Presidenciales: Francia, la llave de Europa

El país galo dirime para Europa y de Europa para el mundo, un sistema abierto e inclusivo frente a otro cerrado y exclusivista, liberal frente a proteccionista, lo que nos es y debe ser común

Foto: Un cartel electoral del Frente Nacional arrancado en Tulle, Francia. (Reuters)
Un cartel electoral del Frente Nacional arrancado en Tulle, Francia. (Reuters)

“…la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena nuestra cultura europea”. Stefan Zweig

Las elecciones presidenciales francesas del 7 de Mayo representan uno de esos eventos históricos cuya significación y trascendencia definen las épocas. La esperada victoria del centrista liberal Macron sobre su rival Le Pen, populista y nacionalista, tiene todos los visos de constituirse como fenómeno catalizador de tres fenómenos concomitantes: la regeneración interna de Francia, la revitalización del proyecto Europa hacia una mayor integración con su núcleo existencial en la gobernanza del €, y la activación de Europa como potencia política internacional, todavía en su infancia e inmejorablemente equipada para hacer frente a los retos de la globalización. El relevo del frente anglosajón en la vanguardia de la civilización agotado, por necesidad, en las hechuras de la nación soberana (Brexit, Trump), es un perfume suficientemente seductor a la inspiración gala, que hunde sus raíces en aquel siglo ilustrado de las luces. Podrá ser también un bálsamo para que Alemania trascienda su eficiente introspección. Efectivamente, Francia, en estas elecciones, dirime para Europa, y Europa para el mundo, un sistema abierto e inclusivo frente a otro cerrado y exclusivista, cosmopolita frente a nacionalista, liberal frente a proteccionista, lo que nos es y debe ser común. La razón frente al particularismo y la fragmentación.

La catarsis interna de Francia

Mirándose al espejo Francia no se encuentra. Sobrepasada por esa preeminencia anglosajona de los últimos 200 años parece ir a la zaga de los acontecimientos: desde los enfrentamientos bélicos con los vecinos alemanes, pasando por el vapuleo por su pasado colonial, Argelia y Suez, hasta la inocuidad supina en su papel en la crisis del €, Francia sufre 'la malaise', su particular crisis de identidad, propia de todas las naciones europea, desbordadas por los acontecimientos. A lo cual, a modo de defensa inmunitaria ha venido desarrollando un modelo de simbiosis mercado-Estado, elefantiásico. El peso del Estado sobre la economía –un 60% frente a la media europea del 40%– es omnipresente y comparativamente anacrónico en el siglo de la competencia global .

Francia sufre 'la malaise'…, su particular crisis de identidad, propia de todas las naciones europea, desbordadas por los acontecimientos

En ese proceso de regeneración interna, esa Francia, siempre cabreada, sabe que necesita sincronizar con la globalización y asumir las vicisitudes y exigencias de un libre mercado global. El arquetipo alemán de un Estado ligero y funcional pero fuerte, el 'ordoliberalismo', es la referencia en pos de la competitividad. Se busca en el papel del Estado, solo lo justo pero también, nunca menos de lo necesario. Pero si por un lado la liberación de las fuerzas creativas de un libre mercado está en Francia poco explorado, la reserva espiritual de ese fondo de sospecha, de crítica, sobre las deficiencias y excesos del mercado, tiene en Francia su mejor baluarte, y ha quedado vindicada a lo largo de la Gran Crisis financiera global, € incluido.

Mal que pese a muchos 'liberales', la crítica más fundamentada al capitalismo liberal de corte anglosajón de las últimas décadas es la instrumentalización sin miramientos del Estado a las fuerzas de mercado, la subordinación de la Ley al interés particular: desde la orgía desregulatoria en el plano de la "innovación financiera", origen de la Gran Recesión, hasta el aprovechamiento del vacío jurisdiccional internacional para afrontar realidades latentes como el cambio climático, o el rescate con dinero público de sistemas bancarios, o el indiscriminado 'race to the bottom' que tantas víctimas se ha cobrado en el propio Occidente. En todas y cada unas de estas instancias, la realidad del mercado ha corrido por delante de una capacidad jurisdiccional cuya defensa del interés general y protección de bienes públicos se ha abortado. Durante décadas el interés particular ha secuestrado el reconocimiento de que la libertad en sociedad necesita el contrapunto de la Ley y el Estado, sin los cuales aquella no deja de ser un mito. Y es Francia, con su reserva ideológica, la garante última de esa sospecha crítica y racional.

