Por qué la 'vía catalana' no es la 'vía báltica'

Ni los sondeos de opinión más favorables al independentismo en Cataluña arrojan un porcentaje que se acerque al apoyo masivo que suscitó en las repúblicas bálticas, con un 73% de votos

Foto: Esteladas ondean en una manifestación a favor de la independencia de Cataluña, en Barcelona. (Reuters)
Esteladas ondean en una manifestación a favor de la independencia de Cataluña, en Barcelona. (Reuters)

Hace algunos meses, el que fuera ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel García-Margallo, afirmó que “debía favores” a otros países por ayudarle a neutralizar apoyos al proyectado referendo catalán. Mencionó concretamente a los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania), a los que, reveló, había visitado hasta en cuatro ocasiones con ese fin.

Esta confidencia le valió una estruendosa reprobación por parte de Artis Pabriks, un eurodiputado letón miembro del grupo del Partido Popular Europeo, del que también forma parte el PP español. En su cuenta de Twitter, denunció los “acuerdos secretos” sobre Cataluña a los que supuestamente aludía García-Margallo. Auguró que tendrían una “vida corta, ya que carecen de fundamento moral”.

Este sentimiento filoindependentista tiene su origen en supuestas similitudes entre las repúblicas bálticas y Cataluña, dominadas durante décadas, las primeras, por la extinta URSS, mientras que la comunidad autónoma española sigue aún hoy en día 'encadenada' a España. Los bálticos se enorgullecen de que la cadena humana formada por los partidarios de la independencia en Cataluña en 2013 estuviese inspirada en la llamada 'vía báltica', que en 1989 unió a letones, estonios y lituanos contra el poder de Moscú.

Más allá de ciertos simbolismos, la comparación entre ambos casos no se sostiene por múltiples razones, amén de la evidencia de que la actual España moderna, democrática y descentralizada en modo alguno se asemeja a la dictadura soviética.

Para empezar, Cataluña no fue incorporada a España a bayoneta calada, a diferencia de lo que sucedió con los bálticos, que fueron ocupados por la URSS en virtud del infame pacto Molotov-Ribbentrop, según el cual Berlín, entonces en manos de los nazis, y Moscú, en poder de los comunistas, se repartieron buena parte del continente europeo.

Los bálticos se enorgullecen de que la cadena humana de la independencia en Cataluña en 2013 se inspirase en la 'vía báltica'

Al contrario, Cataluña formaba parte del reino de Aragón que, al unirse con el reino de Castilla, supuso el nacimiento de España en el siglo XV. Al finalizar ese siglo, remataron la Reconquista de la Península y emprendieron la colonización de las Américas. Los catalanes fueron protagonistas de esta historia junto con otros pueblos peninsulares. También compartieron con ellos el largo ocaso del Imperio, la decadencia, la Guerra Civil, la dictadura y el renacimiento con la Transición democrática y la integración en Europa. España es por tanto una realidad histórico-cultural, no étnica, y Cataluña forma parte desde el principio de esa realidad.

Nada de esto es aplicable al caso báltico. Los dirigentes de la Unión Soviética intentaron forjar una nueva identidad —el pueblo soviético— en la que todas las diferencias entre sus partes constituyentes se diluirían en el “internacionalismo proletario”. Fue un fracaso estrepitoso. Los pueblos que componían la URSS se aferraron tozudamente a sus lenguas, costumbres, religiones y otros rasgos identitarios que los diferenciaban de sus vecinos.

La prueba más contundente de la magnitud de este fracaso la brindó, en 1990, la propia Rusia. Cuando aún era formalmente una de las repúblicas soviéticas, proclamó su soberanía bajo el liderazgo de Boris Yeltsin. La mayoría de los partidarios de Yeltsin simpatizaban con los movimientos independentistas bálticos.

