La fábrica de cáncer de Casale Monferrato, un Chernóbil a la italiana

Vivir con miedo a la tos. Así es el día a día en Casale Monferrato, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes en Piamonte (norte), donde hace

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    Vivir con miedo a la tos. Así es el día a día en Casale Monferrato, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes en Piamonte (norte), donde hace 25 años cerró una sede Eternit, multinacional suiza dedicada al amianto. La herencia de su presencia es objeto de lamentos en la localidad, donde cada año siguen detectándose 50 nuevos casos de una variedad de tumor mortal, el mesotelioma, relacionado con este material y cuyos síntomas iniciales son parecidos a los de un catarro. Eso sí, “todavía no se ha alcanzado el máximo”.

    “Basta una expresión, estar dentro, para confirmar la existencia del mesotelioma”, explica a El Confidencial Bruno Pesce, portavoz de AFEVA (Asociación de Familiares de Víctimas del Amianto), cuya labor permite que no se olvide a los 1.600 fallecidos que, según estimaciones, ha causado esta enfermedad en la localidad. Muchos de ellos ni siquiera habían trabajado en la compañía. Esta asociación sirve como inspiración a otras ciudades italianas, donde Eternit también tuvo sedes, más pequeñas, pero con cifras proporcionales.

    Las frases que se intercalan en Casale sobre este tema se convierten en espeluznantes muletillas: “Este es Fulanito, se le murió...”, “Menganito, que se fue hace x años...”. Un paseo por el lugar acompañado de un lugareño basta para encontrar esta realidad, para descubrir las banderas nacionales con el lema ‘Justicia Eternit’ o para saber cuál era el itinerario que seguían los transportes descubiertos que impregnaban de polvo blanco cada esquina, cada patio.

    Casale vive agitado estas semanas por las últimas sesiones de un proceso que busca a los responsables de esta situación. Cada día de juicio se levantan temprano para coger un autobús y dirigirse a Turín, a unos 70 kilómetros, donde tienen lugar las vistas. Los principales acusados son dos ex dirigentes de la fábrica, el anciano barón belga Louis de Cartier, de 89 años, y el reconvertido filántropo suizo Stephan Schmidheiny, de 63, que ocupa el puesto 393 de la lista de multimillonarios de Forbes. Ambos afrontan posibles penas de 20 años de cárcel por desastre doloso.

    De la Eternit suiza, ni rastro. Un portavoz de dicha empresa declaró a este periódico que “nunca tuvieron relaciones” con la firma del mismo nombre radicada en Italia, mientras que afirman que Schmidheiny “nunca ocupó ningún cargo en Eternit (Suiza), ni siquiera fue accionista”. El propio Schmidheiny, calificado por Forbes como el Bill Gates suizo por su labor de filántropo, se defiende en su página web: “Era incapaz de determinar por mí mismo el índice real de riesgo que implicaba la fabricación de productos con asbesto-cemento. Nuestros asesores consideraban que los estudios científicos tendientes a probar los efectos perjudiciales de ese material estaban llenos de contradicciones”.

    La labor realizada por AFEVA para que se llevase a cabo este proceso ha sido fundamental. Una visita a su sede basta para comprender la magnitud del juicio. Una habitación de su pequeño establecimiento está completamente inundada por cientos de carpetas de colores. “Unas son de los trabajadores muertos por mesotelioma, otras de los habitantes de Casale y las de más allá son una recopilación de datos a la espera de poder realizar un segundo proceso con los nuevos casos recolectados”, explica Pesce.

    La persistencia de esta asociación queda encarnada en su presidenta, Romana Blasotti, que ha perdido por el temido mesotelioma a su marido, a una hija, a una hermana y a un sobrino. A la vez que se enumeran estas pérdidas se hace otra confesión, aún más terrible: “No es la que más (fallecidos) tiene”.

    Una relación larga y tormentosa

    Eternit se instaló a principios del siglo XX en Casale Monferrato, un lugar que no abandonaría hasta 1986, cuando en medio de grandes protestas declaró la quiebra de su fracción italiana, dejando en la calle a 350 empleados de la ciudad (en su mejor momento llegó a tener 2.000). Las puertas a una reapertura se cerraron en 1987, cuando el entonces alcalde prohibió la fabricación o venta de amianto en la localidad.

