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El Brexit a vista de pájaro

Las contracorrientes entre el mundo anglosajón y el europeo continental de corte franco-germánico son profundas. Empirismo frente a racionalismo

Foto: Campaña para el referéndum británico. (EFE)
Campaña para el referéndum británico. (EFE)

"The best way to predict the future is to create it", Peter Drucker.

'Hay niebla en el Canal, el Continente está aislado'. Este titular de un periódico inglés aparecido a principios de siglo pasado recoge ese cinismo anglosajón que se regocija en su propia insularidad y encarna la excepcionalidad con la que les gusta interpretarse frente al resto de Europa. La votación que tendrá lugar el mes que viene sobre, ni más de menos, la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea, está a la altura. Sobre la mesa están la pertenencia a un mercado único que representa más de la mitad de las relaciones comerciales con el exterior, un centro financiero en Londres que acapara la mayor actividad sobre una moneda, el euro, que no comparten, y una historia larga de desencuentros con un proyecto de integración política cuyo sentido siempre han negado.

Una visión pragmática sobre el desastre económico que sobrevendría a una salida y la juventud acudiendo a las urnas deberán decantar la permanencia. Sin embargo, la mera celebración de la consulta y las consecuencias devastadoras por el lado político de una improbable salida, un reguero de pólvora en forma de plebiscitos por toda Europa, tienen veladamente aterrorizado a todo el 'establishment' europeo. El evento tiene pues una significación mucho más trascendente y crítica de lo que puede parecer, a priori, una excentricidad más del pueblo con mayor tradición parlamentaria de la Europa moderna. Al fin y al cabo, no ha habido ninguna reserva soberana seria a la gestión de la crisis Europea en el último lustro. No es tanto lo que persiguen los que plantean la salida -un sueño identitario rayano en el romanticismo imperialista del s. XIX- como lo que encuentra e interpreta el resto de Europa en la mera posibilidad de fractura real con el desentendimiento de uno de los grandes.

Corrientes subterráneas

Un vistazo a la génesis de la convocatoria del referéndum arroja mucha luz para entender el tenor del mismo. A finales del 2011 y principios del 2012, en plena efervescencia de la crisis del euro, con los mercados descontando la insostenibilidad de las finanzas en los países periféricos, el riesgo real de ruptura de la moneda única y la salida del 'premier' Italiano Berlusconi por la puerta de atrás al no plegarse a las exigencias del guion, se construyó un consenso político liderado por Merkel alrededor del principio de contención presupuestaria plasmado en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. La crisis de deuda afectaba a Europa en toda su potencia y se recogió constitucionalmente la necesidad razonable de contener ese endeudamiento planteándose objetivos de reducción de déficits. Todos, con la excepción del Reino Unido, ratificaron el Pacto en marzo del 2012.

El primer ministro Cameron se negó a plegarse a la iniciativa alemana a pesar de liderar un partido conservador en cuyo ideario de política económica el orden fiscal y el equilibrio presupuestario suelen estar en primera línea. En la versión más marginalmente política, el 'premier' británico atendía a la facción más reaccionaria de su propio partido conservador con miras a evitar la escisión -aquella que hace de la defensa a ultranza de la identidad nacional un 'modus vivendi'-. La Reina, la Cámara de Lores, la Commonwealth y un glorioso pasado imperial no son aquí meros vestigios culturales anacrónicos, sino auténticos estandartes de acción política en pleno s. XXI. Aquí también, en lo más hondo, una aversión visceral a cualquier atisbo de liderazgo alemán en Europa negándoles el derecho a transcender y purgar los horrores de los conflictos bélicos de principios del siglo pasado. El posicionamiento es radicalmente reaccionario y en contra del signo de unos tiempos en que la globalización cimenta inexorable la consolidación de bloques políticos sobre bases económicas.

Es natural que todo el 'establishment' occidental extraeuropeo ose posicionarse públicamente a favor de la permanencia, desde el presidente de EEUU hasta las instituciones internacionales garantes del orden democrático liberal. Sin duda, como dice Cameron, apelando a la participación de la juventud en el voto, “este es un voto de por vida” y una oportunidad singular de dar carpetazo a las tensiones históricas.

