Agresiones

Lo hilarante del momento es que la sedición sea políticamente correcta, la violencia se finja, y quienes proponen una verdad distinta de la realidad de las cosas crezcan en número

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Pensaba escribir sobre el derecho de secesión, que años atrás me tuvo debatiendo con Fernando Savater, a quien acabé dando toda la razón en el caso vasco, cuando parece mucho más urgente empezar sopesando la metamorfosis del término 'violencia'. Compruebo que expresiones como abuso de fuerza y brutalidad desmedida se emplean para describir la actuación policial en Barcelona desde la Semana Trágica (1909) a las Jornadas de Mayo (1937) y al 1-O de 2017 —sin ir más lejos, este lunes la alcaldesa apareció "horrorizada ante tanta violencia"—, aunque los muertos fueron pasando de miles a cientos, y de cientos a dos heridos leves por arma blanca, con un caballero comprensiblemente molesto por un pelotazo de goma en uno de sus ojos.

¡Qué inmenso progreso, no matar a mansalva, sacando de sus féretros a las odiadas monjas, y tampoco tomarla con los trotskistas y los anarquistas! Pero ¿por qué no reconocerlo? Tuvimos cuatro guerras civiles en un siglo, dos de ellas disfrazadas como carlistas, y en 1937 la pendencia entre PC y POUM suscitó salvajadas tan peregrinas como situar un cañón a tres metros de un cine lleno y dispararlo. No obstante, es hoy cuando Podemos habla de "800 heridos, orden de apalear ancianos y reino de la represión". En paralelo, y suponiendo que nadie amenaza ni tira objetos a los antidisturbios, Pedro Sánchez desautoriza las "cargas policiales": en vez de ello permanecerán estoicamente donde están, o irán despacito de aquí para allá. En otro caso, los oráculos del buenismo —'NY Times', 'Washington Post', 'Le Monde'— denunciarán la "desproporcionalidad".

Los hermanos Gasol se preguntan "¿era la violencia necesaria?", y me pregunto qué término emplearían para describir lo habitual aquí durante los sesenta

Los hermanos Gasol se preguntan "¿era la violencia necesaria?", y me pregunto qué término emplearían para describir lo habitual aquí durante los años sesenta, cuando los universitarios provocábamos con manifestaciones a una policía normalmente montada, y el Tribunal de Orden Público dictaba todavía sentencias de muerte. Para entonces, la dictablanda franquista sustituía la ferocidad del periodo previo, por más que en España nunca hubo un reino remotamente tan largo y atroz de represión como en la URSS y sus émulos. Por ejemplo, juraría que Manuela Carmena y yo corrimos al menos una vez dentro del mismo grupo, sin sentirnos mártires ni héroes, aunque cada uno de aquellos manifestantes se jugase infinitamente más que quien rompe hoy los cristales de una furgoneta policial, para llenarla con basura de contenedores.

¿Valdrá 'violencia' para circunstancias tan distintas? Oigo decir que la RAE está a punto de reconocer el término 'posverdad', atribuyéndole el sentido de algo no vinculado con el estado real de cosas sino con sentimientos momentáneos particulares, según propone el llamado relativismo posmoderno. Quizá recuerden que la biblia de este movimiento fue 'Mil mesetas', de Deleuze y Guattari (1980), que propuso dinamitar el capitalismo sustituyendo al indeciso proletariado por la actitud esquizofrénica, e inspira hoy al profesor Negri.

La posverdad abre camino a portentos, como que dos horas después de concluir la consulta, el portavoz del Govern, Jordi Turull, disponga de los respectivos porcentajes: más del 90% apoya la independencia, y un 7,8% lo contrario. Entretanto, vimos a una señora de mi edad cubierta de sangre, y a un adolescente en la misma tesitura, aunque las imágenes sean al parecer de 2012, una tomada en Austria y otra en Italia. Bastante más claro es ver cómo se cae una urna camino del colegio electoral, esparciendo muchas papeletas metidas ya en sus sobres, o los repetidos ejemplos de personas que votan varias veces; pero es perder el tiempo insistir en lo absurdo de comicios obstaculizados.

Lo hilarante del momento es que la sedición sea políticamente correcta, la violencia se finja, y quienes proponen una verdad distinta de la realidad de las cosas crezcan en número o se mantengan estables. Siete décadas sin guerras en el occidente europeo, y otro tanto de crecer la opulencia, promueven un crecimiento exponencial de la cobardía a ambos lados del espectro político. Para culminar la pantomima, un leninista declarado como Iglesias pide "una mayoría restauradora de la democracia". La agresión no necesita consumarse, basta con que sea posverdadera.

*Antonio Escohotado es un pensador, ensayista y profesor universitario español

Tribuna
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