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Podemos: segunda temporada

El partido que materializó una intervención política fugaz y exitosa en 2014 y 2015 dejó de priorizar a los que faltan, levanta el puño en lugar de tender la mano y tiende a regañar en redes a los que faltan

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Disculpándome de antemano por tener que hacerlo con prisa, quisiera responder a la última columna de Esteban Hernández, la más leída del día en el diario digital más leído. Sigo de cerca al autor, le tengo respeto intelectual y creo que su posición es muy de agradecer: hacen falta autores que asuman la incómoda posición de Pepito Grillo ante el déficit de crítica honesta a las fuerzas políticas que tratan de cambiar este país. En el seguimiento que ha venido haciendo a Podemos, ha tocado teclas cardinales y temas que pocos supieron atacar, y lo hace de forma esclarecedora. Precisamente porque es buena brújula quiero responder a algunas cuestiones en las que creo que no está acertando o bien yo no estoy comprendiendo, quizá porque el formato columna impide profundizar.

La primera objeción es a la idea de que España es sociológicamente de derechas. Al menos según el CIS, más de un tercio de la población se ubica a la izquierda en el espectro ideológico (35%) mientras una quinta parte lo hace en posiciones de derecha (21%) y otro quinto se sitúa en el centro (22%). Es evidente que la derecha capitaliza mejor este cuadro, basta observar los resultados electorales. Falta un dato relevante, el grupo que más ha crecido últimamente es el 22% restante, los que no saben o no contestan. Esto no permite suponer que sean derecha camuflada, más bien obliga a desechar el eje y cuestionar la pertinencia de la pregunta: son mayoría (44%) quienes evitan posicionarse en cualquiera de los lados. Este matiz es relevante porque impide echar balones fuera y resignarse al gobierno de Rajoy o la 'macronización' del país como destino trágico. Lo que pase será fruto de la torpeza de las izquierdas, que deberán asumir su responsabilidad.

Ideas de derechas penetraron hace tiempo en el campo político de la izquierda, mucho más que a la inversa

España es sociológicamente de izquierdas y cada vez más pospolítica pero, como señala Esteban, está regida por ideas de derecha. Cinco millones y medio de electores votan al PSOE como partido de izquierdas, por más que a ciertos intelectuales les indigne porque consideran que en las cuestiones importantes ha ejecutado políticas económicas de derecha (claro, por eso Podemos apostó inicialmente por hablar de arriba y abajo, para no caer en el debate-trampa sobre si Zapatero era galgo o era podenco). Efectivamente, ideas de derechas penetraron hace tiempo en el campo político de la izquierda, mucho más que a la inversa. Esta observación subraya dos focos importantes de análisis. Uno es el que Esteban aborda: cómo se construye y renueva cada día esa hegemonía y si la izquierda puede hacer una operación similar. El otro, que todo el mundo anda evitando, es la certeza de que para cambiar de rumbo hoy toca pensar hojas de ruta estratégicas que incluyan rearticulaciones de las fuerzas que hoy nutren al PSOE, a Podemos y a otros partidos progresistas, como evidencian las principales capitales o Castilla-La Mancha.

Saliendo de España, tampoco creo que debamos asimilar la despolitización o el creciente sentir antipolítico como una derechización de Occidente. El eje izquierda-derecha es cada vez menos eficaz a la hora de ordenar las posiciones ideológicas en muchos países, como EEUU, Italia o Francia. La metáfora lateral sigue perdiendo fuerza explicativa. Acabamos de comprobarlo en Cataluña: cuando un nuevo asunto principal toma control de la agenda se reordenan las alianzas y las etiquetas (surgen nuevas como constitucionalistas, unionistas, etc.). No hay esencias sólidas en las identificaciones políticas, se generan siempre contextualmente. Digamos que si cambia la pregunta, cambian las agregaciones e identidades que aparecen como respuesta. Hasta el punto de reunir el anticapitalismo de la CUP y el liberalismo de Convergència en un mismo barco, por ejemplo.

