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Las tres patrias de la izquierda
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Alberto G. Ibáñez

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Las tres patrias de la izquierda

La izquierda española perdió el discurso de sus líderes históricos, que supieron combinar sus ideas y el sentido de orgullo y pertenencia a una colectividad nacional

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante un mitin en Badalona. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante un mitin en Badalona. (EFE)

Hay que agradecer a Podemos que haya recuperado el término “patria” para la izquierda 'española'. Es verdad que emplea un concepto algo ambiguo, exclusivamente económico y social, y que encuentra los enemigos del pueblo español (compuesto esencialmente por los desfavorecidos) tanto en españoles (la casta política o económica) como en extranjeros (la troika, Merkel, el conglomerado financiero y las multinacionales). Pero algo es algo. Esta es la patria de Podemos.

Foto: Los líderes de Podemos en el mitin de cierre de campaña. (Reuters)

Hay un segundo patriotismo más amplio que lo ejerce la izquierda separatista-nacionalista. Aquí se incluyen sin complejos la promoción de los sentimientos de pertenencia colectiva de todos (ricos y pobres), un profundo respeto a los símbolos 'nacionales' (aunque algunos sean de reciente incorporación) y la exaltación inmoderada de una historia pasada que incita al orgullo 'nacional', poco importa si aquella resulta ser exagerada o parcialmente falsificada. Una parte importante de la izquierda española ve con simpatía a esta otra izquierda nacionalista (e incluso a la derecha separatista) aunque entre sus fines se encuentre romper la “comunidad de todos” y la igualdad, además de menospreciar que esos procesos rupturistas puedan afectar negativamente a los derechos de los pobres en otros territorios. Esta es la patria de ERC, la CUP y EH Bildu.

placeholder Manifestación en Barcelona el pasado 11 de septiembre. (Reuters)
Manifestación en Barcelona el pasado 11 de septiembre. (Reuters)

Un tercer patriotismo es el que ejercen los partidos nacionales de izquierda con naturalidad y sin complejos… en otros países de nuestro entorno. Esta sería la patria del Partido Socialista francés, el laborismo británico, el Partido Democrático italiano y la socialdemocracia alemana, o incluso de los partidos comunistas (donde existen) en esos mismos países. Se ha hecho poco hincapié en la curiosa y radical transformación que experimenta una parte importante de los miembros del PSOE o de Izquierda Unida cuando viajan a Francia. Entonces olvidan todos sus apoyos a las reivindicaciones nacionalistas y regionalistas, se instalan contentos a vivir en París o en la campiña y se deshacen en halagos hacia el modelo francés, pasando por alto su carácter claramente centralista, olvidándose de que allí también viven catalanes y vascos, bretones y corsos. Les parece incluso bien que el francés sea la única lengua vehicular para la educación o el instrumento clave de la “gran” cultura francesa. Aplauden igualmente que el modelo educativo sea único para toda la república como instrumento para asegurar la igualdad y el laicismo.

Se analiza poco la radical transformación que experimenta una parte importante de los miembros del PSOE o de Izquierda Unida cuando viajan a Francia

Vuelven a España y defienden un sistema de financiación particular (el cupo vasco) que implica hoy que unos ciudadanos en un territorio reciban un 60% más de financiación pública que el resto de españoles (algo inimaginable para la izquierda de otros países). Consideran igualmente poco aconsejable defender la bandera o sentir el himno nacional, contaminados por un pasado franquista (como si el resto de las naciones no hubieran tenido también dictadores). Pasan de nuevo la frontera y empiezan a entonar la Marsellesa, aunque no sea su himno…., sin importarles que incluso emperadores-dictadores como Napoleón también lo hubieran cantado. África no empieza en los Pirineos, pero ciertas contradicciones tal vez sí.

Y sin embargo, esto no tiene por qué ser así. De hecho, históricamente no lo ha sido: Besteiro y González en el PSOE, Jesús Monzón y el Carrillo de la Transición en el PCE supieron combinar sus ideas de izquierda y el sentido de orgullo y pertenencia a una colectividad nacional llamada España. Ideas típicas de la izquierda como comunidad, comunitarismo, ciudadanía cooperativa y solidaria o incluso el movimiento antiglobalización apuntalan la idea de un patriotismo donde no haya ciudadanos de primera y de segunda, y donde no existan privilegios… porque todos somos socios del mismo club con los mismos derechos y obligaciones.

placeholder Santiago Carrillo interviene en una sesión del Congreso. (EFE)
Santiago Carrillo interviene en una sesión del Congreso. (EFE)

Todo ello nos llevaría incluso a poder recuperar, desde la izquierda, una visión de nuestra historia menos pesimista y desoladora, donde seamos capaces de resaltar nuestras luces (que las hemos tenido) y sepamos poner en cuestión las sombras dentro del contexto y espíritu de la época. ¿Por qué no puede reivindicar la izquierda española las más de 25 universidades fundadas por españoles en América o el sinfín de hospitales en los que se atendía de igual forma a indios y españoles? ¿Por qué no defender con orgullo que fueran los españoles (la Escuela de Salamanca) los que inventaran los derechos humanos, precisamente aplicándolos a los indios, o que nuestros reyes redactaran la primera legislación laboral moderna reconociendo derechos a los indígenas de los que carecían gran parte de los europeos? Otra cosa es que esas normas siempre se cumplieran, como por cierto sigue ocurriendo hoy.

Históricos del PSOE y PCE supieron combinar sus ideas de izquierda y el sentido de pertenencia y orgullo a una colectividad nacional

¿Por qué no poder reivindicar desde la izquierda nacional un patriotismo transversal e integrador donde con toda naturalidad un ateo, homosexual, comunista y federalista pueda sentirse tan patriota español como un católico, padre/madre de familia numerosa, de derechas y jacobino? ¿Por qué no? Es lo que garantizaría mejor la igualdad, la paz y el progreso, lo que sucede en “todos” los demás países, en definitiva, lo que a todos nos conviene. ¿No resulta posible acordar lo esencial, que siempre es común, y seguir debatiendo y peleándonos por los matices que puedan mejorar el conjunto? Cada vez que dos españoles se pelean alguien se ríe de nosotros y se frota las manos.

Todos saldríamos ganando, especialmente nuestra cohesión y progreso social, pero sobre todo la propia izquierda, que saldría fortalecida y legitimada de este sano proceso de autocrítica.

Izquierda Unida Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)