Coger la bandera

No voy casi nunca a manifestaciones, no cojo nunca una bandera, pero el domingo me envolví en una doble para que no la pisoteen unos ni la monopolicen otros

Foto: Vista de la manifestación convocada por Societat Civil Catalana en Barcelona. (EFE)
Vista de la manifestación convocada por Societat Civil Catalana en Barcelona. (EFE)

El domingo estuve en Barcelona. Pasamos 16 horas en autobús, ida y vuelta, para participar en la manifestación de apoyo a la Constitución y contraria al secuestro de la voluntad popular que han realizado los independentistas en Cataluña. Fue un día emocionante y confuso. Triste y agotador por un lado. Alegre y sin duda necesario por otro. Escribo estas líneas no para tratar de aclarar este embrollo, de sobra sé que la naturaleza humana es confusa, a Dios gracias, sino para combatir el totalitarismo, defender el territorio del pensamiento libre y, qué carajo, sin tanta grandilocuencia, mi puñetera opinión, que en estos días estoy harto hasta de mis propios sermones.

Fue emocionante porque cientos de miles de catalanes nos recibieron como agua de mayo, agradecidos. Se sienten abandonados, rehenes en su propia tierra, víctimas del sectarismo del pensamiento único. Fue un día triste porque acabé discutiendo por WhatsApp con amigos muy queridos, cercanos al independentismo o apátridas en el sentido más noble del término: que no desean coger ninguna bandera, o que solo desean alzar la bandera blanca. No se sienten representados. Por un lado, hasta les entiendo. Yo mismo me abstuve en las últimas y penúltimas elecciones. Contra lo que dicen muchos indocumentados por ahí, aquí en España votamos (o nos abstenemos, como es mi caso) hasta a la hora de la siesta, que ya es. España es el auténtico 'after hours' de la democracia occidental. Estoy harto. ¿Me estoy haciendo un poco o muy mayor?

Coger la bandera

No voy casi nunca a manifestaciones, no cojo nunca una bandera (ni la del Real Madrid), pero el domingo me envolví en una doble (la de España y la 'senyera') para que no la pisoteen unos ni la monopolicen otros. Como todos, yo también pertenezco a un segmento de la población que quiere ser escuchado y que quiere tomar la palabra en estos momentos decisivos y terribles. Yo prefiero quedarme en mi casa los fines de semana, que conste en acta: rematar aquel dichoso artículo, ir al cine, cocinar, estar con los míos y ver el partido. No fui de excursión, aunque las Ramblas son tan mías como el Retiro es de todos.

Fue alegre porque sentí que aunque marchaba con cientos de miles de desconocidos (a mí las masas me dan miedo y sospecho de los discursos patrioteros), había un aire de comunidad cívica y sentido común. Había gente de clases populares, gente que no vota lo mismo que yo, gente que vete tú a saber y mediopensionistas. Hasta habría algún abstencionista como yo, faltaría más, con el que me hubiera tomado dos cervezas para poner a caldo a todo el Parlamento.

Yo fui a decirle a todo el mundo que España es un país libre y democrático, con fallos y problemas, pero no una república populista ni una dictadura

Pero yo no fui para hablar mal del Gobierno ni de la oposición. Yo fui a decirle a todo el mundo, con mis compatriotas y conciudadanos, con muchos de los cuales mejor que no me tome dos cervezas porque acabaríamos discutiendo, que sí, que España es un país libre y democrático, con fallos y problemas, pero no una república populista ni una dictadura fascista. Que nosotros y sobre todos nuestros mayores hemos construido los mejores 40 años de la historia de España. ¿Algún otro historiador prefiere otro periodo? ¿La dictadura, la monarquía austríaca o el feudalismo campestre? Yo, no. Y menos aún prefiero el sueño milenarista del pensamiento mágico que promete longanizas colgando bajo los tilos (esto en catalán o en alemán, hasta se entiende).

En fin, estoy exhausto. He cogido la bandera para que no la pisen y para que no me la roben tampoco los partidarios de la mano dura. Yo soy partidario de la ley, del perdón y el castigo proporcionado y democrático. Yo he levantado la bandera para que nadie, pero nadie, secuestre a mis conciudadanos pero tampoco el patriotismo. He levantado la bandera para que nadie la enarbole por mí y se apropie de mi idea de lo que es una comunidad política, un pacto social. Para que nadie vulnere la igualdad, la fraternidad y la libertad, que son valores sagrados pero no gratuitos. Si no los defendemos, los perderemos. Nos los quitarán o los corromperán: en formas sectarias y autoritarias de igualdad, fraternidad y libertad. Avisados estamos. Buena semana, 'bon dia'.

*Juan Pimentel, historiador.

Tribuna

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