Cataluña y la independencia en el diván del doctor Sancho

¿Existe algún comportamiento específico que justifique llevar al sujeto independentista al despacho del psicólogo? Se nos antoja que sí: su muy peculiar relación con la palabra fascismo

Foto: Cruces amarillas en la playa de Mataró (Barcelona). (EFE)
Cruces amarillas en la playa de Mataró (Barcelona). (EFE)

Hoy, cuando en el resto de España muchos españoles empiezan a negarles a los independentistas catalanes el tan anhelado estatus de enemigos-de-España, porque, según comienza a decirse 'sotto voce', parecen más bien gentes a las que han comido-el-coco, vale la pena preguntarse si no hay un factor psicológico al que, lamentablemente, no se alude nunca cuando se enfoca el problema. Y no porque a los españoles se les reconozca la sensatez o el olfato de Sancho en identificar lo que no es razonable, o simplemente detectar a quien ha perdido la razón —nadie menos parecido a Alonso Quijano que Quim Torra, escudero de Puigdemont—, sino simplemente porque los hechos resultan harto elocuentes cuando por ejemplo se discute si quitar incidentalmente cruces amarillas es un delito, y no lo es en cambio apropiarse sistemáticamente del espacio para llenarlo de ellas.

Hay muchas clases de enfermedades en que los médicos o enfermeros encuentran una barrera que demuestra la falta de objetividad por parte del enfermo. Escotomización de la realidad, proponían los psicoanalistas para bautizar un hecho al que se enfrentaban día a día médicos y enfermeros... Ahora bien, ¿existe algún comportamiento específico que justifique llevar al sujeto independentista al despacho del psicólogo? Se nos antoja que sí: su muy peculiar relación con la palabra fascismo. Se da en ella un salto al vacío (o el 'asalto a la razón', para parodiar un título ilustre) por su propia incapacidad de reconocer (de ver) que la conducta que califica como fascista es, casi siempre, la que lo define a él mismo en el punto de partida. Y acaso nos cuesta tanto verbalizarlo para hacerlo visible porque esta utilización de la palabra fascista es infantil, irracional, prelógica.

La conducta que califica como fascista es la que lo define a él mismo en el punto de partida

Pertenece a los fondos oscuros del narcisismo humano, allí donde la empatía (definible hoy en día de forma científica) se trueca por una patente de corso considerada ya, prácticamente, como un 'derecho humano': patente de corso o autorización que se tiene o se supone tener para hacer una cosa que no está permitido hacer a los demás. Es en ese laboratorio donde los políticos mabusianos construyen enemigos para sublevar a las masas, de cuyas conductas manipuladas se han derivado las últimas catástrofes de Europa.

Nos hallamos, mucho más que en el diván del doctor Freud, en el que cabían neuróticos y paranoicos, en el gabinete del doctor Caligari, o del doctor Mabuse, hecho a la medida de los líderes faústicos, estilo Hitler, de los que derivan sin duda los que juegan al póquer y se echan faroles, en apuestas no con garbanzos sino con multitudes engañadas por su buena fe. Ahora bien, ¿cómo es posible que se pueda llegar tan lejos sin que nadie, entre los propios implicados, hubiera podido darse cuenta?

Para entenderlo, tal vez no haga falta más que comparar dos formas de enfrentarse al complejo mundo que nos ha tocado en suerte. La del que considera que debe mantenerse vigilante para no caer en ninguna de las trampas que nos presenta, en lo que a irracionalidad, racismo o xenofobia se refiere, y la del que se cree inmunizado o vacunado contra ellas.

Los catalanes no somos así”, nos decían muchos catalanes independentistas, que por cierto son menos de la mitad, cuando alertábamos del peligro; “nos ha inmunizado el pasado, y los agravios, nos ha inmunizado nuestra superioridad moral, que tan bien nos distingue de los franquistas [es decir, de los españoles]”, nos salmodiaban con indulgencia caballeros altivos, que por distinguirse con apellidos catalanes o catalanizados se consideraban tan distintos, ilustres y distinguidos. Y veíamos en sus ojos a los pobres españoles sanchopancescos, incluidos los catalanes no independentistas, convertidos en hombres sin atributos, mientras que los que se consideraban vacunados o superdotados nos hacían recordar, sin quererlo, al ensayista Pompeu Gener, quien ya a finales del siglo XIX hablaba de la superioridad del craneo catalán sobre el madrileño (véase, para evitar susceptibilidades, el muy útil 'El imperialismo catalán', de Enric Ucelay-Da Cal).

Por cierto, que también nos decían que este pseudo-sabio había sido un episodio aislado, como asimismo lo eran los capítulos aislados pero tan tristemente 'metódicos' (sí, señores, hay un 'método' en ello) de la moderna ciencia catalana, la que enseña hoy que Cristóbal Colón era catalán y salió de Pals D'Empordà, que Erasmo era hijo de Cristóbal Colón, que la lengua catalana era anterior a Jesucristo y, cómo no, que el 'Quijote', cuyo autor se llamaba en realidad Joan Miquel Servent, había sido escrito en catalán…

Pues bien, todo esto merece un homenaje al 'Quijote', tan despreciado hoy por los cachorros independentistas. Ellos y sus instigadores, a la vanguardia cederecista de una legión de humillados sin ofensa, y a medio camino entre Dostoievski y Nietzsche, gestionan una moral del resentimiento para uso colectivo, sin atreverse a asumir que simplemente sus propios líderes mabusianos, y no el enemigo español, se las-dieron-con-queso, como se dice vulgarmente, para rendir homenaje a un alimento muy sanchopancesco.

Están orgullosos de haber hecho oídos sordos a los que en el papel de Sancho les decíamos que ningún país en Europa apoyaría una república catalana

Por contra, están orgullosos de haber hecho oídos sordos a los que en el papel de Sancho, y amantes del buen vino y del queso, les decíamos que ningún país en Europa apoyaría una república catalana. Hoy, mientras nos miran con rencor, desde una acuarela casi expresionista por kafkiana —que viva el 'procés'—, nos queda el consuelo de Sancho, el mejor psicoanalista, cuyo rumor aún nos reconforta:

“Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento...”.

* Ricardo Cano Gaviria, escritor de origen colombiano radicado en España.

Tribuna
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