Un mundo que agoniza

Vivimos un mundo cada vez más oscuro, donde los héroes son casi siempre malvados, donde los personajes son duros y llenos de aristas. Por desgracia, el futuro más cerca de 'El reino'

Foto: El actor Jesús Vidal, tras recibir el Goya al mejor actor revelación. (EFE)
El actor Jesús Vidal, tras recibir el Goya al mejor actor revelación. (EFE)

No pude evitarlo. Cuando vi la intervención de Jesús Vidal, al recoger su Goya al mejor actor revelación, se me removieron las tripas y se me nubló la vista. Se nubló con esa agua maldita que revela nuestra dificultad, pasados ya los años, para contener las emociones. Alguien tuiteó “por fin una persona real en los Goya” y pensé que cuánta verdad. Cuánta verdad en lo simple, en la ternura y en la fragilidad, pero también en la normalidad. La normalidad de una vida sencilla de una persona con una discapacidad visual. Una miopía magna que redujo toda su visión a un escaso 10% de su ojo izquierdo. “No soy de rendirme”, dijo hace poco en una entrevista. No, no es de rendirse, no. Este leonés, que ayer ganó el Goya al mejor actor revelación, logró conmover a un país que aún guarda ternura y corazón debajo de horas y horas de 'reality'. Un país tan acostumbrado a la mentira de la política, a la basura del 'De luxe', al cameo adolescente, histérico y genital del 'Gran hermano', que cuando ve un hombre de verdad, sencillamente se derrumba.

Jesús es licenciado en Filología y máster en Periodismo, pero sobre todo es actor. Un actorazo que borda un papel de discapacitado intelectual, contrapunto, humano y ácido, del hombre que todos queremos ser: el triunfador. En la película, hay discapacitados de todas clases. Síndromes de Down, encefalopatía connatal, síndrome de Noonan... Toda una galería de espejos cóncavos de la humanidad. ¿O será al revés? ¿No será que ellos son el espejo, cierto y plano, que nos devuelve nuestra deforme imagen real? La imagen, retorcida y absurda, de unos seres humanos que hemos renunciado a la ternura por el sexo de botellón, que hemos olvidado el esfuerzo y lo hemos sustituido por la trampa, que hemos confundido la amistad con el interés. Ese es el acierto de la película, el de explicarnos que no podemos asociar, ni derrota con fracaso, ni victoria con éxito. El acierto de hacernos ver, en sus carencias, nuestras limitaciones, y en sus imperfecciones, nuestras miserias.

Detrás de la historia de Jesús, como detrás de la historia de los personajes, reales y ficticios, de la película, hay unos verdaderos campeones. Campeones que pasan por la vida iluminándola. Seres anónimos que alegran el día de quien se los encuentra por el camino. Porque hay gente que, con su cromosoma de más o de menos, irradia bondad e inocencia. Esa bendita inocencia que regala sonrisas sin calcular el interés. La simplicidad de quienes se alegran contigo sin esperar nada a cambio. La sencillez que permite disfrutar de lo más elemental, de la puesta del sol, o de esa canción de infancia que se repite machaconamente en tu cerebro. Es difícil entenderlo si no lo has vivido de cerca.

En este mundo, cada vez más eugenésico, cada vez más 'perfecto', se está perdiendo esa luz. La luz de esos ojos rasgados y oblicuos, el brillo de esa sonrisa caliente, de labios resecos y de lengua gorda. Vivimos un mundo cada vez más oscuro, donde los héroes son casi siempre malvados, donde los personajes son duros y llenos de aristas. Un mundo que se acerca, mucho más, a los personajes de 'El reino', la otra ganadora de la noche. Un mundo que está perdiendo el fulgor de la debilidad. Quizá 'Campeones' se vea en el futuro como un último recuerdo de algo extinguido. Un recuerdo de un país donde, a veces, la luz brillaba en los ojos de los diferentes. Una España que no era perfecta, pero era real. Un lugar que nos recordaba, gracias a ellos, todas nuestras carencias, todas nuestras miserias. Caminamos hacia un territorio que probablemente no tendrá discapacitados de nacimiento. Caminamos hacia una realidad mas redonda y uniforme. Puede que en un tiempo no muy lejano volvamos a ver esta película como hoy vemos las películas de blanco y negro, con la nostalgia de un paraíso perdido. No sé qué será de este mundo sin ellos, pero sí sé que un mundo que no conoce la fragilidad, ni la inocencia, es un mundo inquietante. El discurso final de Jesús, parafraseando esa frase de su personaje en la película, fue tan conmovedor que no permite comentario: “Queridos padres, a mí sí me hubiera gustado tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros”. Todo un alegato a favor de un mundo que agoniza. Todo un canto de amor a la inmensa fortaleza de la fragilidad. Esta vez ganó 'Campeones'. Desgraciadamente, el futuro está mucho más cerca de 'El reino'.

Tribuna
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