Un seguidor de Marine Le Pen ondea varias banderas durante un mitin electoral. (EFE)
Un seguidor de Marine Le Pen ondea varias banderas durante un mitin electoral. (EFE)

La crisis del euro

En el entuerto de la crisis del , en la que una unión monetaria no acaba de conseguir la voluntad política para consumar una unión fiscal y política, el consenso institucional, desde la propia Comisión, el ECB, el FMI o la OECDE, es que Alemania debe abandonar posiciones mercantilistas nacionalistas en favor del todo y volcar su superávit estructural por cuenta corriente del 8% hacia el todo, recanalizando excedentes a las zonas más perjudicadas en demanda interna, lo que peyorativamente se ha llamado “unión de transferencias”. Teoría económica de primer grado. El diagnóstico imperfecto de crisis bancarias y desajustes entre niveles de inversión y ahorro como crisis soberanas fiscales, que activó, debido a vacíos legales, tratamientos para la periferia con la contención de deuda y el posicionamiento competitivo muy duros pero efectivos. Un supino ejercicio de reestructuración de oferta ha dejado una sensación de hastío y desconcierto anclada en la psicología de acreedores y deudores.

Desde una visión nacional y cíclica, el formato de las políticas de “solidaridad por condicionamiento” ni ha sido liberal ni socialmente cohesivo

El juicio sobre el manejo de la crisis depende de la perspectiva que se adopte. Desde un punto de vista exclusivamente nacional y cíclico, el formato de las políticas de “solidaridad por condicionamiento” ni ha sido liberal ni socialmente cohesivo, como lo atestiguan niveles de desempleo en la juventud de la periferia cercanos al 50% o caídas del PIB del 30% en Grecia, más bien sugieren una imposición unilateral por parte del último garante del proyecto, Alemania. Pero desde un punto de vista europeo y estructural a largo plazo, la tríada de objetivos reformas, contención de deuda y competitividad, solo pueden ser una bendición ante la realidad inexorable de un mundo globalizado. La disciplina a favor de un mejor estándar de gobierno económico y política incrustada en la estructura € debe considerarse un proceso y, como tal, sujeto a los límites de lo que es deseable económicamente como posible políticamente. Ante una realidad política en la que los populismos de izquierdas en la periferia tienen posiciones parlamentarias casi de bloqueo, pocos dudan de que la falta de transformación del gobierno € no podría superar ya otra crisis económica, que inevitablemente llegará, con el mismo tratamiento.

Francia encarna por su tamaño, entidad, y legado histórico la única contrapartida política legítima para sentar a Alemania y reconvertir el criterio de gestión de la zona € desde una perspectiva nacional, en el caso alemán derivando en un sangrante mercantilismo, a otro genuinamente europeo, donde la innovación y la competitividad no estén reñidos ni con una política económica óptima para el conjunto de la zona € (en la que políticas fiscales anti-cíclicas a favor de la demanda interna estén regladas y condicionadas) ni con la cohesión social. La inclusión de Macron en su programa de un Tesoro europeo y eurobonos, mucho más explícita y contundente que otras propuestas de partidos del 'establishment', avalan tanto el conocimiento real y profundo de la naturaleza de la crisis, como la voluntad de encontrar soluciones decisivas. Pero Alemania, fiel a sus principios de disciplina, orden y rigor de Ley –un perfil que constituye la envidia del mundo occidental, incluidos anglosajones–, solo dará título de legitimidad a ese debate cuando Francia acometa esta catarsis interna que exorcice sus demonios con el pasado.

El papel de Francia en Europa

En el mundo las excentricidades populistas del Presidente Trump ya han tocado hueso y, como esperábamos, ha acabado subsumido por el 'establishment'. China ya no es manipulador de moneda, la OTAN es una excelente organización, no se retira de NAFTA y todo pasa por Wall Street, confirmando el repliegue en el tránsito de un mundo bipolar donde dominaba unilateralmente a otro multilateral en pre-emiencia. En eso ha quedado el eslogan 'America First'. Como contrapunto, en el momento más histriónico de Trump, América contra todos, el arropo que tuvo Europa en su defensa de la globalización y el orden internacional liberal por parte del resto del mundo parece conjurar el atisbo de una identidad europea.