Boris Yeltsin. (EFE)
Boris Yeltsin. (EFE)

Cuando en enero de 1990 las fuerzas especiales soviéticas mataron a varias personas en Riga y Vilnius, en un fallido intento de frenar la disgregación del imperio, cerca de un millón de manifestantes se echaron a la calle en Moscú para expresar su solidaridad con los bálticos. En enero de 1991, Yeltsin firmó incluso unos acuerdos sentando “las bases de las relaciones interestatales” entre Rusia y las repúblicas bálticas.

En marzo de 1991, el 73% de los habitantes de Letonia dio su apoyo a la independencia del país en un referendo. La mayoría de los ciudadanos de origen ruso, que en aquel momento eran casi la mitad de la población del país, también se pronunciaron a favor. El primer país que reconoció la independencia de las repúblicas bálticas fue Rusia.

Para que algo parecido sucediera en el caso de Cataluña, primero Castilla debería declararse independiente de España y asimismo reconocer la independencia de Cataluña, País Vasco, Galicia, Andalucía, Valencia, etcétera. Pero como España no es un imperio colonial, sino un Estado-nación moderno, no hay ni puede haber un Yeltsin español. Ni siquiera los sondeos de opinión más favorables al independentismo en Cataluña arrojan un porcentaje que se acerque al apoyo masivo que suscitó en las repúblicas bálticas.

Si, como decía Ortega y Gasset, la nación es un plebiscito diario, entonces la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, han demostrado sobradamente a lo largo de la historia su voluntad de seguir formando parte de España, preservando, eso sí, sus marcadas particularidades, que merecen el más profundo respeto y reconocimiento.

Como España no es un imperio colonial, sino un Estado-nación, no puede haber un Yeltsin español

Los 'lobbies' proindependencia catalanes invierten ímprobos esfuerzos en recabar apoyos para su causa por parte del Parlamento Europeo y otras instituciones democráticas. En contra del mito que propagan los nacionalistas bálticos, el reconocimiento internacional de su independencia no fue un acto de resistencia al 'imperialismo ruso' por parte de los países occidentales. Solo después de que la Rusia de Yeltsin tomara la iniciativa se produjo el vendaval de reconocimientos por parte de las democracias occidentales, empezando por Islandia.

El entonces presidente de los Estados Unidos,George Bush padre, actuó con gran prudencia durante toda la etapa de desintegración de la URSS. Su máxima prioridad era no debilitar a Gorbachov. Solo dio el paso del reconocimiento de la independencia de los bálticos cuando ya no hubo más remedio porque la propia URSS había dejado de existir, aunque aún le quedaban unos cuantos meses de vida hasta su formal disolución.

Si las democracias occidentales fueron tan reacias en reconocer la desaparición de esa URSS que a veces describían como el “imperio del mal”, ¿qué es lo que permite afirmar a los independentistas catalanes que ahora serían más proclives a aceptar la desintegración de un miembro de la UE y OTAN? España es una democracia joven e imperfecta, y su Gobierno actual puede gustar más o menos, pero de lo que no cabe ninguna duda a ojos de la comunidad internacional es de su legitimidad democrática.

El independentismo catalán no reúne condiciones para movilizar simpatías y apoyos más allá de los límites de la comunidad autónoma de Cataluña

A esto se añade otra razón poderosísima que aconseja cautela: el miedo al contagio secesionista en otros países de la Unión, como Italia, Reino Unido o incluso Francia. Recordemos la advertencia del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, de que Cataluña tendría que abandonar la UE si se separase de España.

En resumidas cuentas, a diferencia del triple caso báltico de principios de los noventa, el independentismo catalán no reúne condiciones para movilizar simpatías y apoyos más allá de los límites de la comunidad autónoma de Cataluña. Las tasadas declaraciones de políticos bálticos simpatizando con el 'procès' catalán son más bien una excepción que confirma la regla.

Es evidente que la cuestión catalana requiere una solución política, pero el precedente báltico no sirve, ni mucho menos, como un punto de referencia viable en este debate.

* Eldar Mamedov es asesor del grupo socialista en el Parlamento Europeo. Su tribuna está escrita a título personal y no en nombre del grupo parlamentario socialista.

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