Cómo construir un relato alternativo al del separatismo catalán

Si por algo se caracteriza cualquier Estado-nación moderno es por la promoción de una serie de derechos y obligaciones que son transmitidas a través de la propaganda gubernamental

Foto: Una estelada en Manresa. (Reuters)
Una estelada en Manresa. (Reuters)

La palabra relato está de moda. Como la palabra narrativa. En esta era del pensamiento positivo la importancia de ambos conceptos radicaría en que el modo en que uno se ve, como individuo o grupo, nos ayudaría a la consecución de unos determinados fines. Si uno se ve como alguien que gana 100.000 euros al año, tendrá más posibilidades de ganarlos. Si unos se ven como un Estado independiente, puede que algún día lo consigan. Por eso, y por la capacidad de persuadir a los demás de lo mismo, se dice que es tan importante ganar la batalla del relato personal o colectivo.

No se construyen buenos relatos en un día. Es una labor lenta, una lluvia fina. Se dice que el Gobierno español, y por ende España, ha perdido la batalla del relato frente al separatismo catalán. Por torpeza, como el día del referéndum ilegal o por incomparecencia durante los últimos 40 años en la comunidad autónoma.

En el supuesto de que el Gobierno actual o alguno de los sucesivos gobiernos de España se pusiera las pilas, ¿puede un grupo de grandes expertos en comunicación estratégica con un buen plan subvertir este estado de cosas? Y en el caso de que así fuera, ¿cuánto tiempo sería necesario? ¿Una, dos o más generaciones?

No se construyen buenos relatos en un día. Es una labor lenta, una lluvia fina. El Gobierno ha perdido la batalla del relato frente al separatismo catalán

Es verdad que hay numerosos ejemplos en la historia de acciones gubernamentales concertadas para persuadir a la opinión pública en un espacio de tiempo relativamente corto. El más famoso fue quizás el del Comité de Información Pública que puso en marcha el gobierno de Estados Unidos para persuadir a los norteamericanos de la importancia de participar en la Primera Guerra Mundial (y en el cual participaron dos magos de la propaganda como Walter Lippmann y Edward Bernays). Tuvo un gran éxito pero no tenía enfrente otro relato igualmente bien construido durante décadas como el separatista.

Se ha dicho muchas veces, con razón, que el nacionalismo es una religión laica. Si es así, entonces la fuga de empresas, el empobrecimiento o la falta de apoyo internacional no van a conseguir que los dos millones de separatistas, ni siquiera esa fracción de los doscientos mil dubitativos que tanto se menciona, empiecen a creer en otro relato mágico español por muy bien construido y comunicado que esté. Es verdad que vivimos en un supermercado de las religiones, pero en realidad, sobre todo en occidente, se producen trasvases muy pequeños de unas religiones a otras. El mayor trasvase religioso en los últimos 30 años ha tenido como destino el ateísmo práctico, una consecuencia del pensamiento posmoderno que consiste no tanto en negar o afirmar la existencia de Dios sino simplemente en ignorarla. Por tanto, quizás lo máximo que pueda lograrse sea que un cierto porcentaje del independentismo se desilusione y dejen de pensar en la posibilidad de crear un Estado nuevo. Poco más, aunque eso ya sería algo.

(Reuters)
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Un error común es pensar que por el hecho de que el nacionalismo catalán esté basado, como todo nacionalismo, en lo que el historiador Eric Hobsbawn llamó 'tradiciones inventadas' lo hace vulnerable a la verdad. Muy al contrario, es el uso de la propaganda y del adoctrinamiento sistemático lo que le aporta tanta solidez, sobre todo si tenemos en cuenta el pudor ético, estético o, por qué no decirlo, quizás la incompetencia de los sucesivos gobiernos de España con respecto al uso de la propaganda.

Si por algo se caracteriza cualquier Estado-nación moderno es por la promoción de una serie de derechos y obligaciones que atañen a todos sus ciudadanos que son transmitidas a través de la propaganda gubernamental, digámoslo sin ambages, en el sistema educativo y los medios de comunicación. Propaganda entendida, como dicen Jowell y O’Donnell en un libro clásico sobre la materia, como el esfuerzo deliberado y sistemático de moldear percepciones y provocar un comportamiento directo con el fin de lograr una respuesta que satisfaga el propósito original del propagandista. Ninguna de las grandes democracias deja de recurrir a la propaganda y, sí, al adoctrinamiento en las escuelas para promover valores positivos como la igualdad, la libertad, el patriotismo o el respeto por los derechos de los demás. España no debe ser la excepción.

Si el poder de TV3 y el conglomerado mediático nacionalista fuera tan omnímodo, no quedaría un solo constitucionalista después de 40 años

Y todo ello sin caer en la ingenuidad de exagerar el impacto de los medios de comunicación, que como apuntó Habermas es "ambivalente" pues el público encuentra lo que busca en ellos, y medios y audiencias se influyen mutuamente. Si el poder de TV3 y todo el conglomerado mediático nacionalista fuera tan omnímodo, no quedaría un solo constitucionalista después de 40 años.

Por último, articular un relato alternativo y sólido requiere liberarse de atavismos y autoconvencerse de algo que cualquiera que haya viajado sabe: que España es un país normal, con un buen nivel económico, buenos indicadores de desarrollo humano y en el que las instituciones funcionan razonablemente bien. El día que los españoles de todo origen e ideología sean conscientes de ello, el relato fluirá solo.

*César García es profesor de Comunicación en la Universidad Pública del Estado de Washington

Tribuna

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