Independencia de Cataluña: 1931

1931

En el imaginario nacionalista republicano el año en el que las elecciones municipales fueron el origen del advenimiento de la República está grabado con letras de oro

Foto: Quim Torra escuchando las intervenciones de los portavoces de la oposición durante la primera sesión del pleno de su investidura. (EFE)
Quim Torra escuchando las intervenciones de los portavoces de la oposición durante la primera sesión del pleno de su investidura. (EFE)

El discurso de Quim Torra desvela las intenciones estratégicas del independentismo liderado desde Berlín por Carles Puigdemont. Los gurús del movimiento han diseñado los escenarios donde vamos a convivir los catalanes y los españoles.

Del 21 de diciembre al 16 de mayo la estrategia fue de bloqueo institucional y de desgaste del gobierno español. Fijar como imagen principal que el responsable que no haya 'president' es culpa del gobierno del PP y de los jueces españoles. Puigdemont, Sánchez y Turull bloqueados. Intento de investidura telemática, el Tribunal Constitucional lo impide. ¿Quién tiene la culpa? España. Es decir, el gobierno del PP nos quiere imponer el candidato a su gusto. En el fondo es humo. En estos cinco meses, los estrategas han mantenido la tensión para seguir cohesionando su electorado en caso de elecciones por disolución automática del Parlament.

Mientras, se construye el espacio denominado la Casa de la República en Waterloo. Y se estampan dos ideas. Primera, Puigdemont es el 'president' legítimo y, segunda, la República existe en Waterloo, en el exilio, por supuesto.

La nueva fase sigue la senda diseñada desde Waterloo, unilteralidad, desobediencia y república.

Una vez investido, el calendario tiene dos bifurcaciones importantes. El Parlament no se puede disolver hasta que no haya transcurrido un año desde la celebración de las anteriores elecciones, al ser un Parlament disuelto. Es la norma. Por lo tanto, a partir del 27 de octubre se pueden convocar elecciones.

Puigdemont se guarda la carta de disolución del Parlament, en función del calendario judicial. Si hay juicio y sentencia antes de finalizar el año, puede tener la tentación del adelanto electoral para convertir las elecciones en, nuevamente, “plebiscitarias” y aprovechar la indignación de la sentencia a su favor. Y presentarse con la marca Juntos por la República e intentar aglutinar el voto independentista, destruyendo al PdCAT y debilitando a ERC.

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont posa para los fotógrafos en abril. (EFE)
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont posa para los fotógrafos en abril. (EFE)

La segunda bifurcación en el calendario es, en el fondo, el propósito último de Puigdemont. Las elecciones municipales de 2019. Y esta fecha es muy importante. Las elecciones municipales fueron el origen del advenimiento de la República en 1931. En el imaginario nacionalista republicano esa fecha está grabada con letras de oro. El 'president' de la república de Waterloo tiene dos opciones. Disolver el Parlament y hacerlas coincidir con las municipales o, bien, mantener las “plebiscitarias” de finales de 2018.

¿Por qué las municipales son tan importantes? Si en 1931 la victoria en los municipios fueron la causa de la caída de la Monarquía, una victoria republicana municipal debería tener el mismo efecto. En estos momentos, los municipios por la independencia ya son la mayoría, aunque no sean la mayoría de la población. En esta lógica, el pueblo de Cataluña plebiscitaría la república a través de las elecciones municipales. Representan la legitimidad democrática. 2019 transmutado en 1931.

Puigdemont y Torra representan la Cataluña de tradición carlista, conservadora y católica que solo tienen un propósito la independencia. El error sería subestimarlos. Puigdemont, en el "exilio" y Torra, camino de Madrid, después de desobedecer la legalidad vigente y solo responder ante el Parlament, tras proclamar la república. De 1931 a 1934. Volvemos al pasado sin haber aprendido nada de la historia.

*Gabriel Colomé, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tribuna

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