Foto: Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE) Opinión

Esteban acierta en señalar que en las posiciones hegemónicas encontramos hoy ideas de la derecha económica, identificada con la revolución neoliberal. Pero esta se distingue claramente de otras posiciones conservadoras (de derechas, de izquierdas y de fuera del eje) con las que mantiene una relación de conflicto, como por ejemplo aquellas que priorizan el derecho a la familia o a la soberanía nacional frente al derecho a libre mercado. Del desenlace de ese conflicto depende en gran medida el carácter del siguiente ciclo en la posglobalización. Asimilar esto es fundamental para diseñar cualquier intervención política con ambición de gobierno: hay millones de españoles que no se dicen de izquierdas o no encajan en la metáfora bilateral y están muy descontentos con la gestión de la crisis, la corrupción y el lugar que se les asigna en el proceso de globalización.

Hay millones de españoles que no se dicen de izquierdas o no encajan en la metáfora bilateral y están muy descontentos con la gestión de la crisis

Según se afirma en la mencionada columna, el fallo de la izquierda fue precisamente no plantar cara a la revolución de las ideas protagonizada por Reagan y Thatcher al comienzo de dicho proceso de globalización. En concreto, la izquierda habría aceptado la parcelación de las macrocategorías sociales (nación, ciudadanía, clase…) en un mercado de identidades fragmentario, fracturando así la vocación de universalidad en un mosaico de luchas parciales y favoreciendo la hegemonía de las ideas thatcherianas (la sociedad no existe, es una fabulación, existen individuos con intereses particulares).

La fragmentación ocurrió, pero creo que es injusto y poco preciso achacar esto a la izquierda. ¿Cuál de ellas? Más bien creo que los grandes partidos tradicionales de la izquierda antiliberal, que conservaban cierto potencial de influencia en los setenta y ochenta, trataron en vano de ignorar esa derrota. Insensibles a la evolución cultural de su entorno, siguieron operando con esquemas pre-thatcherianos: “Lo sentimos, compañera feminista/ecologista/pacifista/antirracista/gay, pero la prioridad del partido es construir el socialismo, después si acaso ya hablaremos de la mujer/la sostenibilidad/la paz/la descolonización/los derechos civiles, etc.”. Esos enfoques obsoletos y mecánicos fueron desplazando las otrora potentes organizaciones de la izquierda y el movimiento obrero hacia la insignificancia.

Al partir del 68 fueron progresivamente emergiendo nuevas izquierdas (y movimientos que rehuían esta etiqueta) enraizadas en las nuevas luchas e identidades. Incluso trataron de federar esas demandas paralelas, con escaso éxito político pero fuerte impacto cultural, profundizando de forma performativa en la parcelación de las demandas proderechos. Mientras, la religión ultraliberal de la desregulación avanzaba implacable colonizando mentalidades y agendas de gobierno e integrando, desvirtuadas, algunas demandas parciales de cada una de esas parcelas: incorporación de la mujer al mercado laboral, economía rosa, economía verde, economía arcoíris, abolición del servicio militar obligatorio, diversidad estética, derechos de los animales, etc. Afirmar esto no resta un ápice de valor a los logros de los movimientos feministas, ecologistas o LGTBI, que han costado enormes esfuerzos y que hoy disfrutamos.

No adaptarse a la descentralización del sujeto político y obviar la irrupción de nuevas identidades 'minoritarias' fue lo que defenestró a la izquierda

Fue precisamente no adaptarse a la descentralización del sujeto político y obviar la irrupción de nuevas identidades y demandas que juzgó 'minoritarias' (cuando no lo eran) lo que defenestró a la izquierda. No parece por tanto oportuno acusarla de prolongar esa parcelación o sugerir que vuelva a ignorarla, pero es precisamente por esto que muchos venimos poniendo la atención en el paradigma de la 'transversalidad', la 'articulación de demandas inconexas' y la construcción de identidades comunes útiles para reestructurar el campo político.

Una de las corrientes que escaparon a la lectura mecanicista sin caer en la celebración de la fragmentación es la que algunos nombran con la resbaladiza etiqueta de 'izquierda cultural', imagino que asociada al culturalismo neogramsciano, la Escuela de Birmingham, el posestructuralismo francés, etc. Esteban relaciona esa etiqueta con la corriente política errejonista en España. No tengo claro que los pensadores cercanos a esa línea coincidan en ubicarse bajo ese paraguas, pero aceptemos la etiqueta para entendernos.

