No es Rajoy, es el Estado, estúpido

Rechazar un apoyo como este por confundir a la persona con el cargo es un error de primero de democracia

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

Antes de caer enfermo, decidí dar un giro total a mi vida. Una decisión que venía barruntando tiempo atrás, y era de esas que marcan la biografía de una persona, por muy anónima que sea. Las dudas que podía tener ante aquel salto mortal se esfumaron el 20 de noviembre de 2011. Me decía a mí mismo por entonces que solo iba a tener 30 años una vez en la vida, y que no podía renunciar a mis sueños solo por ser un afortunado en medio de una crisis tan brutal. No quería conformarme con ser tuerto en un mundo ciego si conservaba aún intactos los dos ojos.

La victoria apabullante de Mariano Rajoy en aquellas elecciones generales me hizo prever lo que se confirmó después. Para no polemizar demasiado ni abrir discusiones alejadas del fin de este artículo, digamos simplemente que se avecinaba, según mi ideología, una España timorata, mentirosa y cruel donde no me daba la gana renunciar a ser feliz. Así que, en gran parte azuzado por aquellas elecciones, hice mi pequeña y drástica revolución personal.

Cuatro años después y con la ELA ya dirigiendo mi vida, ese mismo Gobierno del PP decidió, para mi sorpresa, condecorarme con la Medalla de Bronce de la Real Orden del Mérito Deportivo. Tuve un gran conflicto interno al enterarme de la noticia, pero el proceso de racionalización me llevó a una vieja lección aprendida de un magnífico profesor: no hay que confundir las instituciones democráticas que nos dan las libertades con aquellos que las representan coyunturalmente. Así que cuando estreché la mano de Miguel Cardenal, desde mi convicción no se la daba a un representante del Gobierno que tanto sufrimiento había generado a mis conciudadanos y que yo vivía en mis carnes con los recortes en Sanidad y en la Ley de Dependencia, sino al secretario de Estado para el deporte del Reino de España, el Estado que conformo junto a 47 millones de personas más y donde puedo gozar de un marco de convivencia de valor incalculable. Pese a todos sus defectos.

Este ejercicio sencillo, pero, a la vista está, poco generalizado, es clave para entender el apoyo o rechazo que ha tenido en las diferentes fuerzas políticas la activación del artículo 155 de la Constitución por parte del presidente del Gobierno. Los que no lo secundan acusan a los que sí de aliarse con el gobernante de los recortes, la corrupción, la negación del adversario, la inacción flagrante en temas cruciales como Cataluña… En definitiva, su corta mirada (o su estrategia electoralista) les hace ver que apoyar el 155 es apoyar a Rajoy y legitimar sus errores, cuando, en un desafío histórico como el que estamos viviendo, el apoyo se está dando a la figura primordial del presidente del Gobierno, con el objetivo de defender el Estado de derecho de un ataque gravísimo y sin precedentes.

Se actúa contra ellos como personas negligentes que han sobrepasado los límites legales, no contra sus cargos y mucho menos contra las instituciones

Luego claro que es objetable el proceso o el grado de defensa del Estado a aplicar, sobre todo por lo abierto del texto del 155, y para eso está la negociación política. Pero rechazar un apoyo como este por confundir a la persona con el cargo es un error de primero de democracia. Y sorprende más en un partido como Podemos, que basa toda su ideología en la fortaleza del Estado. Este apoyo, ante unos actos tan graves y que atentan a la seguridad de las leyes que nos protegen, debe ser dado sea quien sea el que ostente el Gobierno.

Cabe admitir que muchos temblamos viendo que es Rajoy quien tiene el poder, y por eso mucho más importante es que el resto de fuerzas que secundan la decisión (cuantas más, mejor) vigilen que se use en su justa medida y no con el ánimo revanchista que dejan entrever algunos miembros del PP. Con el objetivo legítimo y crucial de restablecer todas las garantías del Estado de derecho en el territorio catalán. Una vez conseguido esto, se habrá de retomar la senda de cómo arreglar la fractura social en Cataluña a través de la política.

Porque se olvida que los dos millones de independentistas son también ciudadanos españoles y la inmensa mayoría de ellos no ha hecho ninguna irregularidad. Sí sus dirigentes, que, con su inconsciencia, no han dejado otra opción que la aplicación del 155. Por eso se actúa contra ellos como personas negligentes que han sobrepasado los límites legales, no contra sus cargos y mucho menos contra las instituciones o el autogobierno catalanes. Aquí, pero a la inversa, de nuevo se vuelve a caer en la misma confusión.

Las banderas de España, la 'senyera' y la de Barcelona ondean en el ayuntamiento de la capital catalana. (Reuters)
Las banderas de España, la 'senyera' y la de Barcelona ondean en el ayuntamiento de la capital catalana. (Reuters)

Una anécdota me viene a la memoria y también muestra esta miopía de algunos políticos. El senador Ramón Espinar fue invitado por el Real Madrid al palco del Santiago Bernabéu al poco de ser elegido. El miembro de Podemos rechazó la invitación a través de las redes sociales, identificando el lugar como un escenario de privilegio donde su partido señala que se tejen corruptelas entre poderosos y, esto es lo mejor, admitió que rechazaba ir… ¡a pesar de ser aficionado acérrimo del equipo blanco! Trataba así de dar más valor ético a su decisión, sin darse cuenta de que a él lo invitaban no por su persona, sino por el cargo representativo que acababa de estrenar. Optó por recoger vítores de los suyos con una medida populista y absurda, en vez de acudir, como autoridad que es, a un palco de autoridades y, de paso, representar a sus votantes velando por que no hubiera tejemanejes en la sombra como dan por hecho que hay.

Cuando me casé, el despacho del alcalde donde tuvo lugar la firma estaba presidido por un gran retrato institucional de Felipe VI. Hacía poco tiempo de su coronación y aún se me escapaba lo de ‘príncipe’ antes de su nombre. No a partir de ver esa gran imagen. Al acabar el acto hicimos varias fotos en el mismo despacho, y me salió de dentro pedir que me hicieran una a mí solo bajo el Rey. Pero no por ser un monarca, sino porque es el jefe de Estado, el jefe de mi Estado democrático. Donde, sin ir más lejos, un ateo puede celebrar una boda civil, que hubiera sido idéntica si me hubiera casado con un hombre.

Y aunque prefiera en teoría y a priori la forma republicana del Estado, en la práctica, a posteriori y entendiendo nuestra historia reciente y respetando la diversidad de mi país, acepto y apoyo actualmente a un Rey. Pero no por ser Rey, repito, sino por el cargo crucial que ostenta, la jefatura de Estado. Es decir, por el inmenso respeto que le tengo a las instituciones democráticas, precisamente por ser republicano en conciencia. Porque, con la libertad, seguridad y prosperidad que, pese a sus defectos, nos ha dado esta democracia, lo último que se me ocurriría es sacar la guillotina a pasear.

Tribuna
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