismo japonés de la primera etapa del emperador Hirohito y de un Estados Unidos que quería ganar como fuera la II Guerra Mundial.

Kosei Mito, antiguo profesor de Secundaria en un Instituto de Hiroshima, cuenta a El Confidencial, el mediodía del pasado 26 de junio, delante del edificio Genbaku, cómo el museo de la bomba atómica olvida la lluvia negra que produjo la explosión nuclear, la contaminación del agua que no fue advertida por el Gobierno a la población. Según este guía, la información “más exacta y real” es la que ofrece el ABCC (The Atomic Bomb Casualty Commission) establecido en 1947 para estudiar los efectos de la radiación. Y muestra imágenes de cuerpos destrozados, deformes, quemaduras múltiples. “El museo de la bomba atómica es demasiado políticamente correcto. Faltan hechos”, narra Mito a este diario.

El recinto, cuya ruta se tarda en recorrer una hora, impacta por el horror, sobre todo en su segunda parte. Eso sí, las fotografías y los datos de Mito que ha enseñado a 100.000 personas de 141 países, conmocionan más que los del museo, que por ejemplo obvia que los supervivientes nunca recibieron “ningún tipo de tratamiento para hacer frente a este estrés mental y aún hoy en día muy pocos de los sobrevivientes pueden contar sus historias a los demás”.

El trauma emocional

Los Mito tuvieron suerte. Durante la guerra, la señora Tomie Mito y su esposo, Yoshio Mito, vivían en el centro de Hiroshima. Cerca del final de la guerra, los habitantes que vivían allí fueron obligados a abandonar la zona. Lo consideraban un lugar muy peligroso. Así que, tres meses antes de la explosión de la bomba atómica, la señora Mito y su esposo se refugiaron en casa de los padres de ella en una aldea a unos siete kilómetros de distancia, al otro lado de una pequeña montaña de Hiroshima. Cada día, su marido y su padre, Hoichi Anada, y muchos de los habitantes de la aldea iban a Hiroshima para trabajar.

"Cuando decidí ser una guía en el Parque de la Paz de Hiroshima, le pedí información a mi madre porque quería escribir un testimonio de la experiencia de su padre, mi abuelo. Pero debido al trauma emocional se tomó seis meses para empezar a escribir, incluso, y necesitó otro medio año para terminarlo. Todavía no quiere escribir nunca sobre lo que vio cuando entró en Hiroshima tres días después de la bomba. Estoy dispuesto a escribir lo que sé de lo que le pasó a mi familia”, cuenta Mito en su blog. Su padre nunca le dijo nada de su experiencia como hibakusha. Toda su vida se mantuvo en silencio por el trauma emocional.  El bebé de la bomba atómica habla con dos turistas australianos. Lamenta que las víctimas de Fukushima no vayan a ser reconocidas por el Gobierno japonés. Y enseña su gastado, amarillento, Libro de Familia: “Soy un hibakusha, nací el 22 de enero de 1946”…

Tinta de Verano
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