    “Entrar en la Eternit suponía prácticamente entrar de funcionario en la administración. Un sobre con el sueldo asegurado y tranquilidad para el trabajador y para la familia”, explica Pesce, que cree que estos factores ayudaron a fomentar una buena imagen de la empresa, una de las mayores de la región. De hecho, algunos sindicatos se mostraron inicialmente contrarios al cierre de la fábrica, pese a que la enfermedad inundaba el pueblo. “Había que dar alguna perspectiva a los trabajadores, que no se sintiesen abandonados. Muchos ecologistas no tienen en cuenta que el interés inmediato de un trabajador en ese momento es su sueldo”.

    Las primeras luchas en las fábricas tuvieron lugar en los años 70, en correspondencia con las que estaban teniendo lugar en el resto de Italia, en el agitado panorama de los Años de Plomo. Finalmente, a principios de los 80, antes de la quiebra, hubo un reconocimiento parcial. “Cuando no es posible negarlo, porque es contraproducente, entonces pasan de negar a decir que lo era antes, pero que hoy eso ya no pasa. En Casale, a principios de los 80, lo hicieron así”.

    El filántropo suizo niega que se supiese nada sobre la naturaleza nociva del amianto, pese a que ya en 1938 médicos de la Alemania nazi reconocieron unos nexos entre éste y el cáncer, que serían confirmados en los años 50. Sin embargo, cuando los doctores detectaban los primeros problemas en la revisión médica de los empleados de Casale, su consejo quedaba reducido a dos palabras: “No fume”.


    Multinacional buena, multinacional mala

    Eternit era una con el pueblo. Al sueldo asegurado en una gran fábrica multinacional suiza, se agregaba cierto comportamiento paternalista: una botella de aceite de oliva cada mes, un regalo el día de Reyes o un mercadillo los fines de semana en el que se vendían a precio de saldo los materiales sobrantes de la fábrica. Así, cada cuál podía adquirir un poco de amianto para el camino a su huerto o para poner un tejadillo a la entrada de su casa. Así, no solamente quedaban llenos de amianto los operarios de la fábrica, sino que en cualquier lugar quedaba el sello del polvo.

    El amianto no llegaba solo envuelto en tuberías o tejadillos, sino que podía intercambiarse hasta con un abrazo. La indumentaria de los trabajadores, blanca de polvo, no se lavaba en la fábrica, sino que cada cual se la llevaba a casa, donde se la quitaban, pues apenas había que andar unos centenares de metros para adentrarse en el centro de Casale. Así pues, en este juicio ha quedado registrado el caso de una mujer que murió sufriendo el mismo esquema que un trabajador del amianto (asbestosis pulmonar y mesotelioma), sin haber puesto nunca los pies en la fábrica, lugar donde sí trabajaba su padre.

    El paternalismo quedaba fundido en una reacción más violenta si se cuestionaban las condiciones de salubridad de la fábrica. Bruno Pesce cuenta el caso de un trabajador que preocupado por su mala salud fue a pedir un cambio de puesto a su jefe: “Tengo tres niños pequeños, los quiero ver crecer, pero estoy preocupado porque me han detectado asbestosis. No pido que me cambie de puesto ahora mismo, pero por favor, inténtenlo de aquí a un año, y al que ponga en mi lugar, no le tenga más de un año, porque se come mucho polvo aquí”. La respuesta fue tajante: “Bernardi, usted sabe dónde está la puerta”. Bernardi falleció 22 años después de esta conversación, en 1999, por culpa del mesotelioma.


    En los 80, cada año fallecían unas 25 personas por mesotelioma. A día de hoy, la cifra alcanza el medio centenar anual, aunque se espera que el pico llegue en unos 10 años, a partir de entonces comenzará a descender. “Pasará antes que en otros municipios italianos gracias a la lucha llevada a cabo y al cierre temprano de la fábrica”. Mientras tanto, Casale sigue atenta al desarrollo del juicio bombeando esperanza y miedo. Esperanza por una sentencia como regalo de Navidad, y miedo por esos malditos ataques de tos.
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