Sucesión, Secesión y Política con mayúsculas

Todas las elecciones y la mayoría de las votaciones de un partido temático son plebiscitarias.  “Sí” o “no” a la legalización de las drogas,  “sí” o

Foto: El candidato de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida (i), se abraza al presidente de la Generalitat, Artur Mas (d) (Efe)
El candidato de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida (i), se abraza al presidente de la Generalitat, Artur Mas (d) (Efe)

Todas las elecciones y la mayoría de las votaciones de un partido temático son plebiscitarias.  “Sí” o “no” a la legalización de las drogas,  “sí” o “no” a las políticas afirmativas de las minorías o, en un partido temático nacionalista, “sí” o “no” a un estado propio, último y coherente con sus militantes. Las últimas elecciones europeas en las que los partidos catalanes proindependencia compitieron por representantes en el club del que desean salir, Europa, fueron también plebiscitarias. Y eso que CiU  manifestó su desapego a España concurriendo a los comicios en alianza con vascos y canarios. Desde 2010 las convocatorias electorales han sido plebiscitarias, aunque en el caso europeo preventivamente no se presentaran así. Por un lado, para no repetir en tan solemne trance los paupérrimos resultados de participación en la aprobación del estatut. Por otro, por no saber muy bien a qué jugar al día siguiente de que ni siquiera la mitad de los votantes que se sintió llamado a las urnas defendiera la independencia. De nada sirvió que la ausencia de repercusiones prácticas invitara al desmelene.

Sucesión y secesión vuelven a ir juntas en Cataluña y CiU, esclava de su propia deriva, se ve obligada a votar en esa clave. Normal. Aunque con énfasis preocupante, la comunicación y la enseñanza –el monotema transversal de la separación de España ahora llamada desconexión– inunda todos los espacios catalanes. El punto de mira no es muy amplio, pero es el que hay. Que la abdicación de Juan Carlos I tenga aquí una lectura catalana, para el nacionalismo casi la única, es algo obvio.

Si la Constitución se modifica para que los nacionalistas catalanes encuentren su acomodo, el pacto constitucional debería incluir la disolución de los mismos partidos.

La decisión del monarca de anticipar su retirada ha pillado con el paso cambiado al president. Un partido nacionalista como el PNV (“Dios y leyes viejas”) o CiU, que basan los supuestos derechos presentes y futuros del pueblo al que dicen representar en la Historia. ¿Cómo negarse a que el pedazo de historia catalana que representa el príncipe de Girona, señor de Balaguer, duque de Montblanc y conde de Cervera sea coronado rey de una España plural? Complicado, pero no imposible.

Urgido a actuar con responsabilidad, Mas ha respondido a Rajoy que CiU siempre ha hecho política con mayúsculas y es verdad. Con la “C” mayúscula de Convergència y la “U” de Unió. Una política basada en la negociación win&win –a menudo en los pasillos del Congreso– con la que se contribuía a la gobernabilidad de España mientras se sacaba algo (peix al cove) por el camino.

Ahora, si CiU quiere cambiar la Constitución deberá iniciar el castillo de naipes desde abajo: creando una propuesta y buscando apoyos hasta lograr una mayoría cualificada. Las propuestas de Rajoy serán (razonablemente) próximas a cero, aunque yo le haría una: si la Constitución se modifica para que los nacionalistas catalanes encuentren su acomodo, el pacto constitucional debería incluir la disolución de los mismos partidos y el cese de la actividad política de sus líderes. Cualquier otra solución garantiza volver a hablar muy pronto de desafección, repetir la historia con un Estado central más debilitado. Por eso Rajoy no se moverá. Y por eso CiU se abstendrá en el apoyo solicitado a la monarquía; porque como el mismo presidente ha reconocido, no hay feedback. No hay retorno.

A millones de catalanes parece darles igual que Esquerra se coma a CiU con romescu, pero hasta el relativismo del conde de Godó tiene un límite. Si Mas va demasiado lejos, lo sabremos por sus páginas.El error es mayúsculo. Mas no tiene ninguna baza, ni tampoco dinero, ni crédito, ni apoyo empresarial, ni respaldo en las urnas. Vive los minutos de la basura añadidos a un discurso agotado desde una cueva sin salida y sin oxígeno. Podía haber mostrado su cara amable con un “sí” a la ley orgánica en el Congreso; ganar tiempo y centralidad, dar un paso atrás para armarse de razones y, tal vez, obtener una salida digna a su empecinamiento irresponsable: un premio de consolación en forma de reapertura del diálogo sobre financiación. En su lugar, ha preferido confundir su mensaje aún más con el de ERC, un partido que ya ha ganado en las últimas elecciones europeas y que lleva el cuestionamiento de la Monarquía en sus siglas.

Artur Mas recuerda al auge y caída de un CEO megalómano: convirtiendo la empresa heredada en un proyecto corporativo mesiánico (“Procesalia” o “Nacionavaldrían como naming); transformando la cultura corporativa y sustituyendo el cuidado de los negocios por los golpes de efecto; invirtiendo en mercados que desconoce con un discurso visionario y el apoyo de consejeros mediocres. Transcurridos pocos ejercicios, con la acción por los suelos, corre el peligro de terminar fraccionando la compañía para entregarla a la competencia. En breve, todavía en euros, la coalición puede partirse y Esquerra podría comprar lo que quede de cueva, y desahuciar a la cúpula de la coalición. O peor aún, podría simplemente okuparla.

La opinión pública sigue en los medios al deshoje de la margarita de Duran, pero mismamente La Vanguardia es la mejor estación meteorológica para analizar el clima político catalán. Sus editoriales siguen haciendo verdaderos equilibrios para apoyar simultánea e inquebrantablemente al president y a la institución monárquica. A millones de catalanes parece darles igual que Esquerra se coma a CiU con romescu, pero hasta el relativismo del conde de Godó tiene un límite. Y es precisamente ese. Si Mas va demasiado lejos, lo sabremos por sus páginas.

Tribuna
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