Inicialmente de la mano de la gran multinacional americana han participado todos. A todos han llegado los réditos de la ciencia y el progreso

Y es que el mejor argumento contra los populismos nacionalistas es de naturaleza trasversal, internacional: el enorme incremento de riqueza y calidad de vida conseguido por el mundo en los últimos 70 años con la globalización de la mano del capitalismo. Inicialmente de la mano de la gran multinacional americana han participado todos. A todos han llegado los réditos de la ciencia y el progreso. Todos han mojado el picatoste en la taza y tienen un interés fuerte y recíproco en no desdibujar sustancialmente los perfiles del orden internacional liberal –China, Rusia y la mayor parte de Medio Oriente incluidos–. Si esto no es un logro soñado por los padres de la Ilustración –un fenómeno nuclearmente europeo–, se le parece mucho.

Ante el caldo de cultivo de los populismos en Occidente, el alto desempleo, el estancamiento generacional de los ingresos medios de gran parte de la población, las prerrogativas perennes del 'establishment' bancario y financiero –la asunción sistémica de la socialización de pérdidas ('too big to fail')–, un contubernio real, estos proponen la introspección, el proteccionismo, el tribalismo y la xenofobia, obviando esa realidad intrincada de interés recíproco llamada civilización. Como si todas las soluciones a la problemática moderna pudieran encontrar otro foro de soluciones realistas fuera de la cooperación y la convergencia internacional, algo para lo cual la UE está diseñada en laboratorio.

¿Qué país europeo podría renunciar a la impronta de su historia en el mundo en los últimos 500 años?

La naturaleza de una identidad europea es por necesidad histórica y de carácter vehicular. ¿Qué país europeo podría renunciar a la impronta de su historia en el mundo en los últimos 500 años? A pesar de todas las especificidades es imposible obviar la comunidad de destino en los últimos siglos en la eclosión de la modernidad, la ciencia y el progreso hasta una dimensión global. Y Francia, donde se cruzan todas las corrientes europeas, tuvo en ese proceso un papel catalítico y esencial. Mientras el liberalismo inglés medró endogámicamente allende los mares, Francia con su Ilustración y Revolución, codificó literalmente el arquetipo de sociedad abierta más exportable en formato constitucional para el resto de Europa y el mundo.

En el actual estadio de la globalización en el que se han alcanzado los límites físicos al crecimiento –crisis medioambiental y jurisdiccional, con el agotamiento del modelo Estado-nación en competencia, de lo que Trump y el Brexit son simples derivados–, la presión y la responsabilidad vuelven a las riberas europeas y en ningún lado con más clamor que en Francia y Alemania, núcleo cardiovascular del continente. Para ello, la idoneidad del modelo continental frente al anglosajón para abordar con mayor eficiencia toda la problemática global del siglo XXI –integrar, ordenar, rigor de Ley…– es premonitoria: aquel se basa en una tradición filosófica racionalista frente a otra empirista y en una tradición jurídica constitucionalista frente a otra jurisprudencial.

Theresa May durante una rueda de prensa en el 10 de Downing Street. (Reuters)
Theresa May durante una rueda de prensa en el 10 de Downing Street. (Reuters)

Frente las inclementes consecuencias de un modelo de expansión de capital propio del siglo XX, 'race to the bottom', el requerimiento de estándares laborales, medioambientales y fiscales mínimos en comercio internacional, reequilibrando la ecuación competitiva. Frente a la evasión fiscal del gran capital predicada por el vacío jurisdiccional, la cooperación internacional y el rigor de Ley, a título de ejemplo.

Lo más esperanzador y peligroso en los populismos del siglo XXI es que el debate democrático, polarizándose, también se sustancia y fortalece. Se sacude ya la conciencia liberal de su complacencia y engreimiento de las últimas décadas, en las que la riqueza y el bienestar han sido un analgésico político cuando no un eximente. 'Take it for granted?' En ningún otro foro queda personificada esta tensión como en las presidenciales francesas del 7 de Mayo entre Macron y Le Pen. Ahí se dirime la regeneración de Francia, el reencuentro con su identidad e historia, y en consecuencia el resurgimiento de Europa. Acontecimiento político trascendente donde los haya.

Tribuna

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios