La crisis de los mercados y los cambios sociales dan la estocada a la socialdemocracia europea. Blogs de Tribuna

La crisis de los mercados y los cambios sociales dan la estocada a la socialdemocracia europea

Paradojas del destino. La mayor crisis que ha experimentado el capitalismo en sus más de dos siglos de historia ha precipitado a los partidos socialdemócratas europeos

Paradojas del destino. La mayor crisis que ha experimentado el capitalismo en sus más de dos siglos de historia ha precipitado a los partidos socialdemócratas europeos -cuna del Estado de Bienestar- hacia el abismo electoral. Un fenómeno difícil siquiera de imaginar cuando el 15 de septiembre de 2008 la Casa Blanca intervenía Lehman Brothers para evitar su quiebra, horas antes de que la Bolsa de Moscú se viera obligada a suspender la cotización por el desplome inversor. Era el estallido del mayor tsunami financiero en ocho décadas y de la primera gran inestabilidad sistémica global. Pero también, la constatación de un mundo al revés, en el que Estados Unidos nacionalizaba la banca mientras la vieja Rusia lloraba por la caída, a plomo, de su principal plaza bursátil. Algunas semanas más tarde, el conservador presidente francés, Nicolas Sarkozy, urgía a una “refundación del capitalismo” y, cuando los activos tóxicos del sistema bancario cerraron el grifo crediticio mundial, voces patronales, como la del ex presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, respaldaron públicamente “el paréntesis en la economía de mercado” de las políticas keynesianas impuestas en el G-20 para contener la recesión mundial.

Sin embargo, casi tres años después, con una sucesión de acontecimientos tan favorable a su ideario, la socialdemocracia europea, tradicional defensora de los estímulos públicos y de la protección social en épocas de vacas flacas, lejos de reforzar su poder, ha claudicado ante las formaciones conservadoras. Su retroceso se inició ya en 2009, con la sustancial mayoría labrada por el centro-derecha en las elecciones al Parlamento Europeo y la peor derrota del SPD alemán, que apenas alcanzó un 23% de respaldo social, desde la Segunda Guerra Mundial. Continúo en la primavera de 2010, con el final de los trece años de gestión laborista en Reino Unido. Y tomó carta de naturaleza en los meses posteriores en Escandinavia, con la salida de gabinetes socialdemócratas en Dinamarca y Finlandia. Pero la señal de alarma saltó en Suecia, con el triunfo en los comicios del líder del centro derecha Fredik Reinfeldt, que no sólo renovó la jefatura del Ejecutivo en septiembre, sino que relegó a sus adversarios a su mayor crisis política. Suecia, otrora paradigma del socialismo, que ha gobernado el país 61 de los últimos 74 años, con una presión fiscal del 46,9% de su PIB para garantizar su generoso Estado de Bienestar, pensiones sustanciosas, Educación y Sanidad de reconocido prestigio, estatus de sólido inversor internacional y liderazgo tecnológico y competitivo, cedió el testigo a las recetas de contención del gasto y de recorte de subsidios del programa conservador.

Una Europa teñida de azul

El mapa político actual no deja lugar a dudas. Sólo cinco socios de los Veintisiete de la Unión -España, Eslovenia, Chipre, Grecia y Austria, en este caso a través de una coalición- tienen un Gobierno con sello progresista, tras la victoria en Portugal, el pasado domingo, de Pedro Passos Coelho, del centro derecha Partido Social Demócrata (PSD), nada menos que por once puntos de ventaja respecto a su rival, José Sócrates, otro primer ministro socialista que sucumbe ante la crisis. Y es que los ciudadanos europeos parecen preferir una gestión neoliberal que acabe con las embestidas de los mercados. Así se aprecia, con toda nitidez en Suecia, que ha mejorado las políticas activas de empleo y penalizado los subsidios de paro y ha evitado la contestación social a rebajas anuales y puntuales de las pensiones para contener las crecientes pero modestas tasas de  desempleo y de desequilibrio fiscal. E Irlanda, país que, como Grecia y Portugal, también ha solicitado un rescate para evitar la suspensión de pagos de sus servicios de deuda, pero que se decantó por Fine Gael, formación hermana de la conservadora Fianna Fail, que gobernó tres de cada cuatro años desde la proclamación de la independencia irlandesa, en 1916, antes que dar el poder a los laboristas. En esencia, porque se les considera más capacitados para salvaguardar el modelo neoliberal del Tigre Celta, capaz de superar la renta per capita británica mediante la captación de inversiones extranjeras estratégicas y de calidad -básicamente tecnología- al calor de un tipo de Sociedades del 12,5%.   

Ante este panorama, ¿se puede asegurar que la socialdemocracia atraviesa una grave crisis de identidad? O, dicho de otra forma, ¿son los mercados de derechas? Y, sobre todo, ¿es el socialismo todavía relevante?

Dirigentes socialdemócratas se han afanado en responder a éstas y otras cuestiones. Algunos de ellos, incluso, con un notable ejercicio crítico. Quizás uno de los análisis de mayor calidad sea el del ex ministro de Exteriores británico, David Miliband, antiguo delfín político de Gordon Brown, convencido defensor de la Tercera Vía del laborismo británico, pero que perdió la carrera por el liderazgo de este partido ante su hermano Ed, por no fraguarse el apoyo del ala sindicalista. A su juicio, la pérdida masiva de elecciones “hasta una escala impredecible” se debe a “una ausencia plena del control de la agenda política”, que ha sido acaparada por “una derecha flexible y dinámica”. Para Miliband, detrás de este fracaso se descubre el abandono de los avances hacia lo que el laborismo británico denominó una “democracia social reformista”, en parte debido a los éxitos cosechados en los noventa, con gobiernos progresistas en Estados Unidos (Bill Clinton) y Reino Unido (Tony Blair), que marcaron las etapas de mayor prosperidad económica. En su opinión, mientras el centro derecha asumía como principios rectores esenciales los asuntos fiscales y presupuestarios, la socialdemocracia, cada vez más fragmentada y diversificada por la irrupción de líderes ecologistas e izquierdistas, “se olvidaron de la narrativa de los noventa a favor de la flexibilidad laboral, de la inversión social en Educación, de la renovación de los Estados de Bienestar y de la construcción de una poderosa y regulada globalización económica”.

