Compañero, compañera

Hay razones vitales para el socialismo en el siglo XXI; son las que aparecen condensadas en las resoluciones del 39 Congreso de los socialistas españoles

Foto: Plenario del 39º Congreso Federal del PSOE. (EFE)
Plenario del 39º Congreso Federal del PSOE. (EFE)

Hay algo en el militante del PSOE que trasciende más allá de la simple voluntad de pertenencia a una organización política; algo tan consistente que ha sido capaz de mantener encendida durante ciento treinta y ocho años una misma llama. No nos decimos compañeros porque una ficha de afiliación lo certifique. Son los valores compartidos los que nos incorporan genealógicamente a la familia que en 1879 fundaba Pablo Iglesias, y los que nos mantienen unidos incluso en los momentos más difíciles y en las circunstancias más adversas.

Cierto que la libertad, la igualdad y la solidaridad, son los cimientos éticos que definen el progreso de la humanidad, y por tanto son principios que trascienden de las fronteras ideológicas. Solo un individuo asocial abjuraría de ellos. ¿Cuál es entonces la razón de que estos valores aparezcan tan nítidamente vinculados al ADN del socialismo? El permanente e indesmayable empeño de convertirlos en la principal razón política, por delante de otros que, aunque legítimos, han de aparecer subordinados a estos. Y este es también el cordón umbilical que conecta históricamente a este partido con la sociedad.

Hemos roto el principio de la solidaridad por su flanco más débil, el intergeneracional. Les estamos robando el futuro a nuestros hijos

Pero ni la libertad, ni la igualdad ni la solidaridad son valores estáticos. Si lo fuesen, el PSOE ya habría perdido su razón de ser tiempo atrás; bien porque habrían sido objetivos alcanzados y ya nada más de utilidad podríamos aportar, o bien porque nos habríamos revelado como incapaces para hacerlos realidad. Muy al contrario, cada cota de libertad alcanzada no es sino el escalón que nos ha de permitir ascender el siguiente, y así es hoy preciso ensanchar formas de ser y de hacer democracia que se nos revelan como excesivamente encorsetadas. Y hemos de abordar ya con decisión inaplazable la demolición del muro de la vergüenza que separa a las mujeres de los hombres, cual si la igualdad real fuese una utopía y sus letales consecuencias un acontecer inevitable.

Más si hay un riesgo cierto de involución, este es el que se cierne sobre el quebradizo valor de la solidaridad. En un mundo en el que la brecha entre ricos y pobres no solo no se reduce, sino que se agranda en términos insoportables espoleada por un patrón económico que se ha demostrado cruelmente injusto, se abre ante nosotros el insondable abismo del cambio global. Hemos roto el principio de la solidaridad por su flanco más débil, que no es otro que el intergeneracional. Les estamos robando el futuro a nuestros hijos, hurtándoles el equilibrio biológico del Planeta; privándoles de sus vidas. El negacionismo, el escepticismo o el relativismo climático nos abocan a un escenario crítico que requiere de convicción y de conocimiento para revertir en la medida de lo posible los demoledores efectos que nos golpean ya.

Hay razones vitales para el socialismo en el siglo XXI; son las que aparecen condensadas en las resoluciones del 39 Congreso de los socialistas españoles y serán precisas muchas manos para hacerlas realidad. Nos lo debemos a nosotros y se lo debemos a este país.

* Hugo Morán es secretario del área para la Transición Ecológica de la Economía en la nueva ejecutiva del PSOE.

Tribuna

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