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Brexit: Europa prepara su Rubicón

Gran Bretaña está sumida en una crisis económica, política y constitucional sin precedentes con un Gobierno descabezado y una oposición fracturada

Foto: Fotografía de archivo del exalcalde de Londres, Boris Johnson, en un encuentro con los medios después de que la campaña a favor del Brexit ganara el referéndum. (EFE)
Fotografía de archivo del exalcalde de Londres, Boris Johnson, en un encuentro con los medios después de que la campaña a favor del Brexit ganara el referéndum. (EFE)

“The best way to predict the future is to create it”, Drucker (II).

El resultado del referéndum sobre el Brexit con el que nos desayunamos la mañana del 24 de junio fue tan inesperado como trascendente a medio plazo. Contra todos los últimos pronósticos, los británicos votaron por salirse de la UE por estrecho margen. La lectura inicial del mercado fue traumática con las bolsas europeas periféricas marcando las mayores caídas históricas diarias. Sin embargo, según se despeja el horizonte, se han venido recuperando posiciones perdidas de tal forma que el varapalo a una semana de hechos ha quedado a la mitad. Al margen de la volatilidad asociada a este evento singular, la transcendencia del hecho es histórica y puede representar un punto de inflexión en la crisis existencial de la Unión Europea y más concretamente de la eurozona. Como un seísmo, el movimiento de placas tectónicas geopolíticas dibujará un panorama bien diferente.

No es nueva esa lucha soterrada entre un modelo de gobernanza global basado en la contingencia, la negociación de corte soberanista, y por vacío jurisdiccional típicamente anglosajón y otro, continental, basado en el rigor de la ley y el mantenimiento de principios, de alcance internacional, encarnado en la UE e inspirado por el eje franco-alemán. Y se ha dirimido a favor del segundo.

Tanto si el Reino Unido no acaba de invocar el artículo 50 que dispara oficialmente los tiempos de negociación para la salida de la UE tras una eventual convocatoria de nuevas elecciones que constitucionalmente rescinda el mandato plebiscitario en otoño, y eventualmente permanecen, como si el resultado final de unos nuevos acuerdos sobre la relación asimilan a los británicos a Noruega o a Suiza, el desencuentro británico representa oficialmente la degradación a un nuevo papel menguado en la esfera internacional. Una disonancia con la música de los tiempos, decadente, en clave de suicidio, de tintes numantinos.

Lo triste del proceso es que, a escasas horas del resultado, un análisis de los resultados reflejaba la conflagración perversa de grupúsculos que han encendido la opción de salida: desarraigados de la globalización, xenófobos y las facciones más retrogradas del partido conservador. Todas ellas bien fogueadas en la incriminación de Europa en general por cualquier problema existente y entregadas a un deporte nacional, el 'eurobashing' desde hace décadas, un fenómeno transversal en toda regla, y del que hemos tenido holgada experiencia en los episodios más agudos de la crisis euro. Del otro lado, una mayoría holgada de jóvenes sintonizados con el espíritu de más Europa, las fuerzas del 'establishment', Irlanda y Escocia, y toda la batería de expertos (FMI, OCDE, BCE) que habían vaticinado a viento y marea las consecuencias nefastas que sobrecogerán al país por el intento de salida. Desde mayor incertidumbre, parón de la inversión, inflación, ajustes presupuestarios con caída del gasto público y subida de impuestos, desplome del sector inmobiliario... A tiro pasado muchos de los votantes a favor de la salida reniegan de su voto y aducen haber sido engañados por los pintorescos Farage y Johnson: el 'Bregret'.

