El centenario de Kennedy

Una figura con luces y sombras, aunque me parecen aventuradas aquellas opiniones que juzgan al presidente Kennedy como un presidente mediocre y ocasionalmente peligroso

Foto: El presidente John F. Kennedy y la primera dama Jacqueline Kennedy, el día de su asesinato en Dallas. (Reuters)
El presidente John F. Kennedy y la primera dama Jacqueline Kennedy, el día de su asesinato en Dallas. (Reuters)

Los tres balazos que acabaron con JFK en una calle de Dallas fueron el principio de una leyenda en la que, como suele ocurrir, hechos superpuestos a la objetividad de la persona fueron creando una neblina que enterró al personaje entre los destellos pirotécnicos de la emotividad. Si a eso se une los rumores de “una gran conjura”, que supuestamente utilizaría al inestable Lee H. Oswald como marioneta, ya se entiende que era inevitable que la figura del joven presidente fuera engrandecida por todos aquellos a los que hizo soñar con un mundo nuevo.

Por lo demás, es justo señalar lo que su asesor Ted Sorensen apunta: "No será fácil, para los historiadores, comparar a Kennedy con sus predecesores o sucesores... porque resultó único en la huella que marcó en ese puesto. El primero en ser elegido a una edad tan joven. El primero en serlo profesando la fe católica. El primer presidente americano en una era de mutua capacidad atómica de destrucción total. El primero en tender, literalmente, a alcanzar la Luna y aún más allá.... El primero muriendo en la flor de la edad".

La dinastía Kennedy fue el epicentro de una tragedia griega sobre la que siempre se cernió una maldición familiar que se transmitió desde los abuelos a los hijos y de estos a los nietos. El prólogo del drama fue la presidencia de John F. Kennedy. Para ser justos, conviene recordar que la cronología tiene que ver mucho con el poder presidencial. Si estamos de acuerdo con Richard Neustadt, de los ocho posibles años de mandato de un presidente, los dos primeros sirven de aprendizaje; el cuarto se emplea en la preparación de las elecciones para un nuevo mandato; los años séptimo y octavo dejan al presidente saliente con escaso poder y pocas iniciativas. Quedan como años potencialmente “fértiles” el tercero, quinto y sexto. Kennedy solo tuvo el tercer año. No es suficiente para emitir una opinión definitiva.

De ahí que me parecen aventuradas aquellas opiniones que juzgan al presidente Kennedy como un presidente mediocre, y ocasionalmente peligroso, en la línea de los chistes que corrían durante su presidencia: “Truman demostró que cualquiera puede ser presidente; Eisenhower que nadie debía ser presidente; Kennedy, que puede ser peligroso tener un presidente”.

John F. Kennedy, de John F. Kennedy (d) acompañado por su padre Joseph P. Kennedy (c) y su hermano Joseph P. Kennedy Jr. (i) el 2 de julio de 1938. (EFE)
John F. Kennedy, de John F. Kennedy (d) acompañado por su padre Joseph P. Kennedy (c) y su hermano Joseph P. Kennedy Jr. (i) el 2 de julio de 1938. (EFE)

Más bien coincido con Ben Bradlee, el antiguo director del Washington Post y persona cercana al presidente Kennedy, cuando observa que "su breve paso por el poder estuvo más lleno de promesas que de actuaciones". Lo que es en cierto modo natural con solamente mil días en la Casa Blanca. Lo que ya no lo es tanto es lo que el mismo Bradlee añade a continuación, poniéndolo en boca de Richard Reeves: "Tenía menos convicciones de lo que yo creía, poca ideología y menos sentimientos. Las convicciones que de verdad tenía estaba dispuesto a arrinconarlas, sobre todo si con ello evitaba enfrentamientos o el riesgo de que le consideraran un estúpido".

Lo cual no significa que Kennedy careciera de aquellas virtudes que, con tiempo por delante, pueden cuajar en un buen presidente. Era inteligente, audaz, de notable valor físico, y con un encanto personal lleno de magnetismo, con ese punto de escepticismo que lleva a contemplar los acontecimientos con la distancia que proporciona evaluarlos con cierto relativismo.

La contienda vietnamita generaría en el país una especie de "orgía nihilista", desgarrándose la nación con un sorprendente afán autodestructivo

Estas virtudes, sin embargo, aparecen hoy difuminadas por otros aspectos menos positivos de su carácter. Como primero, su dependencia de pulsiones irrefrenables, que –entre otras consecuencias- probablemente fueron uno de los factores indirectos de que las balas de Lee Harvey Oswald (su asesino) le destrozaran el cerebro. Me refiero a lo que cuenta Hugh Sidey, corresponsal de la revista Time: “Vino a verme una mujer a la que yo conocía y me comentó que Kennedy intentó abalanzarse sobre ella en la piscina de la Casa Blanca. Al intentar escabullirse la dama, el presidente cayó al agua y se lastimó la espalda”. El corsé que tuvo que llevar desde entonces impediría a Kennedy doblarse a tiempo y evitar las balas de su asesino, que hizo blanco a placer sobre una figura erecta.

Otro notable engaño fue la apariencia que creó ante el pueblo americano de salud envidiable. En realidad, ésta empeoró constantemente, antes y durante su corta presidencia. Su dependencia de una serie de fármacos para mitigar el dolor de espalda, el tratamiento de una antigua enfermedad venérea y las continuas inyecciones de cortisona para controlar su enfermedad de Addison fueron cuidadosamente enmascaradas en rutinarios informes médicos para consumo público, manipulados por su personal de prensa. A lo que hay que añadir –aunque aquí hay que andarse con cautela- algunas pautas neuróticas, detectadas en él y en el conjunto de los Kennedy que, junto con sus deficiencias físicas, de algún modo influyeron en decisiones fundamentales de Kennedy como fueron el fracaso frente a Castro en Bahía de Cochinos, la transformación de la guerra de Vietnam de una contienda vietnamita a una guerra norteamericana y la responsabilidad personal del presidente en el derrocamiento y el asesinato de Ngo Dinh Diem, presidente de Vietnam del Sur.

La presidencia de Kennedy fue una era y una vida inacabada, que mostró un presidente con la fibra necesaria para serlo, pero con defectos de entidad

Durante muchos años, la contienda vietnamita generaría en Estados Unidos una especie de “orgía nihilista”, desgarrándose la nación con un sorprendente afán autodestructivo, fruto de una prensa hostil al conflicto, unos campus universitarios incendiados en protestas y una mayoría silenciosa aterrorizada por unos y otros. El resultado fue que, en realidad, América no perdió la guerra en las selvas vietnamitas sino en las selvas de asfalto de las propias ciudades estadounidenses.

En conclusión, la presidencia de Kennedy fue una era –y una vida–​ inacabada, que mostró un presidente con la fibra necesaria para serlo, pero con defectos de entidad que, vistos en perspectiva, apuntan a un posible delicado desenlace de su presidencia. Presidencia que dejó un legado sombrío en Vietnam, junto al legado esperanzador de un proyecto de legislación sobre derechos civiles, que tuvieron que desarrollar otros.

En realidad, los mil días de Kennedy fueron ricos en promesas y exiguos en hechos. Su valentía, su inteligencia, el resplandor que irradiaba, su rara mezcla de juventud y autodesdén, hicieron de la política americana una explosión de “estilo” más que de contenido. Probablemente esa explosión acabara enterrando al político y al hombre todavía inmaduro.

*Rafael Navarro Valls, es catedrático, académico y autor de La Leyenda Kennedy.

Tribuna

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