La república vacía

La república parece ser algo mejor simplemente porque sí. Es lo que puede llamarse la república vacía, la república como un mensaje movilizador, pero inane y fútil

Foto: Cabecera de la manifestación en conmemoración del 87 aniversario de la II República española. (EFE)
Cabecera de la manifestación en conmemoración del 87 aniversario de la II República española. (EFE)

Como leo que se están proponiendo algunos plenos municipales extralegales cuyo objeto es “reprobar” al titular de la Corona, que algunos estudiantes de mi universidad tienen en mente uno de esos referéndums con urnas de cartón para “pronunciarse” sobre la monarquía, y ha aparecido incluso algún artículo de poca entidad sugiriendo que seríamos más “democráticos” con una república, convendrá hacer algunas reflexiones al respecto para tratar de evitar que se sorprenda la buena fe de la gente y aminorar en lo posible la ola de credulidad simple que esas proclamas informales pudieran suscitar.

Lo primero que sorprende a cualquiera que se haya parado a pensar un poco es la sobrecarga positiva que se atribuye sin más a la mera mención de la república, y la supuesta deficiencia de fundamentos que se presume acompaña siempre a la institución monárquica. Todo ello, naturalmente, sin que pueda atisbarse siquiera razonamiento alguno al respecto ni propuesta de ningún tipo acerca de qué clase de república se tiene en mente, si es que se tiene alguna. La república parece ser algo mejor simplemente porque sí. Es lo que puede llamarse la república vacía, la república como un mensaje movilizador, pero inane y fútil. Algo muy común hoy en la práctica política.

Voy a prescindir de nuestra experiencia histórica porque la historia es muy endeble como argumento, pero tampoco hay por qué olvidar que la primera de nuestras repúblicas fue un sonado fracaso, un alarde de impotencia incapaz de ponerse en pie a sí misma, ni de gestionar los tres o cuatro problemas serios que se le plantearon. Y la segunda, que tantas nostalgias despierta, se compuso de un primer bienio que, pese a sus equivocaciones, puede merecer nuestra estimación, un segundo bienio que no, y un colofón que fue la gran explosión del sectarismo y la intransigencia. Todo ello con los mimbres jurídicos de la misma república. Igual que la primera, acabó con un pronunciamiento militar ilegal, en este caso además extraordinariamente carnicero.

Pero dejemos a un lado la historia. Una de las cosas inteligentes que se dijeron de la Transición política fue precisamente que había conseguido ganarle el pulso a nuestra historia. La historia se dejó entonces en manos de los historiadores, y no parecía proyectar ya sombra alguna sobre nuestra peripecia cotidiana como un condicionante. Ahora podíamos diseñar nuestra convivencia a partir de nosotros mismos y nuestra circunstancia presente. Y a algunos les ha dado por sacar el tema de la república como si de un nuevo elemento decisivo de esa convivencia se tratara. Pero lo sacan, como digo, en el vacío, sin hablar del cómo ni del porqué.

Si dejamos a un lado las abundantes repúblicas en las que se han ejercido y se ejercen dictaduras y despotismos carentes del más mínimo respeto por los derechos básicos de los ciudadanos, en las que no se vislumbra por ningún lado esa virtud 'a priori' que se le supone a la república (y que nuestros republicanos se cuidan de no mencionar), quedan todavía muchas otras maneras de concebirlas. Supongo que los nuevos republicanos a la violeta no están pensando en la república por antonomasia, que es la república de los EEUU. Ni el complejísimo procedimiento de elección del presidente, obligado por la estructura del Estado americano, ni las competencias jurídicas que se le atribuyen, tan amplias y discutibles (devolver una ley a las cámaras, ejercer el mando real de las fuerzas armadas, gobernar los servicios secretos, perdonar castigos penales, etc.), son fáciles de aceptar, y mucho menos de trasplantar. Muchas de las repúblicas iberoamericanas que lo pretendieron llevan muchos años a trancas y barrancas doliéndose de algunos achaques que provienen seguramente de ese trasplante. No pueden ser, me parece, ningún buen ejemplo para nuestro novedoso republicano.

El hecho de que un Estado sea una república o no lo sea es irrelevante para su legitimidad política

Disponemos, sin embargo, de un interesante e ilustrativo muestrario en la Europa continental, la de la Unión Europea. Desde la república húngara en que han encajado tan bien las políticas de Viktor Orbán a la sólida república francesa de Macron, con todos sus problemas. Desde la muy legal y seria república federal alemana hasta la más veleidosa e inestable república griega. También hay, no lo olvidemos, monarquías muy consolidadas en sistemas reconocidamente democráticos. ¿Qué podemos aprender de tan amplio y variopinto muestrario? Pues, sencillamente, que el hecho institucional de que un Estado sea una república o no lo sea es irrelevante para su legitimidad política, la protección de los derechos, la eficiencia de su orden y el desarrollo social y económico de su población. Y si es así, ¿qué clase de bandera es la bandera republicana? ¿Qué función cumple como mensaje político si lo decisivo es esto? Esa pregunta es precisamente la que no se responde.

