Sin cooperación, un país a la deriva

¿Debemos destinar recursos públicos a cooperación internacional cuando no hay para dotar la ley de dependencia? Desde que empezó la crisis, dilemas como éste son recurrentes.

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    ¿Debemos destinar recursos públicos a cooperación internacional cuando no hay para dotar la ley de dependencia? Desde que empezó la crisis, dilemas como este son recurrentes. Si aquí no tenemos cubiertas las necesidades de parte de la población, desde los medicamentos a las becas comedor, ¿cómo vamos a pensar más allá?

    Para una mayoría de la sociedad este dilema se resuelve poniendo el foco únicamente en las necesidades internas. Es lógico y, sin embargo, no puedo estar más en desacuerdo. Lo que sigue son sólo algunos argumentos, pero para quienes consideren que ninguno pueda tener peso suficiente les animo a que salten al párrafo final. Tal vez les convenza, al menos, la posibilidad de entender que cualquier dilema es interesado y que eso es precisamente lo que impide que tengamos una política de cooperación sólida.

    Sin duda la caridad empieza en casa, pero ni acaba aquí ni sería acertado pensar que la cooperación es únicamente un gesto solidario o un mero traspaso de recursos del Norte hacia el Sur. La cooperación es un gesto compartido, que nos obliga a analizar amenazas y oportunidades más allá de nuestras fronteras y nos relaciona y posiciona frente a otras comunidades. Promover la prosperidad global es parte de nuestros intereses, porque al margen de las razones éticas, favorece nuestra economía, nuestra seguridad, nuestra salud y nuestro futuro.

    Promover la prosperidad global es parte de nuestros intereses, porque al margen de la razones éticas, favorece nuestra economía, nuestra seguridad, nuestra salud y nuestro futuroFrente a la idea de un desarrollo basado principalmente en proyectos asistenciales, la cooperación se ha transformado. Como tantos otros procesos de la globalización, en la última década la cooperación ha avanzado tanto como las nuevas tecnologías. Ya no hablamos de países donantes y receptores, sino de cooperar para desarrollar bienes públicos globales cuyo beneficio es común. Tal vez quien mejor lo ha entendido sea el Gobierno conservador de David Cameron en Gran Bretaña, que incluso en tiempos de recesión ha aumentado la ayuda, priorizando relaciones en todo el mundo. Una apuesta así no es gratuita ni inexplicable. Gran Bretaña ha descubierto que el poder blando le da acceso, complicidad, confianza y un vínculo privilegiado, manteniendo una presencia global y unas relaciones incomparables a las que pueden proporcionar ejércitos o empresas cuya velocidad en la obtención de objetivos y resultados es diferente. No es un caso único. La carrera por la cooperación se ha disparado esta última década y países como EEUU o Japón también han aumentado sus programas, independientemente de las fases de recesión o bonanza de sus economías.

    La capacidad de relación directa con determinados países debería ser suficiente para una cooperación estratégica y bien dotada, pero hay más motivos. La carrera de las grandes potencias no es gratuita. Aunque no tenemos un Gobierno global, la definición de prioridades y toma de decisiones está cambiando de instituciones. Sin duda, trabajar para controlar o erradicar enfermedades globales no sólo es justo con las poblaciones que las padecen, también es una forma de protegernos a nosotros mismos. Pero, además, una parte de esos fondos se destinan a investigación de bienes públicos como vacunas o medicamentos, recursos que acabarán en grupos de investigación de los países que se sientan a decidir. Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona demuestra que, desde el año 2000, por cada euro invertido por la cooperación en la lucha contra la malaria, el retorno en nuestro país ha sido de 8 euros. Un retorno directo en forma de puestos de trabajo cualificados que pueden competir a nivel mundial.

    En el momento en que España inicia una campaña para quedarse una de la sillas vacantes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la retirada de la ayuda en los principales foros de decisión global, como el Fondo Mundial contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria -donde España no pondrá recursos-, nos deja no sólo sin una responsabilidad cubierta, sino que limita nuestra capacidad de interlocución diplomática con otros países que decidirán quién ocupará esa vacante. ¿De dónde vamos a obtener los apoyos? Turquía, por ejemplo, que también compite por eso misma silla, ha triplicado sus recursos al exterior, demostrando que quiere asumir una nueva responsabilidad en la agenda global y que ése es su principal compromiso.

    Gran Bretaña ha descubierto que el poder blando le da acceso, complicidad, confianza y un vínculo privilegiado, manteniendo una presencia global y unas relaciones incomparables a las que pueden proporcionar ejércitos o empresas cuya velocidad en la obtención de objetivos y resultados es diferenteEn España, ni el ejército, ni la diplomacia, ni el control financiero pueden competir al nivel de las primeras potencias, por ello la cooperación podría convertirse en una estrategia prioritaria de relaciones internacionales y de posicionamiento en la agenda global. Sin embargo, todavía estamos lejos de que se entienda así. Es lógico que la sociedad defienda exclusivamente los valores éticos de la ayuda, lo que es sorprendente es que las fuerzas políticas no estén percibiendo el cambio que durante la última década está trasformado las políticas de cooperación y, alrededor de ellas, la formación de nuevas oportunidades y mecanismos en la toma de decisión a nivel mundial.

    El Gobierno Zapatero hizo una apuesta decidida por inyectar recursos y posicionar al país en los principales foros internacionales donde se debaten las políticas mundiales de salud, educación, alimentación o incluso los grandes flujos financieros. Fue un paso en la dirección correcta, aunque no se estableció ninguna estrategia para acompañarla. Pero cuando llegaron tiempos difíciles, fue ese mismo gobierno el que decidió hincar el primer recorte drástico. Luego, a la sombra de la crisis, el Gobierno de Rajoy la ha recortado hasta dejarla en un nivel ínfimo y, como apuntaba El Confidencial hace unos días, ha dejado todas las decisiones en manos de un ministerio técnico, el de Hacienda, que sigue intuyendo la cooperación como un gesto caritativo y, como tal, prescindible. Un error, porque la agenda global avanza a ritmo frenético y no parece que el mundo en el que se están generando nuevas relaciones vaya a esperar mucho tiempo a España.

    Vuelvo al inicio. Claro que en tiempo de crisis hay que priorizar recursos y crear políticas que intenten evitar la exclusión de sectores de la población, pero curiosamente es difícil argumentar que el dilema sea entre los pobres de aquí o los de allí. Ni un euro de los que se han recortado en cooperación ha proporcionado recursos adicionales para los que aquí necesitan la ayuda por su grado de dependencia, ni para el sistema público de salud o el de educación. En todo caso, las partidas beneficiadas son otras.

    Si lo miramos desde esta perspectiva, el dilema podría ser otro ¿Deberíamos priorizar en cooperación o en despliegues militares? La presencia de nuestro ejército en Afganistán cuesta un millón de euros al día. Según el discurso político, nuestros soldados están allí para mejorar la vida de los afganos. ¿Estamos consiguiéndolo? Sólo en 2013, ese despliegue ha costado el doble que el presupuesto para todos los proyectos de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo en todo el mundo y durante todo el año. Nadie plantea ni responde a qué obedece este orden de prioridades.

    *Rafael Vilasanjuan es director del Laboratorio de Ideas del Instituto de Salud Global de Barcelona

    **Este artículo ha sido publicado simultáneamente en el blog de ISGlobal

    Tribuna

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