Una victoria de todos

Ayer saltó al fin la noticia. El VIH no será, nunca más, causa de exclusión laboral en el empleo público. Enhorabuena a todos los que hemos trabajado para ver este día

Foto: Protestas por el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. (EFE)
Protestas por el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. (EFE)
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Se lo tenía que decir... pero ¿cómo?

Cómo explicarle que aquella noche, cuando acabó la fiesta salió de la discoteca con aquel chico. Parecía tan sano. Moreno, fuerte y de espaldas anchas, aquellos dientes tan blancos... ¡y esa manera de bailar! Todo se precipitó, no había salido preparado. Las copas, el sudor, la humedad, el asiento del coche, las prisas al abrir el portal, todo fue imparable.

Meses después comenzó con un catarro que no había manera de curarse. Más tarde empezó a tener diarreas inexplicables y un buen día una neumonía acabó con él en urgencias. Como olvidar aquel día. Esa pregunta del médico le desarmó "¿Ha tenido relaciones fuera de su pareja sin protección?". Las piernas empezaron a temblarle y un nudo en el pecho le agarró con fuerza y desde entonces le acompaña.

Después vinieron esas dos horas en la sala de urgencias hasta que le hicieron pasar de nuevo, solo, a la consulta. No pudo contener las lágrimas. Todo se vino abajo. Al terror se le unió la culpa. Es quizás la única enfermedad que lleva aparejado ese sentimiento atávico y medieval. Pruebas y más pruebas. Siete días de ingreso. ¡Hubo que pasar tantos tragos! Explicárselo a su madre fue lo peor. Ella no sabía, no quería saber nada, aunque siempre lo había sospechado. Se vive tan bien con la cabeza en el hoyo. Al final fue mucho más fácil de lo que él imagino. Una madre nunca abandona a su hijo. Volvieron a casa y comenzaron esa dura rutina de visitas a la consulta de infecciosas. Allí conocieron a tantos. Sentados en esos bancos con asientos individuales de madera de contrachapado, en aquella sala de espera. Todos se miraban entre imperturbables y huidizos. Todos trataban de adivinar. Nadie lo diría ¿verdad?

Aquella señora tan elegante, ese hombre con aspecto de ejecutivo y aquel que siempre se sentaba en la esquina más alejada, debajo de la ventana, cerrando los ojos al sol y sonriendo, con la nuca apoyada en la pared. Pronto aprendió que el virus no respetaba clases, ni formación. El virus está agazapado, esperando un descuido, una cena de empresa, una noche loca, un resbalón. Aprendió a vivir con ello y conoció a mucha gente que, como él, había decidido, no darle la espalda a los demás. Un grupo de gente que decidió no sentirse culpable porque un retrovirus se hubiese cruzado en su camino. Uno no es más culpable por tener un retrovirus que por tener un neumococo. Es así de simple. Todos tenemos vida, errores, aciertos y esqueletos en el armario. Nadie debe de ser discriminado por su mala suerte.

Pronto aprendió que el virus no respetaba clases, ni formación. El virus está agazapado, esperando un descuido, una cena de empresa, una noche loca...

Salieron a la calle, empezaron a hacer campañas al aire libre. ¡Como les miraban al principio! Fue muy duro. Pero no cesaron. Siguieron en prensa, en redes y en aquellas reuniones con políticos. Esas gentes que nunca te dicen nada malo, pero tardan tanto en hacer algo bueno. Recordaba un día que uno de ellos entró en una reunión y les hablo de su experiencia. Era médico y había vivido toda la explosión en los 80 y los 90. Residente en un hospital en el que siempre le dejaban a él que cogiese las vías centrales e hiciese las endoscopias a esos pacientes. Pacientes que todos trataban con distancia, guantes y mascarillas. Pasó tanto miedo que aún lo recordaba con emoción. Eran tiempos en los que infección y muerte eran sinónimos. Pero todo eso cambio. Hoy el tratamiento había conseguido el control de la reproducción del virus y hacerlo indetectable. Indetectable e intransmisible. Por eso seguían peleando para poder tener una vida normal. Por eso habían ido tantas veces al Congreso. Por eso habían celebrado cada proposición aprobada, cada gesto. Pero no era suficiente. Todos los partidos apoyaron sus propuestas. Pero el día no llegaba.

Ayer saltó al fin la noticia. El VIH no será, nunca más, causa de exclusión laboral en el empleo público. Por eso hoy él tenía que decírselo. Al fin cumpliría su sueño. Al fin podría ser "eso" que su padre había vivido con tanto orgullo. Ese oficio que le había arrancado la vida en aquellas tierras del norte, una mañana de lluvia, al arrancar su coche. Al fin podría ser guardia. No sabía cómo decírselo a su madre. Pero estaba seguro de que su padre sonreiría allá donde estuviese.

Es solo un cuento, pero es también la historia de unos hombres y mujeres que hoy, al fin, tienen algo que celebrar. Enhorabuena a "Cesida", "Trabajo en positivo" y "Apoyo positivo". Enhorabuena a todos los que, desde cualquier posición personal o política, hemos trabajado para ver este día. Hoy es un día de victoria, de victoria para todos.

Tribuna

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