Con un espíritu crítico propio de la tradición parlamentaria inglesa, la mera convocatoria tiene los méritos de evocar una reserva real a la fisonomía del actual “liderazgo” alemán de una Europa que sufre una crisis existencial. Desde la decisión unilateral de abrir las fronteras europeas a la inmigración islámica con los refugiados sirios al espectáculo patético de otra vuelta de tuerca en Grecia, el rostro está muy desfigurado. Aun no siendo parte constitutiva del euro, es del mundo anglosajón, EEUU incluido, de donde han partido las críticas más fundamentadas a las posibilidades de sostenibilidad de una unión monetaria a largo plazo sin el corolario de una unión fiscal y una unión bancaria apenas esbozada.

¿Qué pretensión puede tener Europa de posicionarse en un mundo globalizado si no es como propuesta occidental diferenciada a la hegemonía americana?

Mientras la periferia deudora se ha plegado a la contención presupuestaria y las devaluaciones internas en pos de la competitividad -un requisito categórico a largo plazo- Alemania parece incapaz de sacrificar su aversión instintiva al gasto (schuld=deuda=culpa) a favor de un interés común europeo. Que la pertinencia del formato actual en la gestión de la crisis, por naturaleza interino -uno en el que el hegemon económico financiero sujeta la chequera y espera la convergencia en gobernanza económica del resto- maximice la posición mercantilista (superávit por cuenta corriente del 7%, tipos negativos, competitividad estructural vendiendo en euro), no legitima la dilación velada y, por ahora, omisión de liderar la construcción del proyecto europeo.

Las contracorrientes entre el mundo anglosajón y el europeo continental de corte franco-germánico son profundas y hunden sus raíces en posicionamientos filosóficos, jurídicos, económicos, históricos. Empirismo frente a racionalismo. 'Common law' y criterio jurisprudencial en el ordenamiento jurídico frente codificación y preeminencia normativa, un corolario de lo anterior. Economía financiera vs industrial, políticas de demanda (Keynes) frente a oferta (Hayek).

¿Qué pretensión puede tener Europa de posicionarse en un mundo globalizado si no es como propuesta occidental diferenciada y matizada a la hegemonía americana del último siglo? ¿No es Gran Bretaña imprescindible en este proceso? Donde están los riesgos -el desentendimiento inglés del proyecto europeo- siempre están las oportunidades, digerir la reserva, sintetizarla, utilizarla como una puente de acceso a una realidad más imperante.

Un dialogo alemán-ingles: terreno fértil

La ascendencia anglosajona sobre Alemania es uno de los acicates a sacarlos de su introspección; más de medio siglo de contrición es suficiente. Desde los vestigios de un Imperio global basado en el cosmopolitismo y el comercio, la supremacía cultural enarbolada por el inglés como lengua global, o en la propia teoría económica, son todos ellos elementos que dejan a los alemanes con un cierto sabor de provincianismo, de 'parvenous'. Sirva como ejemplo la sensación de desasosiego con la que quedan los interlocutores en foros internacionales ante las intervenciones del Sr. Schauble a favor del equilibrio presupuestario, religiosamente, “no matter what”. La superación de ese "complejo", la asimilación de esta ascendencia, la salida a la escena internacional de Alemania con un papel político a la altura de su preeminencia económica es imprescindible en la catarsis europea. Todas las demandas de los amigos americanos en este sentido han caído en saco roto.

En este desplante británico a la UE y bajo una coyuntura crítica en la que la estructura institucional hacia la integración zozobra frágil con el asalto imperante de populismos, Alemania necesita cristalizar precisamente el sentido más acusado del genio anglosajón, su pragmatismo. Europa corre riesgos enormes ante otro revolcón cíclico serio sin una aportación alemana inequívoca a la integración europea más allá del aval condicionado en el pago de la deuda. Y ello pasa por su contribución a la inercia del crecimiento, más que menos presente en la periferia, dando uso a los ingentes ahorros por cuenta corriente gastando en un país sin infraestructuras, y una vocación política real en la integración. Se trata de converger y así como la periferia debe abrazar la disciplina como un nuevo credo demasiado tiempo olvidado, Alemania debe ser capaz de controlar una aversión instintiva a la concupiscencia y desplegar una tolerancia con tintes paternales frente a sus menores económicos; quizá descubran mayor vitalidad no en sucumbir o erradicar la tentación, pero en gestionarla.

