La oportunidad del PP para liderar una renovación globalista de España

La nueva épica política española debe tener una dimensión internacional para lograr el éxito nacional. Es la hora de ser un partido transformacional y globalista

Foto: Los seis candidatos a liderar el Partido Popular (PP) tras la salida de Mariano Rajoy
Los seis candidatos a liderar el Partido Popular (PP) tras la salida de Mariano Rajoy

Son tiempos de mudanza para España y especialmente para el Partido Popular que afronta su congreso más trascendental desde su refundación en 1990. Finalmente le ha llegado al veterano partido azul los vientos de la renovación después de haberse resistido como un rompeolas a los cambios políticos. En pocos años han irrumpido nuevos agentes y propuestas. También la sociedad española demanda regeneración en las ideas, instituciones y modelo económico.

Sin embargo, ese ímpetu de transformación choca con un obstáculo extendido en nuestros políticos y sociedad. Consiste en la creencia de que el principal lastre a nuestro porvenir y desarrollo es el adversario interior, los “otros españoles”, que por malicia o por incompetencia impiden el perfeccionamiento de nuestra democracia. En este esquema mental, las consideraciones exteriores, la realidad más allá de nuestras fronteras, son inexistentes o irrelevantes. No es nueva enfermedad, sino un mal hispánico que hunde sus raíces en un cainismo histórico e indiferencia por lo exterior. Ya en 1937 Manuel Azaña se lamentaba a través de uno de los personajes de 'La Velada de Benicarló' de que “quizá el enemigo de un español es siempre otro español”. Esa concepción cainita es todavía hoy la brújula inconsciente de la retórica política española, y que por enfocarse en lo interior no deja espacio para incorporar nuestro entorno. Es una rémora que nos conduce al diagnóstico equivocado de los problemas y al planteamiento de soluciones erróneas, bien sean las invocaciones al reformismo autorreferencial de unos o las llamadas al guerracivilismo económico de otros.

Ya en 1937 Azaña se lamentaba a través de uno de los personajes de 'La Velada de Benicarló' de que “el enemigo de un español es siempre otro español”

Los autores de este artículo combinamos una larga trayectoria profesional en el extranjero con un compromiso activo por nuestro país. Desde esta perspectiva, la autarquía predominante en el discurso político español nos causa, como a Azaña, tristeza y frustración. Tenemos el convencimiento de que la perspectiva internacional político-económica es la gran ausente en el debate regeneracionista. Es una ausencia particularmente preocupante cuando en el mundo acontecen cambios profundos y estructurales a una velocidad sin precedentes. Se ignoran transformaciones globales que nos afectan mucho más que las narrativas internas que se presentan como el semillero inacabable de problemas o la fuente de panaceas infalibles. Mientras que el país entero se pierde en el bucle del debate identitario y la obsesión por el adversario interior, el resto del mundo sigue girando y decidiendo nuestro destino, ajeno a nuestras obsesiones.

El nuevo paradigma mundial penaliza ese ensimismamiento. Ahora más que nunca la habilidad de un país para prosperar está determinada por la gestión estratégica de sus intereses en la arquitectura geoeconómica mundial y por su capacidad de adaptación a las sacudidas y los cambios globales. Son cuestiones como el reparto del comercio global o la atracción del talento e inversión internacional, y no los lazos y banderas, las que determinan la prosperidad o decadencia de las sociedades. Es ilusorio concebir políticas nacionales que ignoren cómo se relacionan laboralmente, financieramente y comercialmente los españoles y su tejido económico con el resto del mundo. Las sociedades que viven en la autarquía mental están condenadas a quedarse atrás.

En primer lugar, es necesario tomar consciencia de la realidad internacional que nos rodea y sus tendencias estructurales. Los ejes principales son claves: la bipolaridad asimétrica entre China y los EEUU, el lánguido envejecimiento de Occidente, la competición entre países por mejorar su capital humano, etc. Conceptos como el síndrome de Tucídides, el trilema de la globalización, la economía del cambio climático, las disrupciones tecnológicas, el empleo esporádico o “gig economy”, el neo-mercantilismo, etc. son moneda común en los foros internacionales de gobernabilidad y economía política que brillan por su ausencia en el debate público de nuestro país.