Estrategia socialdemócrata de futuro

¿Se puede asegurar que la socialdemocracia atraviesa una grave crisis de identidad? O, dicho de otra forma, ¿son los mercados de derechas? Y, sobre todo, ¿es el socialismo todavía relevante?

El aparcamiento de este revisionismo es el que, según Miliband, ha posibilitado que el apoyo social, en la crisis, se incline hacia la derecha. Tendencia que no revertirá mientras los partidos progresistas no abandonen argumentos anacrónicos como las promesas de conceder protección social ante los riesgos económicos, que exigen redes de seguridad del Estado de Bienestar cada vez más costosas y que abonan el terreno a los mensajes contrarios a la inmigración, propios de las filas conservadoras, en épocas en las que se hacen imperiosos los ajustes fiscales. O las proclamas de que los ciudadanos tendrán bajo sus gobiernos el control de sus vidas cuando crisis bancarias como la actual o subidas especulativas de los precios de las materias primas, como en el pasado reciente, por ejemplo, no redundan precisamente en esta idea utópica. Bajo su planteamiento, la solución pasa por construir una economía moral. “No somos apologistas de la globalización, sino reformistas y, desde ese punto de vista hemos de defender los abusos de poder de las empresas y crear instrumentos para crear riqueza y mejorar su distribución entre las capas sociales”. Aunque sea en alianza con partidos de centro.

Estos esfuerzos también deben ir encaminados, a su entender, a romper la falsa identidad de defensores del Estado y del sector público. “Nuestra posición pasa por aplicar reformas, en el orden interno, para reducir la burocracia y inculcar eficiencia con rigor presupuestario y fiscal y, en el ámbito global, para hacer un mundo interdependiente y multilateral que combata el crimen organizado, la financiación ilegal y consolide, al mismo tiempo, la seguridad y la prosperidad económica”, afirma.

Colin Crounch, profesor de Gobierno y gestión públicos en la escuela de negocios Warwick e invitado científico al cónclave de partidos progresistas celebrado recientemente en Oslo y al que no pudo acudir José Luis Rodríguez Zapatero a la espera del fracasado acuerdo sobre convenios entre patronal y sindicatos en España, comparte, en cierta medida, el diagnóstico de Miliband. Crounch considera que la vuelta de la socialdemocracia europea a sus aquellos maravillosos años ochenta pasa por que se impregnen de nuevas dosis de liberalismo, una revisión de la Tercera Vía laborista, que les condujo hacia el progreso “sin perder los valores socialistas”. Entre otras cuestiones, porque el liberalismo moderado necesita también responder a aspectos acuciantes como la contestación a la excesiva concentración de poder económico o a las carencias en la protección a los consumidores.

Esta estrategia, a su juicio, ayudaría a los partidos socialdemócratas a “salir de la encrucijada nacional en la que están sumidos” y que les lleva a “sobrevalorar la importancia de la democracia y el Estado-nación”. Crounch aclara que la entente cordiale entre socialismo y liberalismo contribuiría también a que sus líderes asimilaran los cambios sociales y tecnológicos que han acompañado a la globalización sin control de las transacciones financieras y que demandan “interacciones cada vez más complejas y exigentes entre los partidos y las nacientes plataformas ciudadanas” de indignados por el fenómeno de socialización de pérdidas y de reparto selectivo de beneficios de las grandes corporaciones y entidades financieras.

La derecha, ojo avizor

Los líderes de centro-derecha no deberían tampoco lanzar las campanas al vuelo. Por mucho que las perspectivas de cambio les sean halagüeñas en España, a diez meses vista de unas elecciones que podrían incluso adelantarse en el tiempo e, incluso, en Grecia, donde el Ejecutivo socialista ha perdido el respaldo ciudadano en su primer año de gestión de una crisis, la deuda helena, heredada de sus contrincantes políticos. En Italia, por ejemplo, se acaba de producir la irrupción de una amalgama de coaliciones de centro-izquierda en las elecciones locales, que coincide con el despertar del socialismo francés en los comisiones regionales o del ecologismo en Alemania, que ha hecho perder posiciones claras a la CDU de Angela Merkel en varios länders.

Y es que también las filas conservadoras, según convienen en augurar dirigentes socialdemócratas congregados en la cumbre progresista de Oslo, están obligados, más tarde o más temprano, a resolver viejos dilemas como sus constantes compromisos con las rebajas fiscales. Un recorte por valor de 350.000 millones de dólares, aprobado en 2001 por George W. Bush - único inquilino de la Casa Blanca que, junto al también republicano Richard Nixon, protagonizó dos recesiones bajo su doble mandato-, para el 5% más rico del país. Este mayor poder adquisitivo de la clase más pudiente fue, para no pocos economistas, el combustible, primero, y el detonante, después, de la proliferación de swaps, productos derivados, estructurados y hedge funds, y del boom inmobiliario e hipotecario en EEUU y la posterior crisis financiera global.
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