¿Y qué tiene la cultura anglosajona que tomar de la virtud alemana? Un vistazo rápido al paisaje global tras 70 años de globalización y capitalismo rampante de la mano americana y siete de Gran Recesión sugiere que absolutamente todo. Los grandes excesos del capitalismo en aras de la globalización, desde la orgía de deuda sistémica, la desregulación financiera, la instrumentalización de jurisdicciones -o falta de, a favor del capital- hasta el estropicio medioambiental son todos síntomas con un denominador común: la libertad se ha desentendido de la responsabilidad. La realidad empírica ha escapado a la capacidad jurisdiccional y el orden que inocula. Alemania encarna sin igual la adscripción a la ley y a la norma, el poder de la lógica, una vocación natural a la disciplina y al orden, que son todos elementos imprescindibles en la gestión de los limites encontrados por la globalización en esta Gran Recesión.

Todos y cada uno de los grandes problemas de los europeos (y por extensión de Occidente) tienen su origen en la insuficiencia de la jurisdicción nacional para lidiar con la naturaleza de fenómenos ligados a la globalización. Las homilías políticas a nivel local suenan cada vez más como un cacareo fútil destinado a cimentar más aún la desafección del electorado con sus políticos. Los populismos en todas sus versiones: rascan ya los cimientos del sistema.

Los populismos recogen el sentimiento de impotencia de los desafectados por gobiernos que no definen soluciones porque no plantean bien los problemas

La "inequidad" o la destrucción de las clases medias: el 70% de la población ha visto disminuir su nivel de rentas reales en los últimos 30 años como resultado de la tecnología y la deslocalización por la que la gran multinacional busca por el mundo marcos legales laborales, fiscales o medioambientales “más competitivos”. La evasión fiscal, las tasas impositivas reales en mínimos, los balances saneados ('cash hoarding') y los márgenes en máximos históricos son el corolario de un consumidor endeudado y una demanda estructuralmente anémica ('secular stagnation'); un sistema económico gripado al que no levantan ya los estímulos monetarios. Los problemas de inmigración y asimilación cultural y los paralelos de terrorismo, seguridad y defensa. Los problemas medioambientales y la capacidad del sistema de afrontarlos con una miríada de intereses creados e interlocutores.

Los intentos europeos de armonizar y homogeneizar son la punta del iceberg de lo que se viene, inexorable, y una marca de esta nueva etapa de la globalización abierta por la Gran Recesión en la que la Unión Europea y su instinto de superación de soberanías nacionales como criterio de ordenación social es patente de marca. Las criticas de burocracia, intervencionismo e intrusión -parte esencial de la propuesta de salida- con una UE que maneja un presupuesto menor al 2% del PIB europeo para administrar estas realidades son tan fútiles e insulsas como infantiles.

El reloj sigue corriendo

Dice el tercer principio de la dinámica formulado por ese genio inglés de la matemática que fue Newton que un objeto sobre el que se ejerce una fuerza o presión reacciona con la misma en sentido contrario o se rompe. Desde dentro, los populismos de todos los signos recogen el sentimiento de impotencia de todos los desafectados por gobiernos que no llegan a definir soluciones porque no plantean bien los problemas.

Encontrar una identidad que trascienda las facciones culturales es algo que compartimos; hacerlo superando la marca nacional, nuestro Santo Grial

Desde fuera, el elenco de fuerzas sigue imparable. Chinos, indios y demás economías emergentes presionan legítimamente, imparables, la posición competitiva de una Europa mucho tiempo en letargo. El zar Putin se regocija maquillando prácticas maquiavélicas de 'real politik' con altisonantes declaraciones de civismo global. El mundo del islam, marcado por sus fundamentos religiosos difícilmente conciliables con el credo de valores liberal democrático, acecha imperante con olas incipientes de inmigración las fronteras europeas. Y de su parte, los amigos americanos, conscientes de los cambios acontecidos en las últimas décadas, declinan el ejercicio unilateral de la autoridad para garantizar el orden internacional liberal e invitan constantemente a Europa a conformar un ente político a la altura de su poder económico y su ascendencia cultural en la historia. Encontrar una identidad que trascienda las facciones culturales es algo que compartimos; hacerlo superando la marca nacional como organización política nuestro Santo Grial.

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