Los desarraigados de la globalización, xenófobos y las facciones más retrogradas del partido 'tory' han encendido la opción de salida

A lo hecho pecho. Gran Bretaña está ahora sumida en una crisis económica, política y constitucional sin precedentes con un Gobierno descabezado, una oposición fracturada y unos políticos que apoyaron la opción de salida no ya sin un plan para capitalizar la victoria y el 'Día de la Independencia', sino sin un mapa de mínimos para gestionar la fractura social y económica que caóticamente se esparce como un reguero de pólvora. En un capricho de la historia, la tradición parlamentaria británica, un paradigma de la sociedad abierta y de la que el resto del mundo es acreedora, puesta del revés por un referéndum con marcado signo populista que se ha gestionado y decidido más por las tripas que por el debate y la razón. La excelencia de la democracia humillada por la demagogia y el populismo.

Todavía albergamos la esperanza de que los socios británicos hagan acopio de sentido común y la crisis constitucional en ciernes catalice en unas elecciones donde la propuesta por Europa y la consiguiente revocación del referéndum prevalezca sobre unas negociaciones muy difusas en las que llevaran siempre la peor parte.

En su despedida del Consejo Europeo esta semana Cameron clamó que con más holgura en el capítulo de la inmigración podría haber presentado otro resultado y tuvo una acogida muy fría por parte de los socios. En última instancia lo que se ha debatido es la adscripción al valor de la norma y la prevalencia de principios encarnada por la UE, y un sesgo constante a reclamar la excepcionalidad sobre tintes identitarios. No cabe acceso al mercado único de bienes y servicios sin libertad de circulación de personas, como cualquier otro Estado miembro de la UE. Las corrientes subterráneas de un modelo legal y jurídico anglosajón anclado en la jurisprudencia se topan con la tradición constitucionalista del continente apuntalada por una comunión alemana con el rigor de la ley que es una fuente de envidia sana en todo Occidente. Y es que, como venimos señalando en varias ocasiones, la oportunidad y legitimidad del proyecto europeo de más unión viene ampliamente avalada por la naturaleza transnacional de los problemas que aquejan y aquejarán al ciudadano de a pie en pleno siglo XXI.

No cabe acceso al mercado único de bienes y servicios sin libertad de circulación de personas, como cualquier otro Estado miembro de la UE

Una vez más, y gracias a este referéndum, la entidad y solidez de la UE viene a apuntalarse. Desde que rompió la crisis en Grecia hace casi siete años, el sorteo de vicisitudes ha sido sistemático con cualquier intento de ruptura abortado. La salida de Berlusconi en noviembre del 2011, los 'rescates' de Irlanda y Portugal, el bancario español del 2012, el repliegue de Tsipras en Grecia a las exigencias europeas mínimas de 'standards' de gobierno. Todos ellos son capítulos que debieran frenar a los agoreros más recalcitrantes y revertir en buena instancia la insulsez y oportunismo de gran parte de las propuestas populistas alrededor del continente, sean de derechas en el norte o de izquierdas en el sur.

Efectivamente, el evento Brexit transpira una naturaleza distinta, cualitativamente diferente a las vicisitudes y contingencias económicas propias de la crisis euro. Al hecho incuestionable de que se trata de uno de los grandes, la refutación política, legal, judicial, constitucional e ideológica que encarna el desencuentro entre Reino Unido y la Unión Europea, otorga a este evento una significación histórica de proporciones inconmensurables que solo podremos calibrar en su justa medida con el paso de los años. Será interesante ver si a medio plazo la prima de riesgo en mercados bursátiles por la tan aclamada disfuncionalidad política europea muestra un punto de inflexión y remite finalmente, vista la confirmación de una pauta: supervivencia y adaptabilidad.

El coste explícito de aventuras políticas secesionistas o populistas en cualquier lado del espectro político se ha hecho evidente. También y sobre todo, la necesidad vibrante de articular, ilustrar y proclamar el mensaje pro-Europa, de una forma activa. Evidenciando sus méritos, su pertinencia, su legitimidad, y facilitando una crítica constructiva desde la razón, erradicando planteamientos abolicionistas y centrífugos. A pesar de toda la crisis existencial y el auge del populismo, lo cierto es que existen mayorías cualificadas a favor del proyecto en todos y cada uno de los países importantes. Esa línea es la batalla política del próximo lustro.

placeholder Nigel Farage, líder del UKIP, en una sesión plenaria del Parlamento Europeo en Bruselas. (Reuters).
Nigel Farage, líder del UKIP, en una sesión plenaria del Parlamento Europeo en Bruselas. (Reuters).

