No tiremos piedras contra el tejado de nuestro conocimiento

No podemos orillar los escándalos de los últimos meses en la universidad española, pero este descubrimiento no debe convertirse en una crítica generalizada

Foto: Alumnos, en la universidad. (EFE)
Alumnos, en la universidad. (EFE)

España no es un país que se distinga por haber tratado con cariño su marca. Y no debemos culpar al Gobierno de turno por no haber promocionado suficiente y acertadamente la marca-país, sino que cada español debe preguntarse si ha hecho lo suficiente por la reputación de la tierra que nos acoge. Aunque en los últimos años de expansión internacional se ha logrado mover la aguja de las percepciones hacia el lado frío (sinónimo de rigor en esta escala) a la hora de hacer negocios, nuestro carácter latino, que el Real Instituto Elcano califica como “cálido”, nos invita a las generalizaciones, los comentarios superficiales y la crítica mordaz hacia los nuestros.

La universidad española es hoy víctima de ese carácter un tanto cainita. No podemos orillar los escándalos que tanta repercusión mediática han tenido en los últimos meses, pero el descubrimiento de malas prácticas académicas no debe convertirse en una crítica generalizada a la universidad. Obviamente, hay que proteger el rigor académico y elevar los controles de calidad para limitar el impacto de tales casos, cuyo origen hay que buscarlo fundamentalmente en el territorio de la ética personal.

Socavar la reputación de la universidad repercute negativamente de forma directa e inmediata en la percepción de los profesionales que han sido o están siendo formados en ella, y de forma indirecta en la calidad institucional del país. Según la última edición del barómetro de la confianza (Trust Barometer) que la agencia Edelman presenta anualmente en el Foro de Davos, los expertos académicos son los segundos portavoces más creíbles, solo por detrás de los expertos técnicos, formados en la universidad en un porcentaje abrumador. Es decir, si la credibilidad del sistema universitario se deteriorase, ello tendría un efecto negativo sobre la confianza general en las instituciones, ya de por sí muy debilitada, que constituyen la base del sistema democrático.

Desde la restauración del sistema democrático, España ha tenido una evolución espectacular. Nuestro país es objeto de admiración por su transición política y su progreso económico y social, que nos ha llevado a ser la decimocuarta economía del mundo. No está nada mal para un país periférico de 46 millones de habitantes, cuya población universitaria en 1975 se reducía a 468.000 alumnos.

Hoy, el 41,2% de la población tiene formación superior, porcentaje que nos sitúa por encima de la media de los 28 países que configuran la Unión Europea (39,9%). Un millón y medio de jóvenes se están formando actualmente en las 83 universidades españolas, que gestionan 1.042 centros e imparten 2.534 grados. No sé si son muchos o pocos centros, pero lo que sí sabemos es que un título universitario es el principal pasaporte para lograr trabajos cada vez mejor retribuidos.

No podemos orillar los escándalos de los últimos meses, pero este descubrimiento no debe convertirse en una crítica generalizada

La universidad desempeña tres funciones esenciales para la competitividad económica y el desarrollo social de un país: es la fuente primaria y el repositorio de conocimiento más importante; es el eslabón clave en la formación del talento, y es un foco de investigación y, por lo tanto, palanca de la innovación.

En el caso español, hay que añadir un cuarto beneficio: genera riqueza en el país a través de los estudiantes extranjeros que vienen a estudiar a nuestro país. Según datos de la Comisión Europea correspondientes al curso 2016-2017, España sigue siendo el socio de la Unión Europea que más estudiantes Erasmus recibe (45.813), por delante de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Además de los 250 millones de euros que dejan en el país, estos estudiantes se convierten en embajadores de la marca España, dado que asocian su estancia a un tiempo de descubrimiento, formación y también de disfrute.

La universidad española se ha concentrado en las últimas cuatro décadas en acercar los estudios superiores a un mayor porcentaje de la población. La creación de universidades privadas y de nuevos centros por el impulso de las comunidades autónomas y la mejora del nivel de vida han contribuido al crecimiento de los estudiantes de ciclo superior. Tal vez se ha apostado por la cantidad porque el país necesitaba elevar el nivel formativo y académico de sus recursos humanos, si bien aún presentamos un diferencial con los países de nuestro entorno en cuanto al porcentaje de estudiantes que cursan másteres o posgrados.

Hoy, el desafío está en la calidad de las enseñanzas y especialmente en la investigación. Un impulso en este territorio permitiría a las universidades españolas mejorar posiciones en los 'rankings' internacionales. No obstante, si tales clasificaciones no valorasen a las universidades en su conjunto, nos encontraríamos con escuelas y facultades que tienen un gran prestigio internacional. Prueba de ello es la alta valoración que tienen algunos titulados españoles en el extranjero, como los profesionales de las áreas de salud, ingeniería y arquitectura.

Uno de los atractivos y activos de España es su idioma, el que más crece en el mundo. Dada la posición geográfica, entre Europa y América y entre América y Asia, su estabilidad institucional y su seguridad, no hay otro país mejor situado para convertir al español en una fuente de negocio e influencia. Y no hay mejor sitio que las universidades del país para contribuir al avance del idioma de Cervantes.

Según un estudio publicado por el Instituto Cervantes en 2017, hay 477 millones de hablantes nativos del español en el mundo. Si sumamos los hablantes nativos más los que utilizan el español como segundo idioma, la cantidad aumenta a 572 millones, lo que representa un 7,8% de la población mundial.

España sigue siendo el socio de la Unión Europea que más estudiantes Erasmus recibe (45.813), por delante de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia

En el ciberespacio, también el español tiene una presencia muy relevante. Es el tercer idioma más utilizado, después del inglés y el chino mandarín. En solo 16 años, el español ha crecido un 1.400% en internet. Ya es el segundo idioma en Facebook y Twitter, dos de las principales redes sociales en la actualidad.

Finalmente, nuestras universidades tienen un activo adicional: su propia historia. Harvard fue creada en 1636. La universidad de Salamanca, la más antigua de España, fue fundada en el año 1218 por Alfonso IX, y en 1254 fue reconocida por el papa Alejandro IV como una de las cuatro mayores del mundo, junto con las de Oxford, París y Bolonia.

La universidad española no tiene que reinventarse, sino simplemente reorientar estratégicamente sus esfuerzos para seguir formando profesionales para un mercado global y ferozmente competitivo. Si los cimientos son firmes, no disparemos piedras contra el tejado donde anida una parte sustancial de nuestro conocimiento. Aislemos las conductas irregulares, contrarias al rigor que ha de impregnar la actividad académica sin caer en generalizaciones. Seamos justos y académicos en nuestros juicios.

*Eduardo Gómez Martín, director general de ESIC Business & Marketing School.

Tribuna

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