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE) Opinión

Escapan a mi comprensión los reproches que el autor lanza a continuación a este paradigma. En respuesta a una frase de Errejón (“las personas no deducen sus posiciones políticas de ninguna característica de su nacimiento sino de identidades y relatos”), se afirma que esta idea “reproduce lo que suele decirse respecto del mérito en el entorno liberal, aplicado a la identidad (da igual todo, siempre y cuando coincidas con el relato, serás quien tú quieras)”. ¿De dónde sale la conexión? ¿Cómo se deduce lo segundo de lo primero? ¿En qué textos se confirma? Sinceramente, veo un salto argumental y semántico insalvable entre el primer entrecomillado (que es una observación, no una propuesta) y el segundo (que es la ideología dominante concretada en historias de vida prefabricadas 'prêt-à-porter').

Me resulta difícilmente cuestionable la idea de que las personas no fijan su posición política directamente a partir de sus condiciones materiales o de factores demográficos. Me parece tan trivial como atestiguar que existen migrantes racistas, mujeres machistas, proletarios de derechas y ricos de ultraizquierda. Tanto como constatar que el PP fue primera fuerza en muchos 'barrios obreros' de Madrid en las últimas generales (Carabanchel, Usera, Villaverde…), y el hecho de que no lo fuera en Vallecas seguramente tiene que ver con identidades, tradiciones y relatos que mantienen una cierta 'conciencia de barrio' (por algo se escribe con K), no con diferencias socioeconómicas 'materiales' significativas respecto a los anteriores. Esto no quiere decir que el contexto material no condicione, nadie sensato sostendría tal afirmación.

El contexto que percibimos es más determinante que el contexto material 'objetivo' a la hora de determinar nuestra ideología

Para resumir mi tesis en un lema: el contexto que percibimos (a través por ejemplo del relato familiar) es más determinante que el contexto material 'objetivo' a la hora de determinar nuestra ideología. Trabajar con ese dato no es celebrarlo ni fomentarlo, es asumir una hipótesis. De hecho, si las personas no fijasen sus posiciones a partir de relatos que les interpelan, apaga y vámonos, la política sería imposible, no habría agencia, nunca cambiaremos la ideología ni el voto de nadie, luego tampoco las condiciones materiales. Por eso no termino de entender la crítica.

Reconocer la agencia del discurso o la potencia de lo cultural sobre las determinaciones materiales no implica en modo alguno “creer que es posible operar en el vacío” ignorando que “las condiciones materiales constituyen el marco en el que se desarrollan los discursos e identidades de cada época”, como afirma el texto. Algo me estoy perdiendo, se me escapa el origen de la afirmación. Si es una crítica a la ontología y epistemología hiperrelativistas o puramente constructivistas en Laclau, la comparto abiertamente. Pero no veo la relación concreta con los análisis y propuestas que partieron de la Secretaría Política de Podemos en sus primeros años de vida.

Tuve la suerte de poder trabajar en aquel equipo y la impresión que me llevé fue más bien la contraria: un estilo de trabajo que se dedicaba, bastante libre de deudas y mochilas identitarias, a examinar las condiciones concretas de intervención en cada contexto concreto, ajeno a las melancolías y relatos vitales que lastran la capacidad de análisis de otros paradigmas deudores del Diamat. Creo que se hizo una buena lectura del contexto, enraizada en variables socioeconómicas y también culturales, sin perdernos en debates sobre el huevo y la gallina. Se diseñó una intervención que prestaba especial atención a esa mayoría que no se sitúa en posiciones de izquierda o no se ubica en ese eje (“los que faltan”) y a federar las demandas parceladas de las que habla Esteban (“construir pueblo”, “disputar significantes comunes”, “mano tendida”, hablar para quien no es activista, etc.). Creo que se trabajó sin miedo ni pereza a desprenderse de los marcos elaborados cuando iban caducando, para comenzar a levantar los siguientes. De hecho, funcionó, vaya si funcionó.

