La sal de la Tierra

Sebastião Salgado fue testigo directo de lo violenta que es nuestra especie y de cómo cuando se desboca el odio, este se contagia irracionalmente, independientemente del nivel cultural

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Como aficionado a la fotografía, he vuelto a ver estas vacaciones 'La sal de la Tierra', la película sobre la vida y obra del fotógrafo Sebastião Salgado, y me ha vuelto a conmover profundamente. La película fue nominada al Oscar 2014 al mejor largometraje documental, recibió el Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes 2014 y ha obtenido numerosos premios. El guion es poético y la fotografía, excepcionalmente bella, pero muchas descripciones e imágenes son duras y dramáticas.

Sebastião Salgado, mucho más que un fotógrafo, inició su vida profesional como economista del Banco Mundial. Comenzó a realizar reportajes fotográficos de los pueblos de los países que visitaba en África con el fin de ilustrar sus informes económicos para el banco (“Un fotógrafo es aquel que escribe con la luz”). Al poco tiempo dejó el Banco Mundial para dedicarse de lleno a la fotografía social. Los marginados, el hambre, los miserables, los refugiados, las sequías, la deshonestidad política que retiene los alimentos o no organiza su distribución, las guerras, los trabajadores de industrias pesadas, los esclavos, la barbarie del ser humano, fueron durante años el objetivo de sus fotos.

Etiopía, Sudán, minas de oro en Brasil excavadas con las manos (“Los hombres, cuando empiezan a tocar el oro, no vuelven a ser los mismos”), los genocidios y los campos de refugiados de Ruanda, Croacia, Bosnia, Serbia, Congo, las guerras de Kuwait, Irak, Yugoslavia, los pueblos de Ecuador, Bolivia, Siberia, Papúa, Amazonas. Siempre en blanco y negro.

Durante sus extensos viajes fotográficos, Salgado fue testigo directo de lo violenta que es nuestra especie y de cómo cuando se desboca el odio, este se contagia irracionalmente, independientemente del nivel cultural de las sociedades. Documentó ejemplos muy recientes, incluso en regiones tan avanzadas como Europa, de cómo el odio y la violencia pueden extenderse de forma virulenta cuando los hombres se dejan llevar por la superstición de pensar que sus sentimientos son el valor absoluto. Fotografió exhaustivamente y con extrema belleza, como ningún artista lo ha hecho hasta ahora, la violencia, la miseria, la barbarie. Y también los pueblos y las culturas ancestrales, siempre pobres. Documentó tantos genocidios, vio tanta miseria y sufrimiento, que su alma enfermó. Pensó que la especie humana no merecía vivir, no tenía derecho a ninguna salvación (ciertamente, ninguno la merecemos).

Una de las fotografías que forma parte de la exposición 'Génesis', de Sebastião Salgado. (EFE)
Una de las fotografías que forma parte de la exposición 'Génesis', de Sebastião Salgado. (EFE)

“Cuando haces un retrato, no lo haces tú solo, sino que la persona fotografiada te ofrece la foto, de alguna forma te entrega su vida, su historia, te permite entrar en ella”.

Muchas de las personas fotografiadas eran niños moribundos, famélicos, o personas desterradas que morían o eran asesinadas por razones políticas, racistas o religiosas a las pocas semanas. Cada niño, cada persona que moría frente a su cámara, era para él un pedazo del mundo que moría. Gente con piel que parecía de corteza de árbol. Gente sin nada. Durante años, se mantuvo trabajando en el extremo más oscuro de la condición humana. “Cuántas veces tiré la cámara para llorar”.

A través de sus fotos también comprobó cómo en los sitios más miserables se pueden encontrar personas con una genuina determinación y alegría

La enfermedad que contrajo no era una enfermedad del cuerpo. Era como un escritor sin ideas. Un peregrino que se había perdido.

Comprobó cómo el hombre resulta absurdo cuando renuncia a la libertad, cuando es un esclavo encadenado con su propio oro o con el de otros. O con su desesperanza. Fotografió cómo los hombres mueren y no son felices; cómo la historia de la humanidad es la historia de la búsqueda de la libertad. Y cómo la libertad es el estado del alma en que la nada se hace elocuente, una confrontación perpetua con la esclavitud, con la muerte. Cómo el destino del hombre es poseer la eternidad, vivir en rebelión permanente contra el pecado, la esclavitud propia o ajena.

Pero a través de sus fotos Salgado también comprobó cómo en los sitios más miserables siempre se pueden encontrar personas con una genuina determinación y alegría.

Al regresar tras decenios ausente a su pueblo natal, en la costa atlántica de Brasil, el bosque había desaparecido. Heredó de su padre unas vastas tierras yermas que en su juventud habían sido selvas. Pero entonces su mujer, arquitecta, tuvo una idea sorprendente: por qué no replantar bosques en los miles de hectáreas de tierra yerma y quemada en que se había convertido la selva atlántica de Brasil. De ahí surgió el Instituto Tierra. Plantaron en las tierras áridas millones de semillas y arbolitos de pocos centímetros. Y funcionó. Ver brotar las semillas y crecer los árboles fue la curación de su alma.

Lo que era un vertedero es hoy un parque nacional en Brasil. Es la demostración de que las tierras y las almas devastadas pueden volver a ser bosques

Volvió a irse de viaje para fotografiar el mundo. Esta vez se centró en la naturaleza. Descubrió que casi la mitad del planeta sigue como en los días del Génesis, prístino y salvaje. 'Génesis', su última obra fotográfica, es fruto de ocho años viajando desde Galápagos a la Antártida, desde Siberia a la selva amazónica. 'Génesis' es una visión mucho más optimista que sus anteriores obras de fotografía social, una carta de amor al planeta y a la humanidad. Visitando los paisajes y pueblos más puros, tuvo tiempo de ver y comprender que el ser humano es también naturaleza. Que es un privilegio existir, estar conscientes en este planeta y compartirlo con esta infinidad de formas de vida bellísimas.

"Our planet still harbors vast and remote regions where nature reigns in silent and pristine majesty. ‘Genesis’ is a quest for the world as it was, as it was formed, as it evolved, as it existed for millennia before modern life accelerated and began distancing us from the very essence of our being”, dijo su mujer, Lélia Wanick Salgado, en la presentación de la obra de su marido en Nueva York, en septiembre de 2014.

Tras un gran esfuerzo y millones de arbolitos plantados, extensos bosques cubren ahora las tierras heredadas de su padre. La fauna ha regresado. Incluso los jaguares. Lo que era un vertedero de terrones resecos y arbustos polvorientos es hoy un parque nacional en Brasil. Ya no es de su propiedad. Pero es la demostración de que las tierras y las almas devastadas pueden volver a ser bosques.

Al fin y al cabo, las personas son la sal de la Tierra.

*José Gefaell, ex director general del Instituto de Crédito Oficial

Tribuna

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