Desde ese espíritu de sociedad abierta óptima que simboliza Europa como modelo de superación de soberanías nacionales en este siglo XXI, es fundamental capitalizar el evento Brexit dando acogida a la parte más fundamentada de la crítica anglosajona, a la coyuntura actual europea: la sostenibilidad de la arquitectura euro y su capacidad de proyectar crecimientos económicos generadores de empleo suficiente para contener y remitir la marea populista y centrífuga. Europa difícilmente sobreviviría a otra crisis económica. Como bien dijo el vicecanciller alemán del SPD, Sigmar Gabriel, esta semana un “proyecto europeo que llegue al ciudadano de a pie.”

Y que el liderazgo alemán asuma de una vez por todas el nuevo estadio de la crisis, ahora bajo la anestesia del Banco Central Europeo (BCE), más velado, más sibilino, político en toda regla. De un lado la necesidad imperante de contribuir a la recuperación cíclica que sirva de contrapartida a la contención de deuda y la devaluación interna competitiva albergada oportunamente por toda la periferia, con el empleo del margen presupuestario y la recanalización de un superávit estructural por cuenta corriente del 7%. El ejemplo del señor Schauble con su presupuesto equilibrado puede ser 'a priori' un paradigma moral- “un imperativo categórico”, pero en este contexto en el que mercado les paga por tomar prestado y que el crecimiento no levanta, es más un fundamentalismo ideológico con perversas ramificaciones.

De otro, que empiece ya por fin el debate en Alemania, sobre donde sigue el proceso de integración, cómo perfeccionar una unión bancaria ridícula y cómo construir gradualmente esa unión fiscal que en ultimo termino supondrá la mancomunación de riesgos con nuestros eurobonos y Tesoro. Si hay algún país donde la asimetría cognitiva de la realidad -la naturaleza de la crisis euro como bancaria y no soberana entre gobernantes y electores es más profunda-, es precisamente en Alemania. La utilización política de un relato fácil en el que la periferia se pinta como despilfarradora, vaga e irresponsable, puede tener visos de verosimilitud, y como palanca de presión ha tenido una utilidad incuestionable para promover equilibrios macroeconómicos imprescindibles (presupuestarios, de cuenta corriente y de competitividad), pero no puede ser un pilar constitucional sobre la que fundar la sostenibilidad del proyecto Europa. Esa factura la tiene pendiente la señora Merkel, tanto con su electorado como con el resto de socios. Ella, esa maestra de los tiempos políticos, tendrá que calibrar muy bien el coste electoral en la proposición populista en Alemania, el AfD, que por ahora solo llega al 6-7% de intención voto.

El momento actual en Europa es absolutamente transcendente. La supervivencia del euro es crítica para mantener viva y fuerte la UE. Sencillamente, la probabilidad de supervivencia a medio plazo del euro en un entorno de crisis de deuda y desinflación es remota sin un cambio en la arquitectura actual. Esta realidad debería informar prioritariamente cualquier agenda de política nacional, incluida por supuesto la nuestra. No cabe ni la pasividad, ni la tibieza, ni la indolencia. La desafección entre gobernantes y electorados está legitimada porque no se nos dan soluciones, y no se dan soluciones porque no se definen bien los problemas. Veremos de nuestra parte la capacidad de encontrar ese espacio de reforma tan imprescindible en el centro y de incitar al debate más realista en Europa trascendiendo la mera adscripción partidista. La línea de batalla está en el próximo lustro en desvirtuar y desenmascarar la propuesta populista y centrifuga en la que desgraciadamente han caído los amigos británicos. Que no haya sido en saco roto.

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