El segundo paso es una toma de conciencia de la posición relativa de España en ese tablero global. Nuestro punto de partida no es favorable. En términos de mercado, España es un price-taker, no un price-maker: No tiene capacidad para fijar las reglas del juego global, tiene que seguirlas. No somos ni suficientemente grandes como para imponer términos, ni suficientemente pequeños como para refugiarnos en nichos. Con recursos de baja productividad y una demografía adversa somos además vulnerables a los choques económicos globales. En nuestro haber, dos bazas: el acceso (no siempre aprovechado) a los mercados atlánticos hispanohablantes y una fina franja de población altamente competitiva y con experiencia internacional que es esencial repatriar. Reconocer estos condicionantes con entereza es urgente; actuar en consecuencia es inaplazable. No solo es la manera más inteligente de abordar nuestros problemas, sino que también es un valor político en sí mismo ideal para reconstruir el contrato social, fortalecer el patriotismo y establecer el sentido de propósito colectivo que la sociedad necesita.

Debemos tomar consciencia de la realidad que nos rodea y sus tendencias estructurales

Porque un debate nacional integrado con el contexto global no está reñido con el éxito electoral en el interior. Es precisamente esa toma de consciencia de la interfaz país-mundo la que posibilitó el ascenso de líderes como Emmanuel Macron, Angela Merkel o Barack Obama. Es también el credo de las democracias prósperas como Dinamarca, Taiwán o Corea del Sur. El caso de Macron, salvando las distancias, es ilustrativo: el mandatario francés ha conseguido establecer una épica genuina y creíble de cambio precisamente por transmitir una visión de Francia en renovación que afronta unida los retos y las oportunidades de una globalización en constante transformación.

El congreso extraordinario del PP es una ocasión excepcional para salir del ensimismamiento. El futuro estadista español tiene que explicar a los españoles las claves del mundo, delinear los intereses económicos y definir los términos del debate nacional en clave internacional. Tiene que identificar las adversidades globales que amenazan nuestra prosperidad pero que hacen de la adaptación una oportunidad. El objetivo es conseguir que la sociedad española hable del mundo que nos rodea cada vez que hable de política. El PP tiene ante sí una situación irrepetible para aventajar a los demás partidos– los otros partidos ya se han renovado, pero han obviado este enfoque.

Sea quien sea el próximo presidente del PP, nos aventuramos a hacer dos recomendaciones. La primera es la recuperación imperiosa de un centro de pensamiento y análisis político-económico para el partido. El caso del PP, desde la desvinculación con FAES, es completamente anómalo en el contexto de los grandes partidos europeos por no contar con un think tank o “fábrica de ideas” propia. Es fundamental para la viabilidad de una organización política generar debates internos con rigor, transparencia y ambición. Es urgente y nunca es un mal momento para ello. Un ejemplo reciente es el caso de los conservadores británicos que, a pesar de estar al borde de la escisión por el Brexit, lanzaron hace pocos meses la plataforma “Onward”, un nuevo think tank que destaca por la calidad de sus propuestas, la innovación en su enfoque social y el nivel de consenso.

En segundo lugar, el PP debe superar el paradigma político de estadista de centroderecha que medía la competencia de un gobernante por su capacidad de “tener el estado en la cabeza”, como se decía de Manuel Fraga. Fue un principio que el PP aplicó con éxito cuando gobernó pero que ahora ha quedado superado por las circunstancias. Hoy vivimos un contexto histórico completamente diferente. Es la hora de que España tenga un estadista que tenga el mundo en su cabeza. La nueva épica política española debe tener una dimensión internacional para lograr el éxito nacional. Don Manuel, hombre pragmático y que sirvió como embajador en Londres, seguramente estaría de acuerdo. Es la hora de ser un partido transformacional y globalista. Ahí yace la verdadera oportunidad política para el siglo XXI.

*Toni Timoner es economista de riesgo global en una institución financiera en Londres y máster por la SAIS-Johns Hopkins en Washington, DC.

*Luis Quiroga es director de un fondo de inversión en Londres y máster por la Universidad de Georgetown en Washington, DC. Ambos forman parte de la ejecutiva del Partido Popular en Reino Unido El contenido de este artículo refleja opiniones exclusivamente personales de los autores.

Tribuna

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