Aritmética de Rajoy

“En materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para bien” Sir Francis Bacon En su libro, Los Presidentes españoles (LID Editorial), José Luis Álvarez disecciona

Foto: El presidente Mariano Rajoy junto a Soraya Saénz de Santamaría (Reuters)
El presidente Mariano Rajoy junto a Soraya Saénz de Santamaría (Reuters)

“En materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para bien”

Sir Francis Bacon
 

En su libro, Los Presidentes españoles (LID Editorial), José Luis Álvarez disecciona la personalidad política de cada uno de los inquilinos de la Moncloa. A la hora de hablar de Mariano Rajoy, la gestión del capital político toma un papel especialmente importante. Según Álvarez, la mayor destreza de Rajoy es la denominada “acción robusta”.

“Es la orientación de un mandatario a ser eficaz en el corto plazo sin por ello dejar de acumular capital político, para aumentar la libertad táctica a largo plazo”, como define el periodista argentino Bernardo Neustadt. O en palabras más directas: administrar votos, confianza y poder para seguir siendo políticamente operativo e influyente. Ahorrar y calcular. Evitar la confrontación directa.

Lo que hizo Adolfo Suárez legalizando el PCE es lo contrario de la acción robusta. O Aznar metiendo a España en la guerra de Irak pese a una oposición social, al menos, considerable. La histórica política de CiU, con un pie en Madrid y otro en Cataluña, y una gran flexibilidad de discursos y posiciones, sería el ejemplo contrario.

El colchón

No hay ningún presidente de la democracia más conservador que Mariano Rajoy. Ninguno. Olviden la concepción más ideológica del término. Hablamos de falta de impulso para acometer reformas (con R mayúscula). Cuando su gabinete llegó al sillón a finales de 2011, el capital político era máximo (ni siquiera Aznar tuvo nunca 186 diputados), así como la gravedad de la recesión y la urgencia de medidas, pero la acción gubernamental no iba a alejarse del estilo administrativo. De la política funcionarial.

No hubo convencimiento ni valor para acometer reformas que dieran la vuelta, por ejemplo, al disfuncional mercado laboral o a la pobre estructura productiva. En su lugar, se administró la devaluación interna, cierta poda de la Hacienda y legislación continuista. Arriolismo nuclear, ni siquiera truncado por una política de comunicación, muchas veces inexplicablemente torpe y errática.

“Contra Giulio Andreotti, a quien se atribuye la conocida hipótesis de que el poder sólo desgasta a quien no lo tiene, podríamos argumentar que, cuando el poder se utiliza para transformar la realidad, erosiona necesariamente capital político. No ocurre lo mismo cuando el poder se ejerce para mantener las cosas como están”, afirma José Luis Álvarez.

Así pues, el dibujo de la presidencia de Rajoy es claro: salir de la crisis con 186 diputados bajo el colchón, aun a sabiendas de que muchos de ellos serían inevitablemente sacrificados bajo el fuego de la recesión. Porque recortar no es gratis. A cada lado del cuadro, dos bastidores claros: la exigencia de Bruselas y el conservadurismo del presidente. Todo ello explica al ‘invisible’ Mariano.

Plasma y hielo

La política de ocultamiento de Rajoy tiene una lógica simple. El presidente entiende que minimizando su presencia en público y en medios de comunicación, minimiza también el desgaste de su Ejecutivo, al menos a título personal. Enviar a Soraya, Cospedal o a Carlos Floriano a la arena diaria como testaferros evita la asociación escénica de Rajoy como cara del desastre, de las malas noticias. De ahí el surrealista capítulo de la pantalla de plasma, absurda exhibición de alergia mediática (es sabido que Mariano desdeña a los periodistas) llevada al paroxismo más berlanguiano.

La invisibilidad y el tancredismo de Rajoy, unidos a su endémica flema, le han valido la acusación de timorato, pusilánime y hasta incapaz. Es razonable exigirle mayor presencia y resolución, pero confundir su tempo gélido con torpeza política es un error. Al menos, las carencias de Rajoy no residen ahí. No puede decirse que nadie le marque la agenda.

Es una tentación constante pensar que el presidente sólo tiene musarañas en la cabeza, pero ningún tonto habría salido vivo de aquel Congreso del PP en Valencia, en 2008, tras la segunda derrota consecutiva ante un zapaterismo henchido pero de modesta figura. Sirva como ejemplo, al menos, de su dominio de la fontanería política.

Confunde y vencerás

Olvidan quienes tachan a Rajoy de autismo político que la ambigüedad, como afirmaba Mitterrand, es una herramienta básica para la supervivencia política. No digamos la opacidad. Y Mariano las ha ejercido con insuperable soltura. Javier Marías le llamó “esfinge asiria”, como aquel enigmático Cosme de Médici de la Florencia de la Baja Edad Media.

El problema ahora es que la irrupción de Podemos, entre otras cosas, ha devorado la “hucha bipartidista”. Las encuestas auguran la voladura inevitable del tablero político conocido. Ante esta implosión de las fuerzas clásicas, Rajoy debe modificar radicalmente sus cálculos. El desgaste político con el que contaba el presidente (ya de por sí muy importante estos años) se ha disparado ante la atomización del voto y, por qué no decirlo también, el agravamiento del problema de la corrupción. Nunca una mayoría absoluta se había consumido tan rápido.

Así pues, la aritmética de Rajoy (de cuño gallego y arrioliano) debe borrar y hacer números nuevos, aunque su esencia no cambie. Mariano es una cartilla de ahorros con sello de 1978, aunque queda la intriga de saber si, con Pedro Sánchez llamando a Sálvame, Pablo Iglesias copando el fin de semana y, sobre todo, con las cifras económicas mejorando tímida pero sostenidamente, se vea en el futuro cercano a un Rajoy con mayor presencia pública. Eppur si muove.

Tribuna

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