En mi opinión, el retroceso de Podemos tiene que ver con haber perdido ese estilo y haber vuelto a las lecturas descontextualizadas propias del Diamat

Así se logró la irrupción histórica de las europeas, el crecimiento hasta las municipales o la #remontada histórica en 2015, con marcos discursivos todos ellos diferentes. No entiendo en qué sentido esto fue “operar en el vacío”, en qué se concreta la crítica. De hecho, en mi opinión, el retroceso de Podemos tiene que ver con haber perdido ese estilo y haber vuelto a las lecturas resistentes y descontextualizadas propias del Diamat: el lenguaje para militantes, el folclor tradicional de la izquierda, el gesto duro, la dificultad para la autocrítica, “la culpa es de los medios”, etc.

Un ejemplo del contraste entre ambos estilos se ve contraponiendo los diseños de campaña de la casta (2014) y la trama (2017). El recurso al término 'casta' hace cuatro años respondía a un paradigma constructivista, tenía un carácter constituyente. Reordenaba el tablero a favor del nuevo sujeto político señalando hacia afuera, generando un antagonismo (nosotros-ellos) que obligaba a las élites tradicionales a la imposible tarea de despegarse esa etiqueta a base de repetirla (era grotesco ver a Felipe González desde su yate diciendo “yo no soy casta”). En cambio, el Tramabús del año pasado no constituía sino que 'desenmascaraba'. Tenía por objeto destapar, seis años después del 15-M, la existencia de una trama corrupta que ya nadie desconoce en España. Lo que el contexto hubiera exigido entonces era proyectar un futuro deseable para la mayoría social, presentar un proyecto de gobierno creíble para el país, no un proyecto de partido para militantes (se trató de corregir después, en la moción de censura). El Tramabús arrancó tarde, descontextualizado, señalaba hacia dentro en vez de hacia afuera. Lo novedoso no fue la archiconocida trama corrupta sino el bus azul. Todo el mundo miró al dedo porque lo que este señalaba era ya poco sorprendente.

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención en la última sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Después llegó el 'procés' y Podemos volvió a priorizar un discurso resistente contra el 'bloque monárquico', con los resultados conocidos. El partido que materializó una intervención política fugaz y exitosa en 2014 y 2015, con prestigio a nivel mundial, estudiada en todas las universidades, dejó de priorizar a los que faltan y se ha puesto a 'cavar trincheras', a 'enseñar los dientes', ha desempolvado la bandera roja y la tricolor, levanta el puño en lugar de tender la mano, y tiende a regañar en redes a los que faltan. De continuar así, le faltarán cada vez más. En la elección entre encarnar un nuevo orden (en forma de sostenibilidad, certidumbres, derechos) o encarnar la protesta, se eligió lo segundo a partir de febrero de 2016. Luego se planteó una falsa dicotomía entre calle e institución. Era una apuesta posible, que nunca compartí, pero no olvido que hubo otro estilo inicial al que solo vimos asomar tímidamente, que queda pendiente de desarrollo. Dicen que en esta serie hay segunda temporada, pronto veremos qué giros nos depara la historia.

*Miguel Álvarez (@miguelenlared) es profesor de Comunicación Política en la Universidad de Castilla-La Mancha y fue colaborador de la Secretaría Política de Podemos hasta 2016.

Disculpándome de antemano por tener que hacerlo con prisa, quisiera responder a la última columna de Esteban Hernández, la más leída del día en el diario digital más leído. Sigo de cerca al autor, le tengo respeto intelectual y creo que su posición es muy de agradecer: hacen falta autores que asuman la incómoda posición de Pepito Grillo ante el déficit de crítica honesta a las fuerzas políticas que tratan de cambiar este país. En el seguimiento que ha venido haciendo a Podemos, ha tocado teclas cardinales y temas que pocos supieron atacar, y lo hace de forma esclarecedora. Precisamente porque es buena brújula quiero responder a algunas cuestiones en las que creo que no está acertando o bien yo no estoy comprendiendo, quizá porque el formato columna impide profundizar.