Si alguien dice estar en favor de la república, y no se trata de una suerte de pose o de un prejuicio, necesita argumentar seriamente sobre dos cuestiones fundamentales. Primero, cómo se elige al presidente de esa república. Segundo, cuáles son las competencias que se le atribuyen. Para la elección, hay dos modelos básicos, la elección directa y la elección por el parlamento. En términos generales, y sin mayores matices, cuando se nombra al presidente por elección directa suele dotársele de competencias importantes de carácter político y jurídico. Se supone que el apoyo popular directo habilita al triunfador para ejercer el poder en sentido fuerte. No es una figura simbólica. Eso lleva consigo ciertos inconvenientes.

Los presidencialismos pueden ignorar el pluralismo y la riqueza de la deliberación democrática, que tiene su sede natural en los parlamentos

El primero es que la elección se desarrolla en el terreno de las políticas de partido, y sin embargo se pretende que el presidente represente a todos como jefe del Estado. Cuando hay una cierta educación política y alguna práctica de la transigencia, puede funcionar. Pero si el espíritu de partido se ha adueñado de la deliberación pública, como es nuestro triste caso, entonces la jefatura del Estado acaba por ser ajena a una buena parte del electorado y fácilmente manipulable.

En segundo lugar, los importantes poderes presidenciales producen con frecuencia algunas fricciones y choques con el parlamento, que se han discutido mucho bajo la rúbrica 'presidencialismo versus parlamentarismo'. No es una discusión ociosa, porque los presidencialismos pueden ignorar el pluralismo y la riqueza de la deliberación democrática, que tiene su sede natural en los parlamentos. Hoy en día, además, con los métodos de elección directa polucionados por medios de comunicación indecentes y redes sociales degradadas, optar por un presidencialismo muy plebiscitario puede ser suicida en términos de calidad democrática.

En tercer lugar, el presidente puede ceder a la tentación de evitar en lo posible, o dilatar al máximo, las consultas electorales, porque siempre le afectan directa o indirectamente, con lo que, como ya se ha puesto de manifiesto, una república muy presidencialista resulta ser menos democrática en términos de frecuencia electoral que una república meramente simbólica o que una monarquía parlamentaria.

Nuestros nuevos republicanos harán bien en pensar mejor en la elección indirecta por el parlamento, que es, además, mucho más barata

Y por último, como quiera que los mandatos presidenciales suelen estar limitados en el tiempo, cuando ven acercarse su final los presidentes tienden a cerrar su mandato con decisiones arbitrarias de todo tipo, en favor de su gente o, en el peor de los casos, en su propio favor, para garantizarse un futuro próspero. Y resultan ser así más sensibles a la corrupción.

Así que nuestros nuevos republicanos harán bien en pensar mejor en la elección indirecta por el parlamento, que es, además, mucho más barata. En este caso, y también por regla general, las competencias del presidente de la república suelen ser pocas y meramente simbólicas. Pero incluso para esas magras competencias, suele exigirse para la elección una mayoría cualificada de las cámaras. Pero, claro, las mayorías cualificadas crean también las correlativas minorías de boicot, cosa que entre nosotros se da con repugnante frecuencia. Así las cosas, la elección del presidente podría demorarse más y más hasta acabar en un pacto 'non sancto', o en cualquier otra cosa. El bullicioso y dinámico republicano que ha hecho su aparición entre nosotros podría toparse de pronto con un Fraga o un Aznar como presidente de la moderna y progresiva república que auspicia. O con cualquier otro que le cueste trabajo digerir.

Solo hay un modo de ser republicano en que vale la pena pensar hoy: el que transmite el llamado republicanismo cívico

Y todo esto ¿para qué? Si la calidad de la democracia o las garantías ciudadanas no están en peligro, no son afectados los derechos fundamentales ni la prosperidad económica, me parece que la propuesta republicana es una causa vacía. No es que sea mejor ni peor, es que es perfectamente inútil, inane. Puestos a buscar algún sentido a esa propuesta, me parece que solo hay un modo de ser republicano en que vale la pena pensar hoy: el que transmite el llamado republicanismo cívico, que consiste en promover el ejercicio activo de la ciudadanía como un compromiso personal con la cosa pública.

Pero eso tiene que ver con la virtud ciudadana, no con el diseño institucional de la jefatura del Estado. Y se puede cultivar perfectamente en una monarquía parlamentaria. Aunque mucho me temo que esa no es la clase de republicanismo en que piensan nuestros súbitos republicanos. Porque no se puede alcanzar organizando una algazara en un pleno municipal que ignora sus propias competencias, o con el simplismo de un referéndum de cartón piedra. Lleva más tiempo y más reflexión.

*Francisco J. Laporta, catedrático emérito de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Tribuna

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