¿Qué ha pasado en Cataluña?

El nacionalismo catalán ha ganado la batalla del lenguaje político. Incluso muchos que niegan ser nacionalistas lo asumen como propio con toda naturalidad

Foto: Foto: Reuters.
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Poco antes de las elecciones del 27-S leí un tuit de un periodista competente donde decía que acababa de entender la gravedad de la situación catalana, al borde de la ruptura social. Me sorprendió su sorpresa por algo bastante obvio para los visitantes asiduos de Cataluña, que hemos asistido a la deriva hacia una fractura social inevitable, consecuencia de la división de facto de la sociedad catalana en dos comunidades con desiguales derechos políticos.

Dos categorías de ciudadanos

Por ejemplo, aunque el 55% de los catalanes es de lengua materna castellana, según estadísticas oficiales de la Generalitat, les es imposible elegir para sus hijos una educación bilingüe con el castellano como lengua vehicular. Discriminación que escandalizaba bajo el franquismo, cuando las víctimas eran las familias de lengua materna catalana (o vasca o gallega). El nacionalismo catalán ha conseguido, sin embargo, que algo considerado aberrante bajo el franquismo sea considerado ahora, por muchos que se consideran sinceramente demócratas, un modelo progresista de “cohesión social” (la “cohesión nacional” también era el argumento franquista para prohibir el bilingüismo en la escuela: tan nacionalistas unos como otros).

No es mi intención ahora tratar sobre educación, sino señalar este singular deslizamiento del lenguaje político que otorga significados antagónicos al mismo enunciado, “escolares a los que no dejan educarse en su lengua materna”: era una agresión intolerable bajo el régimen franquista, pero significa “progreso social” bajo el nacionalismo 'democrático'.

¿Qué late bajo semejante giro? Un hecho clave en toda esta historia: el nacionalismo catalán ha ganado la batalla del lenguaje político. Incluso muchos que niegan ser nacionalistas lo asumen como propio con toda naturalidad, por ejemplo el PSC, al asumir el falaz “derecho a decidir” o “Cataluña es una nación”, sin percatarse de que, digámoslo así, 'hablar en nacionalista' es el paso previo a 'pensar en nacionalista'. El nacionalismo ganó el monopolio de la representación del mundo catalán.

La debilidad política y discursiva de los constitucionalistas es la principal ventaja del nacionalismo

Tampoco era fácil darse cuenta de lo que bullía bajo la uniforme corteza del pensamiento único nacionalista -propagado por casi todos los medios de comunicación y sistemáticamente cultivado en la escuela pública- si la información procedía únicamente, como suele pasar, de los círculos nacionalistas o asimilados. Para conocer de primera mano la profundidad de la fractura negada era necesario hablar con catalanes sistemáticamente excluidos de la comunicación pública, e incluso agredidos y acosados cuando reivindicaban la igualdad de derechos y el bilingüismo educativo.

La solución: menos nacionalismo y no más

Los resultados del 27-S han revelado que, sobre la cuestión de la independencia, la sociedad catalana está dividida en dos mitades electorales casi simétricas, 47% favorables y 51% contrarios. La mitad contraria es algo mayor y eso ha impedido por esta vez el éxito de la secesión, pero no tanto como para impedir nuevas intentonas en los próximos años (una situación similar a la de Escocia y a la que sufrió Quebec). También es una mitad más débil porque carece de un proyecto tan rotundo y cohesionador como el separatista, y está subdivida por los antagonismos de partido -y las ocurrencias de esos 'sabios' que proponen más concesiones constitucionales al separatismo- que impedirán un Gobierno constitucionalista catalán alternativo al separatista. Es el problema de fondo y el pecado original: la debilidad política y discursiva de los constitucionalistas es la principal ventaja del nacionalismo.

Que el voto informado sea el realmente minoritario es consecuencia de esa victoria aplastante del nacionalismo en el dominio del lenguaje político

Es verdad que probablemente los separatistas serían muchos menos de ese 47% de ser realmente conscientes de las consecuencias de romper con España (desde la pérdida de la nacionalidad hasta la salida de Europa, pasando por la fuga de empresas y capitales: todo lo que se ha mostrado y negado en la campaña), es decir, de si hubiera más y mejor voto informado: las encuestas señalan que menos del 30% de los catalanes desean la independencia 'a cualquier precio'.

Que el voto informado sea el realmente minoritario no solo es consecuencia de un fenómeno negativo de la mayoría de las democracias -el desentendimiento político de la mayoría y la influencia determinante de las superficiales TV-, sino de esa victoria aplastante del nacionalismo en el dominio del lenguaje político y de las representaciones simbólicas. Éxito allanado por las constantes concesiones de los partidos de gobierno españoles desde los tiempos de la UCD, cuando se aceptó como una regla no escrita que gobernar en Madrid exigía apoyo o, al menos, no beligerancia de Bilbao y Barcelona.

Es lo que debemos: superar al nacionalismo con un proyecto de nación y ciudadanía más atractivo, integrador e inclusivo y propio de nuestra época

El precio eran las interminables dádivas, comenzando por la estratégica de la educación y de los medios de comunicación y acabando con la retirada del Estado de derecho en Cataluña, donde queda casi impune que las instituciones incumplan sentencias y transgredan leyes o los gobernantes roben a mansalva. Entre tanto, los partidos del sistema han preferido ofrecerse a ser más generosos que el contrario para ganarse el apoyo coyuntural del nacionalismo. En el debate sobre la reforma del Tribunal Constitucional celebrado en el Congreso, PSOE y PP se enzarzaron sobre quién era más culpable de que las cosas hubieran llegado al borde de la secesión catalana. ¿Rajoy por antipático o los socialistas por oportunistas? El principal responsable, el nacionalismo catalán, quedaba absuelto 'ab initio'.

¿Tiene la cosa remedio? Sí. En 1945, pocos podían creer que fuera posible la reconciliación e integración política entre alemanes y austriacos y los países que agredieron salvajemente: Francia, Holanda, Reino Unido y los demás. Y sin embargo, la fórmula europeísta de grandes políticos como Monnet, Schuman, Spaak o Adenauer, precisamente como superación de los nacionalismos agresivos que habían producido dos guerras mundiales, funcionó contra todo pronóstico pesimista. Es lo que debemos hacer en España: superar al nacionalismo ofreciendo un proyecto de nación y ciudadanía más atractivo, integrador e inclusivo y propio de nuestra época.

La ruptura interna catalana y el riesgo de ruptura con España tienen solución, pero esta radica en menos nacionalismo, no en más. Y en un diseño constitucional coherente, realista y eficaz: un auténtico sistema federal (no seudofederal o confederal, como el socialista), sin privilegios ni agravios para nadie, que recupere la confianza mutua y el desvanecido sentimiento de nación plural y ciudadanía común. Lo demás solo servirá para mantener abierta la herida hasta el próximo asalto, que podría ser fatal.

*Carlos Martínez Gorriarán (@cmgorriaran), portavoz adjunto de UPyD en el Congreso de los Diputados.

Tribuna
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