Piratas fiscales

Estamos ante una expresión de voracidad y avaricia que desborda los niveles de las que son necesarias para mantener al capitalismo en marcha

Foto: Paraísos fiscales
Paraísos fiscales

Puede que la memoria me falle pero, hasta ahora, habíamos visto todo tipo de prácticas por parte de grandes corporaciones, financieras y empresariales, para evadir, eludir o reducir el pago de impuestos. De lo que no teníamos constancia era de que también estuvieran metiendo directamente la mano en la caja de los impuestos que pagan religiosamente los ciudadanos y las pequeñas, medianas —e incluso grandes empresas— de un país para saquearla sin ningún tipo de pudor.

Lo decía recientemente en un artículo en este mismo medio Francisco de la Torre y no puedo estar más de acuerdo con él: "Saquear no es lo mismo que defraudar". Y lo que pone de manifiesto el caso de los dividendos 'black' es que estamos ante un saqueo que desborda los límites de los escándalos conocidos hasta el momento en materia de filibusterismo fiscal y que da sustento a la hipótesis de la existencia de un poder financiero entrelazado en una suerte de trama con el objetivo de aprovechar cualquier mínimo resquicio en las legislaciones nacionales para erosionar aún más, si cabe, lo público.

[Consulte el especial dividendos 'black']

Y me refiero a lo público porque no se trata simplemente de evadir, eludir o saquear impuestos. Se trata también de los procesos de privatización y de desmantelamiento de las redes de seguridad de las que los estados europeos se dotaron tras la II Guerra Mundial para prevenir los riesgos personales y colectivos, tratar de reducir las brechas de desigualdad y extender la igualdad de oportunidades.

En ese sentido, estamos ante una expresión de voracidad y avaricia que desborda los niveles de las que son necesarias para mantener al capitalismo en marcha, convertidas en virtudes por Adam Smith, y entran en el terreno de lo patológico y del comportamiento criminal organizado.

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Lo que debemos plantearnos, entonces, es cómo podemos prevenir este tipo de prácticas habida cuenta de que no podemos evitar esa tendencia patológica depredadora.

La cuestión no es fácil. Nunca antes como ahora hubo mayores posibilidades para la coordinación internacional, la transferencia de información y la búsqueda de espacios de gobierno global que actuaran como contrapoder de los agentes económicos transnacionales y, sin embargo, los avances al respecto siguen siendo ridículos, como también pone de manifiesto este caso. La cooperación entre jurisdicciones, con ser necesaria, ya no es suficiente y los sistemas fiscales nacionales sufren un ataque constante, tanto por la vía de la erosión de sus ingresos a través de la evasión y la elusión fiscal como por la de este tipo de prácticas criminales orquestadas contra sus recursos.

No puede ser una casualidad que los territorios donde se crearon los fondos y empresas de la trama sean Suiza, Luxemburgo o Malta

Si a ello se une la existencia de paraísos fiscales desde los que operar con impunidad el caldo de cultivo ya está servido. A nadie se le escapa que no puede ser una casualidad que los territorios donde se crearon los fondos y empresas protagonistas de esta trama sean Suiza, Luxemburgo o Malta; todos ellos estados europeos y todos ellos agujeros negros de las finanzas internacionales.

Y si, ya por último, agregamos al cóctel la recurrencia en este tipo de prácticas de algunos de los nombres de los actores presuntamente implicados en el caso de los dividendos 'black' (Banco Santander, Deustche Bank, Unicredit o Commerzbank), es difícil no concluir la necesidad de poner coto a este poder global, cada día menos en la sombra y que desborda cualquier jurisdicción estatal, al tiempo que las desgasta.

Es por ello que no deberíamos de olvidar que la creación de Haciendas públicas potentes que nos dotaran de instrumentos de política fiscal contracíclica al tiempo que permitían financiar instituciones de bienestar colectivo fue, probablemente, la principal enseñanza que extrajo la socialdemocracia de las turbulencias económicas, sociales y políticas de la primera mitad del siglo XX.

Si la memoria de aquellos tiempos debe servirnos para algo a día de hoy es para reafirmarnos en que preservarlos y avanzar en la profundización de esos estados de bienestar debe de ser un imperativo ético contemporáneo; máxime en estos tiempos de retorno de las desigualdades y, con ellas, de los movimientos de ultraderecha en toda Europa.

Quien se pone del lado de su erosión y, sobre todo, quien los saquea se convierte automáticamente no solo en un delincuente sino también en un bárbaro que no merece espacio ni reconocimiento en nuestras sociedades.

*Alberto Montero Soler es Diputado y portavoz de Economía de Unidos Podemos.

Tribuna

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